El silencio de la naturaleza nos embarga con emoción intesamente religiosa. La cumbre de una montaña, la majestad de una nube, el misterio de una noche estrellada. Todo habla porque todo calla. Y si la naturaleza sabe callar, también nosotros podemos ensayar ese silencio en nuestro cuerpo que aprende de la naturaleza a callar en sí mismo para transmitir el mensaje que habla sin sonidos. Eso es meditar.
Llevamos en nosotros el mejor instrumento de meditación, la orquesta del silencio, el cuerpo inocente de pensamientos y palabras. Sentirlo íntimamente, calladamente, religiosamente, es la meditación práctica que calma la impaciencia y unifica el ser. Es el “recogimiento” más interior y más fecundo, el contacto sentido con nosotros mismos, el reconocimiento vivo de la presencia de Dios en el cuerpo que lleva las huellas de sus manos.
Sentir el silencio del cuerpo es hacerlo templo y adorar en él la majestad y la cercanía de Dios. Por eso es oración. Texto: Magua.
Jueves, 16 de febrero
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Religión Digital
José Arregi
Francisco Margallo
Juan Fernandez Krohn
Vicente Luis García
Vicente Haya
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes