También el verano es tiempo de muerte. Las familias se visten de dolor por la separación de un ser querido, unas separaciones que a veces se sabe van a llegar pronto, pero para las que nunca estamos preparados y siempre nos sorprenden. Una familia conocida acaba de vivir en estos meses la muerte de la mama, aun joven, que ha dejado varios hijos pequeños. Ha sido todo un proceso largo y doloroso de una enfermedad que todos sabían que iba a conducirle a la muerte. Todos esperaban que el momento no llegase porque cuando la persona es joven parece que el Señor debe conceder a todos el milagro de la vida y no la muerte.
Les explicaron a los niños que mama estaba enferma y que Jesús vendría un día a buscarla para llevarla al cielo. Era un tema que entre los abuelos y el papá iban repitiendo con los niños como una forma para irles preparando para cuando llegase el momento del adiós, así les iban repitiendo que un día, quizás no lejano, mamá se iría al cielo.
El 28 de agosto de 1959, cantaba ante el altar de la Casa Madre en Francia el Suscipe me, Domine...: “Recíbeme Señor, según tu palabra y viviré”. Ahora, 50 años más tarde, repito desde el fondo de mi corazón con la misma alegría y agradecimiento esta misma frase. Sí, el Señor recibió mi deseo de vivir para Él y me sostuvo.
Al mirar este largo recorrido, veo en todo su mano, tanto en las horas bajas como en las de una alegría profunda. Como decía Santa Teresita, todo es gracia. He tenido la posibilidad de convivir con hermanas de diversos países desde mi noviciado y esto me abrió a muchas culturas distintas a la mía, a intentar comprender sus mentalidades. He podido palpar la miseria humana; a tener contacto con la infancia desvalida; a convivir con la juventud con todo el frescor y fuerza de sus años, sus ilusiones y esperanzas. De relacionarme con la vejez, de poderles escuchar cuando ya no les queda casi nadie en este mundo con quien comunicarse.
No se puede juzgar sin conocer. Esto me ha ocurrido a mí. Siempre había pensado que el mundo de la farándula era un mundo de gente un tanto superficial y ligera. Nuestro barrio, se ha puesto últimamente de moda para filmar películas de cortometraje o para la TV. Por este motivo, varias productoras han venido a nuestra casa para alquilar espacios para vestuario y maquillaje de los artistas y figurantes.En estos días, la casa se convierte en un hervidero de ir y venir continuo: Peluqueras, maquilladoras, artistas, acompañantes de éstos que nunca van solos hasta el lugar de actuar, etc.
Cuando una ve desde su asiento una película en la TV, o al menos yo, no piensa en todo el movimiento que lleva producir una película, ni el tiempo que requiere su preparación para que todo salga bien. Todos los que trabajan en su realización, no es que lleven una vida descansada. Antes de las siete de la mañana ya están en acción: Descargar vestuario, montar la peluquería, preparar los desayunos y hasta bien tarde no terminan.
Al finalizar el día revisamos la jornada poniendo ante Dios las acciones del día que termina, cuánto hemos vivido y realizado, nuestros afanes, deseos y acciones.
Cada día tiene su componente de alegrías, trabajos, dolores y gozos entre los hechos y acontecimientos que han tejido la jornada que en la noche ya se acaba.
Reconocer en cada uno de ellos la mano amorosa de Dios que nos ha llamado a vivirlo para acercarnos más a Él, compone casi siempre nuestra oración de la noche. Al pedirle el descanso para reparar nuestras fuerzas y disponernos para vivir si Dios quiere mañana, recorremos también el día ya vivido.
Uno de estos días, mientras regaba las plantas me vino en la mente que del mismo modo que para que las plantas estén lozanas y frondosas y den flores hay que cuidarlas con esmero, algo semejante ocurre con nuestra vida espiritual. Si no la mimamos ésta decae, aparece el tedio y el aburrimiento para las cosas de Dios.
El clima en una azotea, no es el más favorable para las plantas: El frío extremado, o el sol tórrido de agosto, el viento huracanado, hacen sus estragos. En la vida espiritual aparecen también climas poco apropiados para crecer espiritualmente: El trabajo que nos apremia y nos hace caer en la tentación de acortar nuestra oración, las incomprensiones, la enfermedad, el ambiente exterior. Si no sabemos combatir éstas y muchas más dificultades que nos acechan con serenidad y tenacidad, pensando que todo puede contribuir al bien de aquellos que aman a Dios, nos hundiremos poco a poco hasta perder el norte de nuestra vida.
En los momentos difíciles hay que saber buscar ayuda ya en buenos libros o en alguna persona sabia que sepa darnos un buen consejo. Y especialmente recurrir a aquel que dijo: “Venid a mi cuando estéis cansados y agobiados y yo os aliviaré”. Texto: Hna. Mª Nuria Gaza.
El evangelio nos presenta en distintas parábolas el trigo y la cizaña como contrapuestos, y sin embargo llamados a crecer juntos. Jesús no quiere que la cizaña sea arrancada, no sea con este acto se pierda el trigo, nos dice. También en cada persona el trigo de sus buenas acciones, de sus buenos propósitos suele crecer mezclado con la cizaña que está formada por nuestras propias inconsecuencias y pecados.
Necesitamos intentar arrancar de nuestro interior todo aquello que compone la propia cizaña, nuestro trabajo humano y espiritual está precisamente dedicado a reducir por lo menos una parte de cizaña para que crezca mejor el trigo, aunque sabemos que nunca el trigo llegará a quedar completamente liberado.
Nuestra hermana Marie Séraphie, la artista (http://www.elarbolgrita.com), tiene una escultura y un poema que titula “El sacrificio de los hijos de la tierra”. Ciertamente no es nuevo hace tiempo que creó esta escultura y escribió este poema, pero al caer de nuevo su escrito en mis manos me ha hecho reflexionar en la actualidad mundial:
“Hijos nacidos de mi vientre,
hombres alimentados de mi sustancia,
¿Habréis de ser sacrificados?
¿Tengo necesidad de vuestra sangre?”.
Es como un llanto de la madre naturaleza ante tanta muerte por la violencia, por el hambre fruto de la ambición de unos que tienen mucho y de la miseria de muchos que no tienen nada.

En la vida religiosa hay de todo como en botica. Hermanas que te marcaron de joven, otras que te ayudaron a saber lo que no querías ser, otras siguen a tu lado acompañando la fidelidad al Señor, otras ni pinchan ni cortan como en cualquier familia… Pues de todo… pero lo más bonito es ver a esas hermanas mayores, esas que saben que son abuelas, que no les duele serlo, al contrario que la vida las ha curtido para tener un buen regazo, una palabra a punto, una sonrisa inacabable aún con los achaques de la edad,… ojalá toda religiosa llegue a ser una abuela entrañable para transmitir esa dulzura, esas palabras tan acertadas, tan bien dichas y que además pueden decirlas sin ningún problema.
Pienso que todos buscamos aquello que es bueno y que nos satisfaga; todo lo que hacemos va destinado a encontrar la felicidad, sin duda. Nadie desea el dolor para sí mismo sino que hace todo lo posible para luchar contra todo aquello que pueda impedir el regalo de la alegría.
Esa alegría sólo proviene de lo que te hace ser persona y de quien te reconoce, precisamente como ello. Nosotros, con nuestro nombre y apellidos, con todo lo que cada uno ha vivido y por supuesto con aquello que somos y queremos ser. Esto nos lleva a la felicidad, porque no es tanto el tener… sino el ser, es decir, lo que nos hace ser lo que somos no nos lo da nada material sino todo lo contrario. En la vida, sólo el amor hace que te sientas fuerte para emprender cualquier cosa o proyecto. Puede ser de mucho tipos, y todos tenemos la experiencia de sentirnos queridos, apoyados, animados, escuchados. Personalmente, después de estar rodeada de miles de cosas, que a su vez no dejan de ser buenas, una descubre que lo importante está en lo más íntimo de nuestro ser, en nuestro corazón. El amor de Dios se hace presente y empuja, verdaderamente, a ser una misma y a descubrir que tenemos la capacidad de conseguir aquello que nos propongamos.

Es bastante habitual hoy en día andar por la calle y cruzarte con personas que van hablando con su teléfono móvil, caminando, en el metro o en el bus, no importa. No hace tantos años esta imagen era impensable e imposible, pero nuestra forma de vida ha cambiado rápidamente en muchas cosas y también en eso.
Para unos el móvil es un instrumento de trabajo más que necesario, para otros es el medio de mantener la relación con aquellos que le son cercanos, es la forma de comunicar experiencias y expectativas de forma inmediata. Pero el teléfono no es ni mucho menos el único medio para hacernos presentes los unos a los otros.
Domingo de Guzmán, hombre castellano, nacido en plena Reconquista, se inició al estudio en Gumiel de Izán y más tarde en la incipiente universidad de Palencia y ya nunca le abandonará el deseo de profundizar en la Verdad.
Más tarde lo vemos formando parte del cabildo de Burgo de Osma y desde allí lo vemos acompañando a su obispo hacia los países escandinavos. Desde este momento, podemos hablar de Domingo como del hombre europeo, el andarín infatigable que recorre Europa de Norte a Sur con un ardor que le devora para dar a conocer a todos la Verdad. Esta Verdad que nos hace libres como comenta el Evangelio de San Juan (8,32).
Su viaje al Norte de Europa para acompañar a su obispo Diego, es el que le pone en contacto con la herejía que campa a sus anchas por el Sur de Francia y arrastra a un número muy importante de fieles a la herejía. Su pasión por la salvación de las almas, le lleva a discutir con el hospedero, hereje, que los aloja en Toulouse y pasa toda la noche con él hasta que le lleva con sus argumentos a la verdad de la fe católica.
Hace unos días iba en el metro y cerca de mi había un papá con un niño. El niño parecía parlanchín y en la edad de las mil preguntas, no paraba de moverse y sin cesar iba preguntando por todo cuanto le llamaba la atención. El papa iba dando respuesta a todo, explicando con palabras que su hijo pudiera entender y mirando de contentar al pequeño.
De repente vino una pregunta que mereció una respuesta distinta de todas las demás. El niño dijo “¿Papá, me quieres?”, no hubo palabras sino un gran abrazo y un beso.
Esta escena me ha llevado a pensar que en la vida hay cosas, acontecimientos, hechos que pueden tener mil respuestas, pero al amor sólo le cabe el sí o el no, y ambos se demuestran con actitudes y gestos más que con palabras.
Existen sin duda muchas formas de parálisis que afectan de una forma u otra a muchas personas. Además de los diferentes tipos de parálisis físicas, que son sin duda fuente de mucho sufrimiento, pero que son fácilmente apreciables existen también las parálisis espirituales más difíciles de reconocer.
Cuando por algún motivo hemos experimentado la incapacidad de movimiento, la incapacidad física de poderse “valer por uno mismo”, la dificultad de organizar idas y venidas, hemos podido intuir lo que puede significar de sufrimiento una parálisis que impide la libertad de la persona. Pero también podemos experimentar una serie de parálisis espirituales que nos hacen sufrir igualmente. La incapacidad para concluir los proyectos iniciados, por ejemplo, nos lleva a experimentar una incapacidad bien dura de asimilar, la de dejar proyectos y deseos a mitad de camino sin alcanzar las metas propuestas.
Tener muchas buenas ideas, y no llegar a realizarlas, no poder llevarlas a la vida, es una experiencia dolorosa. Y el sufrimiento crece aun más si podemos reconocer que el único impedimento para no conseguir el fin propuesto lo hemos hallado en nosotros mismos, en nuestra escasa decisión, en nuestra incapacidad, en nuestra pereza.
También esa experiencia puede deberse a nuestra escasa confianza en la obra de Dios Padre que en todo momento nos ayuda y protege, a nuestro excesivo deseo de centrarlo todo en nuestras propias fuerzas, en un palabra en no saber dar a Dios su espacio. Texto: Hna. Carmen Solé.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman