Es inevitable pensar en uno mismo, en cómo uno actúa en los actos cotidianos de la vida y en analizar el por qué de las cosas cuando encontramos en la Palabra de Dios un texto como el siguiente:
"Después, levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo.Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre, y dijo: "Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir"". Lucas 21, 1-4
Cuando hacemos algo concreto hemos de saber por qué estamos haciéndolo. El simple hecho de pensar en que “ya hemos cumplido” quita todo el valor que pueda tener. El acto de querer ayudar al otro pasa por dos puntos: en primer lugar por subsanar y favorecer a los demás, pero en segundo lugar por nosotros mismos, es decir, la acción que realizamos ha de estar marcada por el amor, hemos de ser conscientes de que lo hacemos porque el otro nos duele. No hay amor sin dolor, es cierto, porque el que ama siente con el otro, se alegra con el otro, se entristece con el otro…
Las catequesis de los miércoles del Papa Benedicto XVI, son siempre profundas, sencillas y aplicables a nuestra vida. En este año Paulino va desgranando las enseñanzas de San Pablo, ese gran Santo. Siguen unas cuantas ideas de una de esas catequesis.
“...Queremos que el mundo cambie profundamente, que comience la civilización del amor, que llegue un mundo de justicia y de paz, sin violencia, sin hambre. Queremos todo eso. Pero ¿cómo podría suceder esto sin la presencia de Cristo?. Sin la presencia de Cristo nunca llegará un mundo realmente justo y renovado. Y, aunque sea de otra manera, totalmente y en profundidad, podemos y debemos decir también nosotros, con gran urgencia y en las circunstancias de nuestro mundo: ¡Ven Señor!. Ven donde hay injusticia y violencia. Ven donde domina la droga. Ven también entre los ricos que te han olvidado, que viven sólo para sí mismos. Ven donde eres desconocido. Ven a tu modo y renueva el mundo de hoy. Ven también a nuestro corazón para que nosotros mismos podamos ser luz de Dios, presencia tuya. En este sentido oramos con san Pablo. ¡Ven, Señor Jesús!, y oramos para que Cristo esté realmente presente hoy en nuestro mundo y lo renueve...".
Texto: Hna. María Josefa Cases.
Lucas nos trae una sentencia muy dura contra aquellos que inducen al mal a los otros. “Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar” (Lc. 17, 1).
Esta frase me ha impactado y me he puesto a preguntar: ¿Qué quiere decirme con esta advertencia tan severa Jesús? Escandalizar, es decir, inducir al mal a un pequeño, es algo que a simple vista parece muy grave y que por ello no vamos a ser piedra de tropiezo para los demás; pero si me pongo a pensar detalladamente, en muchas ocasiones puedo ser motivo de escándalo. Siempre hay quien ve mis actuaciones, mis reacciones en momentos en que las cosas no me salen como esperaba. La vida nos trae más de un contratiempo.
Año tras año nos encontramos el día 21 de noviembre con la celebración de la presentación de María al templo. Para nosotras Dominicas de la Presentación, María es modelo de entrega y don.
Nunca María tuvo un gesto de procurar para ella misma. En los evangelios en el momento de la anunciación, no la vemos preocupada por el que dirán. Sólo exclama: “¿Cómo será esto si no conozco varón”. Hubiera podido decir al ángel que le notificara a José lo que iba a suceder en ella, pero no. Acepta e inmediatamente se pone en camino porque su prima Isabel, seguro, que requiere de su cercanía.
Camino hacia Belén, no encuentran posada pero ni una queja. Nace su Hijo Jesús, los pastores acuden a adorarlo, ella guarda estas cosas en su corazón.
Es nuestra vida entera la que ha de hablar, sin necesidad de tapar ni ocultar nada, de aquello que vivimos habitualmente, de aquello que queremos y amamos con la fuerza más grande que podamos imaginar. Son muchos los gestos o palabras que consciente o inconscientemente realizamos a lo largo del día, y es en la vida cotidiana donde nos dejamos conocer y donde nos conocen. Cada uno es diferente y por eso, no todos necesitamos las mismas cosas; ni siquiera buscamos de la misma manera lo mismo.
Ciertamente, una persona es de una forma u otra, pero no hemos de encerrarnos con una idea única, y no debemos “encasillarnos” ni a nosotros mismos ni a los demás en un único esquema. A veces, corremos este riesgo y caemos en juzgar rápidamente a los otros. En muchas ocasiones deberíamos de tener una mirada más cariñosa, delicada. Una mirada comprensiva hacia el otro y no juzgar a la ligera nos ayudaría en más de una ocasión. Creo que una de las cosas más sencillas es caer en comparar y poner etiquetas simplemente porque la otra persona tiene otra manera o busca otras cosas diferentes a las tuyas. Pienso que, precisamente, el hecho de que cada uno tenga una manera de ser es más una riqueza que no una penuria o carencia.
En estos días casi finales del año litúrgico se nos proponen como lecturas de la celebración eucarística unos textos que cuando era joven me llamaban mucho la atención, pero no llegaba a comprenderlos ni a ver qué podían significar en mi vida.
Concretamente el texto de San Lucas en el capítulo 17 nos habla de unas gentes que no sabían darse cuenta de aquello que se avecinaba y por eso actuaban en los días que precedieron al diluvio, al castigo de Sodoma, como si nada pasase: comían, bebían, se casaban, compraban, vendían, sembraban, construían,... hasta el día en que entró Noé en el arca no se dieron cuenta, hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos.

Con motivo del Fórum de Pastoral con Jóvenes -www.forumpj.org-, que recientemente ha tenido lugar en Madrid, se lanzó una pregunta a los jóvenes: ¿Qué pinta Dios en tu vida? En la revista “Vida Nueva” aparecían algunas de esas respuestas bajo el título “50 jóvenes y Dios”. Es bien interesante y enriquecedor, descubrir lo que pinta Dios en la vida de esos jóvenes, pero éstos son sólo una muestra de tantos como participaron en el fórum, de distintas edades y que desde distintos lugares de la geografía española, dan su respuesta, desde aquello que les mueve y da sentido a sus vidas, desde Dios.
Esta oración del Beato Charles de Foucauld: “Padre, me pongo en tus manos…” es extraordinaria, sin duda, para permanecer en silencio y fijar la mirada en el Señor, de donde brota siempre confianza y paz interior. Hace tiempo que la descubrí y desde entonces me acompaña, me gusta orarla porque habla directamente al corazón, es invitación a la confianza plena, aquella que se recibe cuando la vida misma se deja entretejer en las manos de Dios.
Hace pocos días, gratamente la encontré de nuevo, en una vigilia de oración con jóvenes. Durante la adoración del Santísimo se oró esta oración, se me fue la mirada hacia los jóvenes presentes, ¡qué gozo y fuerza interior! eran tantas miradas clavadas ante la Hostia Santa, ¡cuántas historias en las manos de Dios!
Los evangelios sinópticos presentan muchas parábolas de Jesús, que siempre encierran para mí algo de sorpresa. Por más veces que las haya rezado siempre me quedan aspectos de los cuales no había tomado conciencia antes, y que luego me parecen tan evidentes.
En concreto San Mateo cita, como otros evangelistas, la invitación de Jesús a tener “fe como un grano de mostaza”, en un momento Jesús dice que esta fe se convertirá en árbol frondoso y en otro texto Jesús nos dice que si tuviéramos fe como un granito de mostaza…, la montaña se plantaría en el mar. Y esta comparación de la montaña plantada en el mar me lleva a pensar ¡cuantas montañas se me presentan en la vida y que me gustaría ver plantadas en el mar!
A raíz de la celebración del día de los difuntos (2 de noviembre) leí que en la vida existen dos días especialmente importantes para cada persona: el día de su nacimiento y el de su muerte. Los demás son tan solo acontecimientos, como puntos de una línea finita que como todo lo humano tiene su principio y su fin.
Fui pensando en aquello que va dando categoría a esta línea de la vida de cada uno. Sin duda hay acontecimientos de más valor que otros, unos los recordamos siempre, otros se nos olvidan casi para siempre.
Los tres sinópticos nos narran la elección de los apóstoles. Cada evangelista tiene su peculiaridad pero hoy me he detenido en la de Marcos y Lucas. Antes de una decisión tan importante como la de elegir los que iban a continuar su misión, lo primero que hace Jesús es pasar lo noche en oración (Lc. 6, 12).
Marcos al relatar la elección de los doce tiene una anotación que me parece trascendental para todo evangelizador: “Jesús los llamó para estar con Él” (Mc. 3,14). Es imposible querer evangelizar sin este estar con Él. Es en este estar con Él el que nos empujará a desear ardientemente que aquellos que no lo conocen lleguen a descubrir que en Jesús está la fuente de la felicidad.
Nuestra casa se llena cada día de niños muy pequeños que apenas se inician en el hablar, llegan a veces medio dormidos, pero todos entienden claramente el lenguaje cariñoso que los mayores les dirigimos: padres, educadores, o cualquier persona que ande cerca de ellos, todos hacemos algún gesto que les haga sonreír. Y es que en general, para los adultos es fácil arrancar una sonrisa o una débil carcajada a un niño pequeño, a un bebé.
Cuando crecemos las cosas no son tan fáciles, la sonrisa no es tan fácil de conseguir porque siempre nos invade algún aspecto de la vida que nos “hiela” la expresión. Nos parece que todo aquello que Dios nos propone para cada día no es precisamente lo más fácil o lo más indicado para ser vivido con alegría, por eso a los mayores nos cuesta sonreír, nos cuesta poner a mal tiempo buena cara.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman