Mi vocación

Los santos que no están en los altares

16.11.09 | 08:00. Archivado en Santos

Tres lugares me impresionaron profundamente en mi visita a El Salvador: La casa, si es que así se puede llamar al diminuto apartamento donde vivía monseñor Romero, dentro del recinto del hospital de la Divina providencia. La gente lo denomina familiarmente “el hospitalito”. Dicho apartamento, se parece más a la estancia de un cura rural que a la del aposento de un arzobispo. Al entrar se encuentra una sala, en la cual hay una mesa dos sillas y un armario empotrado al fondo donde el arzobispo guardaba sus ornamentos. Al abrir el armario, nos mostraron el alba con las manchas de sangre del día que lo asesinaron, es una auténtica reliquia. A la derecha hay una habitación con una hermosa hamaca blanca que tejieron los campesinos para su obispo. A mi entender es lo más preciado de todo lo que encierra la casita. Se encuentra al otro lado, la modesta habitación y el cuarto de baño. Entre la sala de entrada y su habitación, detrás de la puerta una repisa con un hornillo eléctrico. Todo de una extrema sencillez rayando a la pobreza. Esta visita me llevó a recordar algunas de las frases de este santo varón:

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