Conocí en Colombia un niño prodigio pero no por su coeficiente intelectual sino por su capacidad de entrega. Era un niño prodigio de la caridad. Cuando se preparaba para la primera comunión su catequista comentó al grupo las obras de misericordia.
El día de la primera comunión, después de recibir la Eucaristía, el muchacho dijo a Jesús: “Yo no me siento capaz de practicar todas las obras de misericordia pero si que te prometo que voy a cumplir una con todas mis fuerzas”. Pocos días después el niño en cuestión, correteaba por el campo, vio una choza, se acercó y al mirar en su interior, cual fue su impresión al ver una anciana tiritando de frío. No tenía nadie que la atendiera. El jovencito se conmovió de ver a la pobre mujer abandonada a su suerte. Ahí estaba la obra de misericordia que él podría practicar. Corrió a su casa y pidió a su mamá una manta para poder cubrir la anciana. Su madre se la dio a regaña dientes. Hay que decir que su familia no gozaba de muy buena posición. Él corrió para cubrir la anciana con la manta que su mamá le había dado.
Al día siguiente antes de salir para la escuela pidió a sus padres que le dejasen llevar a la pobre mujer un vaso de leche y un pedazo de pan. El niño vivía tan preocupado por la situación de aquella buena mujer que sus padres se comprometieron a ayudarle.
El muchacho pensó que el caso de aquella anciana no debía ser el único en aquella zona y al buscar, encontró varios ancianos en una situación similar. Como él no podía atenderlos a todos empezó a buscar colaboradores entre sus compañeros para que le ayudaran. Algunos cuando les pedía ayuda se burlaban de él, otros le preguntaron cuanto les iba a pagar. El se esforzaba en explicarles que no tenía dinero y que los ancianos que iban a socorrer tampoco tenían, era un servicio gratuito a favor de los necesitados. Quién les pagaría sería el Señor por haber practicado una obra de misericordia. Muchos prefirieron continuar con sus juegos pero también hubo quien se alistó a trabajar en favor de los ancianos abandonados. Al cabo de un tiempo el grupo no estaba formado sólo por niños sino que algunos adultos también se unieron a ellos.
Entre todos consiguieron alimentos, camas, sillas de ruedas, etc. Y la administración pública, a la que recurrieron en busca de ayuda construyó un centro para los ancianos. He aquí de lo que fue capaz este niño. Ojala muchos mayores tuviéramos este entusiasmo para atender a cuantos necesitan de nuestra ayuda. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman