Durante la cuaresma, al entrar en una iglesia se tiene la sensación de despojo: Altares sin flores, ornamentos morados, cantos sobrios. Todos estos aspectos nos recuerdan que la cuaresma es un camino de austeridad que nos prepara a la gran celebración de la Pascua. Durante la Semana Santa, las celebraciones litúrgicas unas tienen un tono más festivo: El Domingo de Ramos en la que acompañamos con clamores a Jesús que entra triunfal y humilde a Jerusalén.
El Jueves Santo con la liturgia de la Cena del Señor, reunidos en torno de Jesús conmemoramos la institución de la Eucaristía. Pero inmediatamente después de la celebración de la Misa, se despojan los altares; acción que recuerda que también nosotros tenemos que despojarnos de nosotros mismos para tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo que siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos, como nos relata San Pablo en su carta a los filipenses.
El Viernes Santo la lectura de la pasión de San Juan relata que después de la crucifixión de Jesús, los soldados se repartieron sus vestiduras y echaron a suerte su túnica. Había sido por consiguiente despojado las mismas. Fue un despojo total. Solamente siguiendo el ejemplo de Jesús, el Maestro, celebraremos con alegría la gloria de su resurrección la noche Pascual. Texto: Hna. Mª Nuria Gaza.
Viernes, 17 de febrero
Rodrigo del Pozo Fernández
Jose Gallardo Alberni
Josemari Lorenzo Amelibia
Teresa Forcades i Vila
Francisco Baena Calvo
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Religión Digital
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Francisco Margallo