Mi padre era un enamorado de los montes Pirineos. Y lo que él no se imaginaba es que su hija, a la que él hubiera deseado ver madre de familia, se ensimismaba al contemplar las hermosas salidas y puestas de sol en estos maravillosos parajes.
La montaña ha sido un lugar de teofanías: El Oreb, el Tabor. Para mi contemplar aquellas montañas era como una pequeña teofanía; “voy a contemplar lo que ocurre a esta zarza que arde sin consumirse”, dijo Moisés en el monte Oreb.
Admirar tanto esplendor me llevó a pensar y reflexionar mucho en el Creador y también a escuchar con más claridad una especie de gusanillo que roía en mi interior: “Esto no es nada en comparación de la belleza del Hacedor”.
Más tarde, empecé a ver el sufrimiento de los hombres y el gusanillo continuaba gritando esta vez, con insistencia: “Ven y sígueme”. Se entabló una lucha interior. Y al fin él ganó como con el profeta Jeremías cuando exclamó: “Tú me has seducido, Señor, y yo me he dejado seducir, tú eras más fuerte que yo”.
Sí, de la belleza de la montaña me llevó a mirar el mundo con todas sus necesidades y enamorada de él, me lancé a su seguimiento. No me podía resistir, él era más fuerte que yo. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Viernes, 17 de febrero
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