
La escena evangélica de Zaqueo subido a un árbol para ver pasar a Jesús, que nos narra Lucas en el capítulo 19,2, me ha hecho reflexionar lo mucho que uno puede perderse por miedo al ridículo. Zaqueo era un publicano, hombre rico, quería conocer a Jesús y como era pequeño de estatura se subió a un árbol para ver pasar a Jesús.
Él, hombre rico, cobrador de impuestos, subido a un árbol, debía ser una escena un poco ridícula, era como para no dar respeto a la gente, que de por sí ya despreciaban a los cobradores de impuestos. Pero Zaqueo hace caso omiso del que dirán ,quiere ver a Jesús a toda costa y lo logra con creces porque justo al pasar por debajo del árbol donde se había subido, Jesús le llama y le dice: “Zaqueo baja que hoy tengo que hospedarme en tu casa”.
Cual no debió se la sorpresa de aquel hombre al oír aquellas palabras de los labios de Jesús. Bajó presuroso y lo recibió con alegría. Y después de una conversación, que el evangelio no nos narra, pero que debió ser de un profundo contenido, el rico cobrador de impuestos, de pie ante Jesús declara: “Señor doy a los pobres la mitad de mis bienes, y a los que he exigido más dinero de la cuenta, les restituyo cuatro veces más”.
Al oír esta confesión, Jesús exclamó: “Hoy ha entrado la salvación en esta casa”. Si, la salvación entró en aquella casa porque Zaqueo no tuvo miedo al ridículo.¿Nos frena a nosotros el qué dirán, el temor a que se burlen de nosotros por ciertas acciones que pueden hacer hablar a la gente? Felices aquellos que ante una buena obra no tienen miedo al ridículo, la salvación entrará en su casa. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Lunes, 13 de febrero
Juan Fernandez Krohn
Carlos Corral
Vicente Haya
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Isabel Gómez Acebo
Francisco Margallo
Urbano Sánchez García
Rodrigo del Pozo Fernández