Tiempos de verano, tiempos de vacaciones de muchas cosas y para otras tiempos para vivirlos con otro ritmo que todos deseamos menos estresante, fuera de las líneas marcadas durante los días más habituales. Pero el verano no es un tiempo para “vacaciones espirituales”, casi diría que es precisamente un tiempo para profundizar un poco más en nuestra vida de fe, para dar nuevas alas a nuestra esperanza y aumentar nuestra caridad.
Me gusta repensar en las grandes figuras de la historia de la salvación, volver a verlas a cada tiempo con ojos nuevos, hoy pienso en Abraham, el hombre de la fe que deja tantas cosas para seguir a su Dios, que es capaz de fiarse de su Señor aún en la prueba más dura, en el momento en que cree que Dios le pide el sacrificio de su hijo Isaac.
Estos días se ultiman las plazas en algunas universidades privadas, las públicas ya se otorgaron. Después quedará septiembre. Son muchos los jóvenes que se desplazaran a la gran ciudad para estudiar, lo desean aunque al cabo de un tiempo, ya hablan de que en su ciudad o pueblo la calidad de vida es mayor y que eso no tiene precio. Muchos terminan la carrera y desean regresar, otros habrán descubierto los encantos de una ciudad cosmopolita, como por ejemplo, Barcelona, donde vivo.
Es interesante ver como jóvenes y aún padres y madres sufren por alcanzar la plaza deseada y después encontrar el sitio adecuado para vivir. Hasta hay quien está haciendo una tesis sobre alojamientos universitarios en Barcelona. Curioso, pero interesante. Nuestra nueva residencia forma parte de este estudio. Una demostración de que se puede acceder a todas las modernidades pero no perder el sentido profundo de la convivencia humana.
He leído que en un país de Europa se está trabajando para introducir una ley que obligaría a las televisiones públicas a dedicar el mismo tiempo en emitir malas noticias y buenas noticias.
Es una noticia original, y me ha llevado a pensar que también cada persona podríamos hacer el intento de dedicar por lo menos la mitad de nuestro tiempo a vivir plenamente todo cuanto de bueno nos sucede, porque para algunos es más fácil poner el acento en lo negativo antes que ver con buenos ojos cuanto sucede de positivo cada día.

La XXIII Jornada Mundial de la Juventud que acaba de acontecer en Sydney llevaba por título “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos”(Hch 1,8). Son muchos los jóvenes que han tenido la suerte de vivirlo bien cerca del Papa y otros lo hemos vivido en la distancia física.
Unos días antes de irse para Sydney, una joven, me compartía su entusiasmo ante el encuentro, me decía que el viaje era como “una desconexión total de todo, es compartir directamente con Dios y que mejor con el Papa. Resumiendo, un chute de fe… cuando vuelva nos vemos y os comparto”. Esta amiga ya tuvo la suerte de vivir la anterior JMJ en Alemania, y desde aquél encuentro ha ido haciendo camino de fe, comprometiéndose en su vida como cristiana y eso es lo importante, ¡crecer en la fe!.
Leía estas palabras del evangelio de Mateo en estos días: “Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los grandes y sabios y se las has revelado a los sencillos“.
Son palabras que me hicieron pensar en nuestra actitud frente al mundo y sobre todo frente a los otros, en cómo nos dirigimos y tratamos a las diferentes personas que nos encontramos a lo largo de un día y por supuesto en cuál es nuestra postura en referencia a los otros.
"Venid a mí los que estáis cansados". Son palabras de Jesús que hallamos en el Evangelio, y a veces pienso que no hacemos suficiente caso de este llamamiento de Jesús. ¿Quien no se siente a veces cansado y agobiado?, ¿quien puede afirmar que domina todos los acontecimientos de su vida y que todo le va a pedir de boca? ¿Quién no experimenta con dolor la fragilidad ante situaciones que desmoronan lo que considerábamos tan logrado?
En la prensa del 11 de julio venía la dramática noticia: “Quince inmigrantes, nueve de ellos niños, mueren en la costa de Almería”. Es un goteo continuo de muertes en las pateras. Estos hombres y mujeres tienen que vivir muy desesperados en sus países para que se lancen a una tal aventura con las trágicas consecuencias que tantas veces conlleva.
Por más que los gobiernos intentan frenar este aluvión con nuevas leyes, no creo que lo consigan. Se me encoje el alma al pensar el dolor de los padres al tener que arrojar al mar a sus hijos sin vida. Un hombre vio morir a su esposa y a su hijo, Dios mío, él que venía con la esperanza de un futuro mejor para su familia, vaya futuro le espera: lejos de su patria, sin su mujer, sin su hijo. A este hombre es posible le concedan un permiso de residencia por razones humanitarias. ¿A qué precio lo habrá conseguido, le valdrá este permiso para rehacer su vida en un país extranjero?
