Cuando amamos a alguien, somos capaces de dar todo cuanto tenemos por el bien de esa persona. El amor, el cariño nos hace estar abiertos a las necesidades reales de los otros, con ello quiero decir que es el amor el que nos hace ser comprensivos, nos hace estar atentos y es el que nos enseña a escuchar, pero no sólo con los oídos sino con el corazón.
Necesitamos poder hablar, compartir y expresar todo lo que sentimos, ya sean alegrías, tristezas, gozos o rabias… ¡no importa el qué! sino que importa el hecho en sí. Cuando estamos eufóricos, tal vez es un poquito más fácil, porque la felicidad nos lleva a la tranquilidad.
Resulta un poco más complicado cuando parte de lo que teníamos “construido” se nos viene abajo por la razón que sea… entonces nos hundimos y cuesta bastante levantarse. Creo que estos momentos son necesarios, al igual que otros muchos, porque nos enseñan, nos muestran un camino que sin ello no podríamos vislumbrar; lo importante en estos casos es tener un apoyo y por supuesto poseer el gran regalo de la confianza en el otro. Los momentos de dificultad están para luchar, están para ser superados y esta superación requiere esfuerzo.
Cuando pedimos ayuda, ya sea esperando una palabra, un gesto o un abrazo, estamos intentando decir que todo es más fácil con apoyo, y… sin duda que es así. No nos ha de asustar ni dar miedo los momentos de oscuridad y desaliento, tan sólo hemos de vivirlos con fuerza pidiéndole a Dios que seamos capaces de discernir lo que quiere y espera de nosotros, y que a pesar de lo que cada uno haya de vivir no nos deje caer. Texto: Hna. Conchi García. Foto: Sor Gemma Morató.
Lunes, 13 de febrero
Pedro Tarquis
Mariano Fresnillo Poza
Josemari Lorenzo Amelibia
Juan Fernandez Krohn
Carlos Corral
Vicente Haya
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Isabel Gómez Acebo
Francisco Margallo