
Hace unos días comentaba con unas madres jóvenes cómo el nacimiento de cada hijo tiñe de un aire especial a la familia. Es la novedad, es el gozo de ver aparecer una vida nueva, que lleva a todos a mirar el mundo y las cosas de cada día con un color nuevo. Nada es igual en la familia después de que el pequeño ha llegado, y esa sensación se repite en el nacimiento de cada hijo, lo que experimentó en el primer hijo se repite de forma diferente en cada niño que llega. Crece en la familia y entre los amigos el deseo de ofrecer al recién nacido lo mejor de cada uno. Los rostros de los adultos se iluminan con sonrisas nuevas y los problemas y preocupaciones parecen borrarse aunque sea por un instante breve. En los ojos de los niños brilla la ilusión al ver al recién nacido, llorando o sonriendo, como si comprendiera ya que desde su llegada toda la casa, toda la familia vive una etapa nueva.
Todos estos comentarios, llenos da cariño por los hijos, me llevó a pensar en la Navidad, en este tiempo que también el mundo parece que quiera cambiar y ser mejor, más sensible al bien. Y es que llega el nacimiento de un Niño, el Hijo de Dios, que nos trae a todos el deseo de una vida nueva y mejor.
También nuestros rostros se iluminan ante el Niño nacido en Belén, al contemplar el Amor de Dios para los hombres, al poder reconocer Aquel que viene para llenar el mundo de justicia y de paz. Jesús, es quien nos conduce hacia el Padre, hacia la plenitud que todos deseamos alcanzar.
La oración de la Navidad para todos los cristianos, es el deseo de conservar en lo profundo del corazón esta ilusión, esta sonrisa que tiene el Niño, y procurar ofrecerla, transmitirla, a todos los que están a nuestro lado y celebran también la Navidad. Texto: Hna. Carmen Solé.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman