El Salmo 51 en sus últimos versos dice: “Te daré gracias, Señor, por todo cuanto has hecho, proclamaré tu bondad”. Es esta una expresión que se repite en diversas ocasiones tanto en el antiguo como en el Nuevo Testamento. En su conjunto es una oración muy bella, y a la vez muy exigente, es el compromiso del creyente de dar gracias a Dios por sus obras. El Señor actúa siempre, sus obras, sus designios, son siempre espejo y manifestación de su bondad y de su amor para con nosotros.
En ocasiones, o en etapas de la vida, puede hasta resultarnos fácil reconocer, palpar, sentirnos sumergidos en esa bondad de Dios, cuando todo aquello que Él nos da concuerda con nuestros deseos más profundos, cuando decimos que ha escuchado nuestras oraciones. Pero la situación más habitual en nuestra debilidad, nos hace experimentar que “sus caminos no son los nuestros”, como dice el profeta Isaías, que sus planes no son tampoco los nuestros, sino que están tan alejados como lo está el día de la noche, porque pedimos sin saber lo que pedimos, buscamos sin tener el deseo concreto de encontrarnos sinceramente con el Señor, Dios de Amor y Príncipe de la Paz.
Pero siempre, aun sin comprenderlo experimentamos desde la fe que sus planes son planes de amor, de ternura y salvación, y el tiempo de espera de la Navidad es un buen momento para constatar que esta salvación nos llega, y que el Señor nos regala su presencia. Texto: Hna. Carmen Solé.
Viernes, 17 de febrero
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