
Desde que nacemos se inicia en nosotros un mundo de aprendizajes que irá llenando de sentido la vida entera. Nos suele parecer normal que la vida de los niños esté repleta de esos aprendizajes sobre las más diversas materias, que sus días transcurran de descubrimiento en descubrimiento, tomando conciencia de cada cosa, experimentando todo cuanto les rodea, para irse afianzando en la vida, e integrar todo cuanto la cultura del mundo actual les podrá aportar.
Pero a medida que aumentan nuestros años, a medida que envejecemos, corremos el riesgo de imaginar que ya sabemos cuánto necesitamos para nuestra vida. No es fácil mantener el ánimo dispuesto para iniciar aprendizajes nuevos, quizás por comodidad ante el esfuerzo que puedan significar, o miedo a no poder superarlos, o por cierto conformismo y rutina. ¿Quién podía imaginar hace veinte o veinticinco años que los que ya somos mayores podríamos llegar a utilizar los medios de comunicación que actualmente tenemos entre manos? Quizás nos costó aprender, pero ahora gozamos con ellos.
Conservar el ánimo para aprender es una responsabilidad que incumbe a todos, nadie deberíamos cerrarnos ante lo que es nuevo, porque aprender es un signo de apertura hacia todo aquello que el Señor nos va ofreciendo en este mundo. Nos queda también la responsabilidad de transmitir lo aprendido a las nuevas generaciones para que al recibirlo lo transformen y modifiquen para adaptarlo a su hoy a sus necesidades y posibilidades. Texto: Hna. Carmen Solé.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman