Durante el Adviento, tiempo de la espera del Redentor, encontramos en las Escrituras unas figuras relevantes entre ellas la de Abrahán. Abrahán, el patriarca obediente a la voz de Dios. Una voz que le exige desprenderse de su tierra natal, de su clan, de su comodidad para ir hacia la tierra que Yahvé le mostrará. Una tierra que él no conoce. Este hombre, que era rico, recoge sus pertenencias para obedecer esta voz interior que le llama con insistencia: “Sal de tu patria, de la casa de tu padre, para ir a la tierra que te mostraré. De ti haré un gran pueblo y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre: Y sé tú una bendición” (Gen. 12, 1-2).
Hasta este punto en el Génesis no se habla más que de maldiciones. El será bendición por su obediencia ciega a Yahvé. Abrahán el creyente y obediente cambia la perspectiva de la historia no pone objeciones, acepta el querer de un Dios desconocido hasta entonces y que a partir de aquel momento se fía plenamente, tiene una confianza absoluta en su palabra.
Cuando este hombre creyente en este dios misterioso que le llama, no tiene descendencia, es un hombre mayor y su esposa Sara ya no está en edad de tener hijos. Yahvé le promete que su descendencia será como las arenas del mar. Pasan los años y la promesa no se realiza.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman