Hace ya días que pienso en unas palabras que he oído en varias ocasiones. “Sé feliz”…; es algo que se desea por encima de todo, es más, se busca con ahínco y empeño porque es el fin último de cualquier ser humano. Ser feliz implica esfuerzo y tenacidad, pide de cada uno de nosotros fidelidad para encontrar la constancia y descubrir la ilusión nueva cada día.
No solemos pensar con demasiada frecuencia en todo lo que envuelve nuestra vida, es más, en numerosas ocasiones dejamos que “el destino” nos lleve a cualquier lugar y no somos capaces de preguntarnos el por qué y el cómo de las cosas. A veces es bueno darnos una oportunidad a nosotros mismos, pensar que merecemos ser felices por el simple hecho de existir, porque sin duda, Dios mismo nos ha regalado la vida para que la vivamos felices, ya que sólo así podremos dar el ciento por uno. No debemos esperar a que otro haga las cosas por uno o a que alguien nos muestre su propio camino, porque somos únicos y cada uno tiene un paso distinto.
Ser feliz significa ser uno mismo, dar de lo que se es y de lo que se ha recibido sin más rodeos ni preámbulos. La sinceridad por encima de todo deja entrever a una persona sencilla y con ganas de cultivar la verdad, ya que sólo de esta manera estamos bien con nosotros mismos. Dios ha sembrado en nuestras vidas la felicidad, aquella que sólo procede de Él, la verdadera alegría. Cultivémosla para que seamos personas transmisoras de la felicidad y amor de Dios. Texto: Hna. Conchi García.
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Procurar ser felices, para difundir la felicidad a los demás, podría ser una buena receta.
Pero la felicidad no nos es alcanzable a los humanos, salvo a los que son humildes, nada poseen, y nada desean.
La felicidad del cristiano, y de cualquiera con sentido profundo de la fe, se basa en la esperanza de "convivencia" con Dios.
"Estar con Dios durante una vida normal, sería lo deseable". Pero para algunos, tan apegados al terruño, resulta inimaginable.
Un abrazo.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
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