La calma no debe verse como un relajamiento o pasividad ante el mundo. Estamos presionados a transformar el mundo, a mejorarlo, a curar las heridas y llagas que hay en él, pero para realizar correctamente esa labor nos hace falta la virtud de la calma. No es fácil mantener la calma en situaciones tensas o en contextos hostiles; menos aún, cuando sentimos la punzada del dolor o vemos que nuestros proyectos se hunden.
Con demasiada facilidad identificamos calma con apatía, falta de compromiso o desinterés. Nada más inexacto. Hay que trabajar, educar, comunicar, resistir e incluso sacrificarse; pero con calma, con la serenidad de quien sabe que está cumpliendo con su deber, de quien sabe que es honesto consigo mismo, de quien sabe en Quien ha puesto su confianza, de quien sabe que para Dios nada hay imposible. Texto: Magua.
Hace unas semanas estuve releyendo otra vez el libro de Ruth. Uno de los libros “cortos” del Antiguo Testamento, pero tan llenos de mil detalles que reflejan el carácter de sus protagonistas.
Noemí la mujer que emigró con su maridos y sus dos hijos a otro país a causa del hambre reinantes en Israel, ya puede ser la imagen de mujeres valientes que dejando atrás su hogar y sus costumbre van con su familia a otro lugar en busca no ya de un futuro sino de un presente mejor. Tras la muerte del marido y de sus dos hijos, ambos ya casados, Noemí decide regresar a su país, donde ha oído que se puede vivir ahora sin las estrecheces de antes. Según la ley y las costumbres del pueblo de Israel, con Noemí debían volver también las dos nueras, ahora viudas, pero las dos jóvenes mujeres no eran israelitas.
Hay momentos en la vida que uno vislumbra crecimiento, cambio de etapa, necesidad de dar un paso más en la vida personal. Pero es un vislumbre, no una seguridad, algo que intuyes pero que no acabas de concretar. Es más que un paso, es estar ante un escalón que hay que subir, y eso comporta esfuerzo, cómo si el cuerpo pesara mucho y levantar la pierna fuera un esfuerzo mayúsculo.
En este principio de curso, mientras me adentro en la especialización de teología moral, me doy cuenta de ese escalón, es algo que intuyo y espero ir viendo como dar ese paso. Al profundizar en documentos de los Papas, del Concilio Vaticano II, al ir analizando las encíclicas de Benedicto XVI, con la ayuda especialmente de un profesor, veo que todo eso aprendido, disfrutado o que incluso me ha llevado al aburrimiento, necesita una respuesta personal.
Durante los primeros siglos de la Iglesia los salmos no fueron patrimonio exclusivo de los sacerdotes, monjes y consagrados, sino que alimentaban la oración de todos los fieles. La iniciación a los salmos formaba parte de la iniciación cristiana, porque todo cristiano si quería participar activamente en las asambleas litúrgicas, tenía que salmodiar, y era necesario que lo hiciera con un mínimo de conocimiento. De aquí viene que los grandes obispos en sus catequesis a los catecúmenos, se preocuparan de hacer algunas explicaciones de los salmos a aquellos que ellos iban a bautizar la noche de Pascua. Cierto que la enseñanza del Padrenuestro, el símbolo de los Apóstoles, los misterios y los sacramentos se llevaban la mayor parte del tiempo de sus enseñanzas, así pues con la explicación de unos pocos salmos bastaba para que iniciaran a los catecúmenos en el rezo de los salmos y con estas explicaciones ellos ya podían adentrarse en el rezo de los restantes. Los salmos son poesía y oración y nacieron con esta finalidad en el antiguo Israel.
Con todo no es tan fácil para el cristiano de hoy la comprensión de todos los salmos. Nos separan miles de años y muchos kilómetros de la época y del lugar que se compusieron. La cultura hebrea no es nuestra cultura occidental.
Así que cuanto más se conozca la cultura hebrea, más familiarizados estaremos con la Biblia y nos será más fácil comprenderlos. Santa Teresita del Niño Jesús decía que le hubiera gustado saber hebreo para poder rezar los salmos en la misma lengua que los rezó Jesús, su Madre y tantos santos del Antiguo Testamento y también de los primeros siglos del Nuevo.
En cualquier grupo surgen a veces desavenencias fruto de puntos de vistas distintos, en aspectos que normalmente no son ni muy importantes, pero que generan discusiones y a veces envidias.
En ocasiones, cuando estos problemas no son ni graves, acabamos afirmando que “somos todos diferentes”, para resumir nuestros puntos de vista distintos o incluso divergentes. La Primera carta de San Pablo a los Corintios (ICor 12, 15 ss) desarrolla la explicación de nuestra diversidad a partir del ejemplo del cuerpo humano. Estamos compuestos por miembros diversos pero todos juntos forma una unidad, y cada uno debe desarrollar su especificidad. El apóstol nos dice claramente es preciso lograr que cada uno pueda ser “mano”, o “pie”, “oído” u “ojo”, de acuerdo con el plan de Dios, para que entre todos los miembros, formemos en verdad un solo cuerpo.
Todos distintos, lo sabemos, lo constatamos, pero en ocasiones nos gustaría que fuésemos más semejantes, o que aquellas personas con las que vivimos fuesen de otro modo, es decir nos gustaría que fuesen aquello que deseo que sean, cuesta reconocer el plan de Dios en la riqueza de la diversidad.
El cardenal Pironio decía:
“En los tiempos difíciles abunda el miedo, la tristeza, el desaliento. Entonces se multiplica la violencia. La violencia es signo del oscurecimiento de la verdad, del olvido de la justicia, de la pérdida del amor. Los periodos en que se multiplica la violencia son los más miserables y estériles. Revelan claramente que falta la fuerza del espíritu; por eso se la intenta sustituir con la imposición absurda de la fuerza”.
¡Cuánta razón tenía este santo varón! La violencia arrasa todo cuanto hay de bueno en la sociedad, y lo primero el don más sagrado: La vida.
La violencia además de la muerte, engendra tristeza, dolor, pobreza, hambre y todo cuan todo hay de negativo en este mundo. Malogra la tierra que el Señor creador entregó al hombre para que señoreara y cuidara.
El silencio de la naturaleza nos embarga con emoción intesamente religiosa. La cumbre de una montaña, la majestad de una nube, el misterio de una noche estrellada. Todo habla porque todo calla. Y si la naturaleza sabe callar, también nosotros podemos ensayar ese silencio en nuestro cuerpo que aprende de la naturaleza a callar en sí mismo para transmitir el mensaje que habla sin sonidos. Eso es meditar.
Llevamos en nosotros el mejor instrumento de meditación, la orquesta del silencio, el cuerpo inocente de pensamientos y palabras. Sentirlo íntimamente, calladamente, religiosamente, es la meditación práctica que calma la impaciencia y unifica el ser. Es el “recogimiento” más interior y más fecundo, el contacto sentido con nosotros mismos, el reconocimiento vivo de la presencia de Dios en el cuerpo que lleva las huellas de sus manos.
Sentir el silencio del cuerpo es hacerlo templo y adorar en él la majestad y la cercanía de Dios. Por eso es oración. Texto: Magua.
En la contra de un periódico de estos días, venía esta afirmación: “Las parejas son más felices sin hijos que con ellos”. Me quedé sorprendida por esta afirmación tan tajante. He reflexionado, sin tener experiencia, ya que soy célibe. Pero he repasado entre mi familia, mis amigos y conocidos. Conozco matrimonios con hijos y sin ellos.
Si ser feliz es no tener quebraderos de cabeza, quizás daría la razón a esta afirmación radical. Pero, ¿estriba ahí, la auténtica felicidad? Los hijos conllevan preocupación, cierto, pero también mucha alegría. Si los hijos no corresponden al amor que sus padres les han brindado, al menos tendrán la satisfacción del deber bien cumplido, cuando éstos han hecho por sus hijos todo lo posible.
Ver aumentar la familia, que es fruto del amor de la pareja, es un gran gozo para los padres y si más tarde los hijos forman un hogar, los nietos son un gran regalo de Dios. He conocido hogares bien estantes y también con pocos recursos y los he visto felices al tener hijos.
El libro de Jonás nos narra la historia, posiblemente imaginaria, de un profeta que no hace caso de lo que Dios le pide, huye para no cumplir la misión confiada. Se enfrenta a Dios porque éste se arrepiente de castigar. Al contrario, Jonás quiere que los malos reciban su castigo y por esta razón no quiere ir a Nínive teme que Dios se apiada de este pueblo pagano. Cuando al fin va a Nínive, tampoco proclama el mensaje del Señor sino que pasa todo un día diciendo que dentro de cuarenta días la ciudad sería devastada.
"Eres tú mismo quien ha soltado el tigre. El tigre es tu ira. Estaba encerrada en tu pecho y tú la dejaste salir, la empujaste fuera en el encuentro violento hasta que te pusiste a lanzar por la boca todo lo que locamente acudía a tu mente. Has soltado el tigre. Si no reaccionas al instante, pronto va a haber sangre donde antes había amigos.
Cállate suavemente. No des curso a tu enfado. Regula tu respiración entrecortada. Que se relaje la tensión. Que la atmósfera se limpie y los corazones se apacigüen. Que el tigre se vaya… Entonces podrás hablar y tus palabras serán sensatas y será posible la paz. No obres nunca cuando estás furioso. El tigre loco no sabe donde hiere.” Texto: Hna. María Aguadé.
Mi padre era un enamorado de los montes Pirineos. Y lo que él no se imaginaba es que su hija, a la que él hubiera deseado ver madre de familia, se ensimismaba al contemplar las hermosas salidas y puestas de sol en estos maravillosos parajes.
La montaña ha sido un lugar de teofanías: El Oreb, el Tabor. Para mi contemplar aquellas montañas era como una pequeña teofanía; “voy a contemplar lo que ocurre a esta zarza que arde sin consumirse”, dijo Moisés en el monte Oreb.
Admirar tanto esplendor me llevó a pensar y reflexionar mucho en el Creador y también a escuchar con más claridad una especie de gusanillo que roía en mi interior: “Esto no es nada en comparación de la belleza del Hacedor”.
Los días suelen tener en sí mismos algo de repetitivos y para algunas personas de monótonos. En muchas cosas, mañana haremos lo mismo que hemos hecho hoy, tan similar al ayer. Algunos días pasan en nuestras vidas sin dejar huella, sin que después de un tiempo podamos recordar cómo los vivimos, que es lo que hicimos, cuál fue su impronta en nuestra vida. Pero aún en esos días nada es inútil si procuramos vivir siempre acentuando la bondad y la hermosura de lo creado, de todo cuanto nos rodea, de cuanto nos acontece, sin caer en la tentación tan fácil de acentuar el mal.
Predicar la bondad a veces débil contra las maldades, sin permitir que el mal hacer propio o de los demás cobre protagonismo, buscando generar la paz, ayudando a los que tenemos cerca a reconocer los deseos de bien, apagando o reduciendo las guerras y las luchas que suelen darse aun entre hermanos y que pueden empañar toda una jornada. Predicar la bondad se logra a veces sólo con el silencio, pero sobre todo con la oración.
Estaba leyendo un libro de Thomas Merton, sobre espiritualidad, y hubo varias cosas que me llamaron la atención, entre ellas: “La contemplación es la más alta expresión de la vida intelectual y espiritual del hombre”. Esta frase me ha hecho reflexionar sobre la vida, el hombre, mi vida. Entiendo que la contemplación llega hasta lo más profundo del ser humano, allí donde ni él mismo ha llegado sin la mediación de esta contemplación. Aborda la vida intelectual… para ayudar a comprender un “poco” esa parte más humana; y llega hasta la vida espiritual que es la que da el empuje final para ese encuentro entre el tú y su yo.
La contemplación es “gratitud”… por todo (vida, conocimiento, ser), ya que te lleva a descubrir lo que hay en lo más profundo de tu ser, te abre la vida y te muestra que verdaderamente se puede “respirar” sin necesidad de una protección o mascarilla. Esta contemplación nos da el regalo de descubrir nuestro ser… es como hallar nuestros puntos más positivos, también los menos positivos… es… encontrar la “locura” de vivir.
Jueves, 16 de febrero
Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Manuel Mandianes
Urbano Sánchez García
Josemari Lorenzo Amelibia
Religión Digital
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Javier Madrazo Lavín