Reconocer que me he equivocado es el gran paso que abre un poquito la puerta del corazón de una persona. Ser consciente de que no siempre hacemos las cosas bien ayuda a tener una actitud humilde y sencilla, por tanto, esto nos lleva a ser personas auténticas y dignas de la confianza de los otros.
Estar abiertos a la otra persona significa olvidarse por un momento de uno mismo, de sus ideas, de los propios planes… para dejar entrar un aire nuevo capaz de renovar si fuere necesario. Nuestra actitud es muy importante a tenerla en cuenta porque habla de lo que somos, y es claro que puede llegar a hacer mucho bien, pero también mucho daño.
La relación entre las personas es como un gesto de amor. Hemos de olvidarnos de lo que nos agrada o lo que queremos en un momento concreto, desplazar a un lado los propios intereses para abrirnos a la auténtica necesidad del otro. Al dejar entrar a la otra persona estamos fortaleciendo lo que somos en realidad, regamos nuestras raíces para poder amar con más fuerza aún. A veces no dejamos de mirarnos y contemplar lo maravillosos que podemos llegar a ser… y en cambio damos poco tiempo a que el otro se deje conocer.
Hemos de tener muy claro que lo único que importa en la vida es sumar… contar con todo lo bueno que nos aportan los otros. Una actitud que reste no permite el crecimiento de uno mismo ni del otro, por eso, sumemos siempre, unámonos a los otros y no nos fijemos únicamente en nosotros mismos sino que seamos capaces de ver todo lo positivo que poseen las personas que nos rodean. Texto: Hna. Conchi García.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman