Hace un tiempo recibí un e-mail que fue regalo, el cual, me hizo orar al leerlo, su mensaje era profundo, lleno de mucha vida que me habló al corazón, venía de alguien enamorada del Señor.
Es una buena amiga a quien llevo y llevamos hace tiempo en la oración, deseando que la vida le sonría tanto como su rostro lo hace, que brote en su caminar la alegría que desprende y contagia. Que vaya escribiendo la página de su vida con el Señor, allá donde Él la conduzca y ella se deje conducir porque la ha seducido…
Os comparto parte de ese regalo que recibí porque me hace orar, sonreír, dar gracias por tantas cosas recibidas en esos encuentros con jóvenes que tocan a una puerta, estando en búsqueda vocacional y ver como no cae en saco roto lo vivido a los ojos del Señor.
Quiero dar gracias por recibir la gracia de su llamada a seguirle en la fe y ver que somos instrumentos en sus manos, que Él es el verdadero protagonista de la vida que se vive en fidelidad a su Amor. ¡Gracias, I.M.!
Gracias por responder a esa llamada,
por ser fieles a su AMOR,
por superar las tormentas y seguir caminando cuando no se ve el sol.Gracias por transmitir siempre su amor,
por no defraudar a los demás,
por hacer real su mensaje y vivirlo,
por dar abrazos que comunican.Gracias por la delicadeza con la que tratáis a las almas que se os acercan,
por la prudencia con la que os enfrentáis a las conciencias que os piden consuelo,
por abrirme las puertas de vuestra casa,
por llamar a las cosas por su nombre.Gracias por enseñarme la Verdad,
por no venderme sacos llenos de humo,
por tratarme con una libertad infinita.Gracias por vuestra alegría
por estar siempre,
por vuestra locura,
por vuestras palabras, vuestros mensajes.
Pero sobretodo, gracias por vuestro SI a ser hijas consagradas de Marie Poussepin. (I.M.)
Texto: Ana Isabel Pérez.
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Responder a las llamadas que llegan de parte del Señor suscita interrogantes: Lo que he percibido, ¿viene de Dios?, ¿a qué tengo que responder?, ¿cuándo he de responder?, ¿cómo he de hacerlo? Merece la pena detenerse en estas preguntas para iluminarlas.
Un abrazo para todos/as.
La verdadera amistad siempre es comprometedora. Tener amigos implica vincularse a ellos. Un amigo condiciona la propia vida: desde los horarios, la compañía, los planes, las preferencias, hasta una cierta libertad de pensamiento y expresión. Alimentar una amistad conlleva el precio de que las mutuas expectativas queden suficientemente satisfechas. También la amistad con el Señor va en esa línea. Su cercanía es provocativa, dulcemente exigente.
Sentir a Dios es una experiencia relativamente frecuente y conocida en la vida de todo creyente que se plantea su relación con Dios. En la propia conciencia quedan registradas experiencias de encuentro con Dios, más o menos intensas pero reales. En cada una de esas experiencias se percibe una exigencia ante la que hay que responder, una tarea que Dios personalmente propone. Y que, en mucho o en poco, condicionará la vida.
Responder a las llamadas que llegan de parte del Señor suscita interrogantes: Lo que he percibido, ¿viene de Dios?...
Sábado, 18 de febrero
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