Hace pocos días murió después de un tiempo de enfermedad el marido de una amiga mía. No son demasiado mayores, llevaban muchos años casados, intentando siempre llevar adelante con la ilusión los distintos acontecimientos que han tejido su vida. Se conocieron en la universidad, hace ya tanto años… vino luego el tiempo de situarse en el mundo laboral y lo consiguieron juntos. Después se casaron y nacieron los hijos y ahora ya andan pendientes de la llegada de algún nieto.
Pero la enfermedad, con lo que comporta de sufrimiento en todo sentido ha marcado este último tiempo. Ver sufrir a los que amamos es muy duro, especialmente si nos avisan de que no habrá posibilidad de ir muy lejos.
Y llega la muerte anunciada, y hasta incluso cuando ha habido demasiado sufrimiento, deseada en lo más secreto de cada uno.
Pero luego la vida sigue, y qué difícil es seguir para aquél o aquella que ha perdido la persona con la que ha compartido tantas cosas. La expresión utilizada por muchos es después de la muerte del ser querido es: “la vida no tiene sentido”, y es verdad que todo ha perdido su significado más profundo, o más simple.
Hay tallas antiguas de gran valor y hermosura. Pero la de más valor es el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios. Algunas de las obras de arte requieren, al paso de los años serias reparaciones que exigen buenos restauradores que con paciencia e ingenio les devuelvan todo el esplendor primitivo.
Así también ocurre con el hombre. Hay personas que las circunstancias de la vida han envilecido y ya no se reconoce en ellos la imagen de Dios. Ahí está la labor de personas que con generosidad, paciencia y amor ayudan a sacar a flote a estos pobres que el vicio tiene atados. Es un trabajo que requiere esfuerzo y claro está, también la colaboración por parte del que recibe la ayuda. Ahí estriba la diferencia con la obra de arte; ésta se deja hacer pero no colabora en la obra del restaurador.
Jesucristo, el cercano y el lejano. Saber que está tan cerca, que nunca me deja, tener esa seguridad de la fe pero al mismo tiempo, no poder pasar de lo abstracto a lo concreto, a lo explicable. Por eso, también es el lejano. Es tanta la gente que encuentras por el camino que no le conocen, que abren sus ojos a tus compartires de fe, y sabes que cuesta explicarlo, superar la barrera de la materialidad que nos embarga.
Fue en plena adolescencia cuando le descubrí, que aprendí a quererlo, porque Él me amaba y yo lo sabía y lo sé. Es encontrarte con Él un buen día y saber que por siempre jamás estará contigo pero que quizás ya no le volverás a ver o a sentir. Te deja algo de Él pero llegan las noches largas y oscuras, en las que vives del recuerdo y la certeza de corazón. Una certeza que nadie te puede arrancar, algo dulce en el corazón, un plus en la vida, para algunos, para nosotros, los creyentes lo primero y el todo.
Hace unos días leí en "La Vanguardia" una entrevista que le hicieron al escritor Dominique Lapierre. Me encanta la forma de narrar de este hombre que al contacto con los menos favorecidos de la India, comprendió que no podía quedarse tranquilamente todos los beneficios de la venta de sus libros. Los pobres nos dan ejemplo. Mucha gente de la India es tremendamente pobre pero rica en valores que la sociedad occidental en muchos casos tenemos olvidados.
En estos meses de verano, algo cambia en nuestro ritmo de vida y en el lenguaje popular escucharemos muchas veces aquello de “cargar las pilas”. Sí, es como decirnos, cojamos nuevas fuerzas para continuar nuestra actividad laboral, después de casi todo un año de trabajo, es merecido un tiempo de vacaciones, de desconectar, descansar…. Todo ello es necesario y sin duda que muy saludable; también es cierto que hay personas que no tendrán quizás la oportunidad de hacer un alto en el camino y tomarse unas vacaciones, pero tenemos durante cada día del año la posibilidad de cargar siempre las pilas en el Amor.
Hay una frase que personalmente me acompaña: “Estrenar cada día de nuevo el Amor” (es de un sacerdote que durante unos años fue mi confesor y siempre me daba el regalo de esta frase, deseándome que lo viviera cada día en mi vida religiosa).
La carestía de cereales se esta volviendo para muchas zonas de nuestro planeta en una amenaza de proporciones increíbles. África es uno de los continentes más afectados. Es aquello de que siempre llueve sobre mojado. Pero lo que no podemos aceptar los humanos que tengamos un mínimo de sentimientos, es contemplar estoicamente que en cuatro semanas pueden morir, según la UNICEF, 150.000 niños.
Es increíble que en cuatro meses el precio del grano haya sufrido un aumento del 150%. ¿Quién pude sostener una tal subida? Los países ricos pueden soportarlo estrechándose un poco el cinturón pero los que hace tantos años que lo tienen tan estrechado que se les pega el estómago a la columna vertebral, no les queda otra solución: Morir de hambre. Entretanto los cereales queman para hacer combustible para que otros tengan aire acondicionado en verano y calefacción en invierno.
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman