Llama la atención que un libro profético, tan cortó, como el de Jonás, dé tanto de si. Una cosa es leerlo en diagonal y otra sumergirse en él para sacar su mensaje. En este libro, el profeta no queda muy bien. Dios le encomienda una misión: Ir a predicar a los ninivitas y éste en vez de ir a Nínive se embarca en Tarsis para huir lejos de Yahvé.
Ya en alta mar, el Señor desencadenó un viento fuertísimo y el mar se embraveció de tal forma que los marineros aterrados invocaron cada uno a su dios. Mientras tanto Jonás dormía profundamente en fondo de la embarcación. El jefe de la tripulación al verlo le dice: “¿Qué haces aquí dormido? Levántate e invoca a tu dios para ver si se apiada de nosotros y no sucumbamos”. Es curioso que mientras los pagamos oran a sus dioses para que los libre del peligro, Jonás permanece dormido. Parece como si quisiera olvidar el encargo que le había dado Dios. Al enterarse por las explicaciones que les dio el profeta que venía huyendo de Dios, los tripulantes se atemorizaron, como que no les cabía en la cabeza que un hombre desobedeciera un mandato divino. Éstos eran más creyentes que Jonás.
¿Qué hemos de hacer contigo?, le preguntaron, ya que el mar continuaba más embravecido. Él les dijo que lo tiraran al mar. Los marineros hicieron todavía el esfuerzo de acercar la nave a la costa pero viendo que era imposible decidieron lanzarlo por la borda.
Una vez en el mar, Jonás es engullido por un gran pez que lo vomita a tierra firme. Ahí el autor nos hace notar que si Jonás es un hombre tozudo que no quiere cumplir los mandatos de Dios, resulta que Dios es más tozudo que él y consigue sus fines. Y le repite el mandato: Levántate y ves a Nínive, la gran ciudad y proclama el mensaje que te he dado. Así que el infeliz no tiene más remedio que ir a Nínive, pero quiere salirse con la suya, la de no predicar la conversión de los ninivitas. Verdaderamente este Jonás es un judío terco, de horizontes estrechos; quiere la salvación sólo para el pueblo de Israel; y Dios, que es Padre, quiere la salvación de todos los pueblos. Por eso, mandó su Hijo al mundo, y Jesús derramó su sangre en la cruz por la salvación de todos los hombres. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Sábado, 18 de febrero
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