Mi vocación

Los santos que no están en los altares

16.11.09 | 08:00. Archivado en Santos
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Tres lugares me impresionaron profundamente en mi visita a El Salvador: La casa, si es que así se puede llamar al diminuto apartamento donde vivía monseñor Romero, dentro del recinto del hospital de la Divina providencia. La gente lo denomina familiarmente “el hospitalito”. Dicho apartamento, se parece más a la estancia de un cura rural que a la del aposento de un arzobispo. Al entrar se encuentra una sala, en la cual hay una mesa dos sillas y un armario empotrado al fondo donde el arzobispo guardaba sus ornamentos. Al abrir el armario, nos mostraron el alba con las manchas de sangre del día que lo asesinaron, es una auténtica reliquia. A la derecha hay una habitación con una hermosa hamaca blanca que tejieron los campesinos para su obispo. A mi entender es lo más preciado de todo lo que encierra la casita. Se encuentra al otro lado, la modesta habitación y el cuarto de baño. Entre la sala de entrada y su habitación, detrás de la puerta una repisa con un hornillo eléctrico. Todo de una extrema sencillez rayando a la pobreza. Esta visita me llevó a recordar algunas de las frases de este santo varón:

“Una religión de misa dominical pero de semanas injustas no le agrada al Señor”. “Me pueden matar pero la voz de la justicia no callará”.

Y así fue Mons. Óscar Romero, caía asesinado el 24 de marzo de 1980, cuando estaba celebrando la Eucaristía. Su sangre derramada se mezcló con la de Cristo.

No puedo olvidar el impacto que me hizo esta visita, ni la unción de la religiosa que nos mostró el que había sido el apartamento del que habías sido arzobispo de San Salvador.

Otra de las visitas fue a la catedral de San Salvador. No tiene nada de particular, pero si lo tiene la continua peregrinación de campesinos que iban a rezar a la tumba de Mons. Romero. Algunos de ellos descalzos, otros llevaban ramilletes de florecillas, muchos rezaban el rosario, otros cruzaban la plaza de rodillas. Era la expresión de un pueblo que amó profundamente a este hombre, que de tímido, y silencioso ante el “statu quo”, arremetió años después frente a tantas muertes injustas, defendió los derechos de los campesinos alzándose como la voz de los sin voz. Quizás la iglesia tarde años en reconocer su santidad pero el pueblo lo tiene ya por santo.

La otra fue la visita a la UCA. En la capilla de la universidad están los sepulcros de los jesuitas que asesinaron junto con la señora y su hija que trabajaban en su casa. Eran personas non gratas al gobierno. Encima de las lápidas, cuelga de la pared un gran retrato de Mons. Romero. Todo muy sencillo y expresivo. En una parte del jardín junto a la vivienda, donde fusilaron los jesuitas y las dos trabajadoras, sembraron rosales rojos, símbolo de la sangre derramada de estos hombres que denunciaban las injusticias que se cometían contra el pueblo salvadoreño.

Que todas estas muertes sirvan para que nunca más se levanten las armas en contra de la justicia y que esta bella tierra del Salvador vea prosperar la armonía y la paz entre sus habitantes. Texto: Hna. María Nuria Gaza.

3 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Bob 18.11.09 | 11:52

    Los obispos de mi país, Argentina, la mayoría, viven en palacios episcopales.
    Por ejemplo, el de Catamarca, una de las regiones más pobres del país, habita un edificio con características similares a los castillos europeos, y en otras ciudades que son sedes episcopales, pasma ver las "casas" en que viven.
    A eso se suma el sueldo equivalente al 70% del salario de un Juez de Primera Instancia que el Estado argentino les paga por Ley, usando fondos de toda la población, y cuyo monto equivale a varias veces lo que gana un obrero o un empleado administrativo.
    Una verguenza...

  • Comentario por ELESSAR 17.11.09 | 19:22

    Muy impresionante y ejemplar la vida de Mons. Romero. Con ese testimonio no es extraño que el pueblo salvadoreño le quisiera tanto.
    ¿Nuestros obispos “mileuristas” se parecen a él?.

  • Comentario por longinos 17.11.09 | 14:15

    Éstos son los verdaderos apóstoles de Cristo, que lo dejaron todo y se fueron a vivir con los más pobres, alzando la voz para denunciar la opresión de los poderosos sobre el pueblo. Esa misión está reñida con palacios, sedas y oropeles, tan presentes en la jerarquía eclesial que conocemos. De ahí la escasa credibilidad que ofrece la Iglesia tradicional a la sociedad actual. La vida y el testimonio de estas personas deja en evidencia la hipocresía de una estructura eclesial siempre aliada con el poder.

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