
El salmo 36 es uno de los salmos que me gusta releer para saborearlo. En él se contrapone la suerte del justo a la del malvado: “El malvado espía al justo e intenta darle muerte. La boca del justo expone la sabiduría, su lengua explica el derecho, porque lleva en su corazón la ley de Dios, sus pasos no vacilan”. En una sucesión de hechos el salmista va desgranando cual es el fin del honrado y cual la del perverso. Canta la dicha del hombre honrado en su pobreza y el peligro del malvado en su opulencia.
Todo el salmo es como un comentario a las bienaventuranzas proclamadas por Jesús (Mt. 5, 1-11). La tercera de las bienaventuranzas se expresa con las mismas palabras del salmista: “Los sufridos poseen la tierra” (v. 11). En el sermón del monte: “Los mansos poseerán en herencia la tierra” (Mt. 5, 4).
Pero personalmente me gusta detenerme en los versículos tres y cuatro: “Confía en el Señor y haz el bien, sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón”. Es una pregustación de la vida futura.
Para quienes hemos elegido seguir la llamada de Jesús de Nazaret, nada fuera de Él puede hacernos más felices: Él es nuestro gozo, nuestra alegría, nuestra paz. En una palabra él hace la delicia de nuestro vivir cotidiano. Y si por desgracia nos invade el tedio es porque hemos caído en la tentación de envidiar a los injustos o hacer como ellos.
Mi oración al finalizar la meditación de este salmo es que nunca llegue a envidiar la condición de los hombres que buscan su refugio en la riqueza, en la maldad, que no saben ver en su entorno a los desprovistos, de todo, como el rico que no supo ver al pobre Lázaro sentado a la puerta de su casa. Dame Señor, una confianza ilimitada en tu bondad porque sólo tú puedes saciar las ansias mi corazón. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman