Muy apropiado para este tiempo de Pascua es un fragmento de uno de los sermones de San Agustín que dice así:
“Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles….Todo hombre ama, nadie hay que no ame; pero hay que preguntar qué es lo que ama. No se nos invita a no amar, sino a que elijamos lo que hemos de amar. ¿Pero cómo vamos a elegir si no somos primero elegidos, y cómo vamos a amar si no nos aman primero?. Oíd al apóstol Juan: Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero.
Trata de averiguar de dónde le viene al hombre poder amar a Dios, y no encuentra otra razón sino porque Dios le amó primero. Se entregó a sí mismo para que le amáramos y con ello nos dio la posibilidad y el motivo de amarle. Escuchad al apóstol Pablo que nos habla con toda claridad de la raíz de nuestro amor: El amor de Dios –dice- ha sido derramado en nuestros corazones. Y, ¿de quién proviene este amor? ¿De nosotros tal vez? Ciertamente no proviene de nosotros. Pues, ¿de quién? Del Espíritu Santo que se nos ha dado. Por tanto, teniendo una gran confianza, amemos a Dios en virtud del mismo don que Dios nos ha dado.
Cantad con vuestra voz, cantad con vuestro corazón, cantad con vuestra boca, cantad con vuestras costumbres: Cantad al Señor un cántico nuevo….”
Texto: Hna. María Josefa Cases.
Un fin de semana contemplando “la sonrisa de Dios” en el encuentro con Él es un gran regalo recibido, que a la vez, se hace difícil de poner en palabras. Fue la segunda vez que iba de peregrinación a Lourdes, además, este año es especial, ya que, es el del Jubileo (150 aniversario de las Apariciones; www.lourdes2008.com y esta vez recibí una gracia espiritual, donde me dejé agarrar bien por la Virgen de Lourdes.
La oración dedicada con ocasión del jubileo finaliza diciendo: “porque eres la sonrisa de Dios, el reflejo de la luz de Cristo y morada del Espíritu Santo…” ¡María es regalo! Estas palabras de la oración, me acompañaron en esos días de peregrinación, en un ambiente de oración, silencio, en el recogimiento que hace más accesible el encuentro con el Señor envuelta por la mirada de su Madre, se adentró en mí esta hermosa oración.
En la gruta pasé largos ratos mirándola y al mirarla, me envolvía su sonrisa, “la sonrisa de Dios”, a través de ella buscaba la luz de su hijo “Ella es el reflejo”, y con Ella quería dejarme “morar” por el Espíritu Santo.
En la vida hay momentos en que te sientes invadido por una gran alegría, otros por una profunda tristeza pero sereno o perturbado, cuando nos sentimos amados o rechazados, ultrajados o escarnecidos, cuando nos encontramos solos, cuando nadie nos hace caso, recordemos que siempre somos hijos amados de Dios. Porque unidos a Jesucristo participamos de su filiación. San Juan en su primera carta nos dice: “Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos”. Así pues si Jesús es el Hijo amado del Padre, nosotros somos amados por nuestro Padre celestial. Porque, “en esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él”.
Cuando vivimos momentos de dificultad o de dolor solemos buscar a alguien de confianza para poder hablarlo, contarlo o compartirlo y así poder sacar la tensión o nervios que llevamos en nuestro interior; a veces, nos acostumbramos a ello tanto, que no sabemos compartir de otra forma, de otras cosas. Las cosas bonitas, lo bello que nos ocurre… parece que viene dado, que forma parte de lo cotidiano y que no tiene ninguna importancia. Siendo cosas diferentes, éstas afectan a la persona y forman parte de cada uno de nosotros, y aunque a niveles distintos todo va realizándose y haciéndose presente en el ser humano.
Pero… si somos capaces de abrir nuestro corazón cuando nos sentimos solos y desprotegidos, ¿por qué no darle la importancia merecida a aquellos momentos de alegría, de felicidad que, sin duda, existen? Nuestra historia personal es muy rica y podemos alegrarnos con el que se alegra de igual forma que sufrimos con aquel que vive momentos de soledad y aflicción.
Siempre afirmo que lo importante no va acompañado de grandes destacados, como si de un titular se tratase, sino que es en lo pequeño y en la vida diaria que va sucediendo la historia verdadera del hombre. Muchas son las cosas que afectan y tocan lo más íntimo de cada uno, pero en este momento me gustaría compartir algo que aunque es muy sencillo, a su vez es muy profundo porque cuando las cosas se dan desde el corazón, todo lo que le rodea poca importancia tiene.
Estaba con alguien descargándole unas fotos en el ordenador y mientras veía el tiempo que indicaba para descargarse las fotos, sentía que había algo más en aquél encuentro. La miré y le pregunté si le pasaba algo, el silencio me dio la respuesta y poco después las lágrimas suplían las palabras.
Pasé del ordenador y le dije que la escuchaba, no quería, le entró la prisa y solo quería tener las fotos para poder enviarlas por correo electrónico, pero le comenté que teníamos tiempo porque había para un rato.
En ese momento, sólo deseaba que no se descargaran las fotos, contaba con ese tiempo para escucharla si verdaderamente ella daba el paso y quería, así que, cerré la pantalla del ordenador y le dije que aquellas fotos podían esperar pero ella no.

El evangelio de San Juan narra como poco tiempo antes de la celebración de la Pascua, Jesús estuvo en Betania, en casa de Marta y María porque Lázaro su hermano había muerto.
Es un fragmento evangélico lleno de detalles que muchas veces hemos escuchado y contemplado. Siempre algún aspecto se nos presenta como novedoso, como si nunca hubiésemos sido capaces de captar toda su hondura y todo su mensaje. Aquí también el evangelista deja muchos elementos sin explicar, se narra la gran acción de Cristo, el milagro de devolver vivo a su familia el amigo Lázaro, pero quedan iniciados muchos temas que el evangelista deja sin concluir.
Ya han pasado cinco años después del inicio de la segunda guerra del Golfo. Los años anteriores a la misma fueron años de penuria y mucho sufrimiento para la población iraquí. Pero la tan cacareada libertad prometida, ha quedado en la dura realidad de la tragedia cotidiana. Nadie está seguro, sea suní, chií y peor si es cristiano. Éstos últimos, son intimidados, muchas veces sacados de sus casas o asesinados. Y por tanto el cristianismo tiene muchos más años de existencia en el país que el islam. El problema estriba en que cristianismo es equiparado a occidente de donde les han llegado todas las desgracias. Lo lamentable es que antes las diversas religiones convivían en armonía, actualmente hay quien instiga al odio.
Se prometió un país libre y, ¿cuál es el precio de su libertad? La muerte y el desorden por doquier. “Es cierto que en tiempo de Sadam no teníamos libertad para viajar, actualmente la falta de dinero nos lo impide y las embajadas difícilmente dan un visados para salir del país”, comentaba hace poco un iraquí.
Y ahí, en medio de este avispero, están nuestras hermanas Dominicas de la Presentación. Todas iraquíes. Regentan el hospital de San Rafael de Bagdad que atiende a todos sin excepción ni de religión ni de posición económica. Es un milagro que ninguna hermana ni el hospital mismo haya sido atacado directamente. Como ellas sirven a todos son respetadas por todos hasta el momento.
El Señor no es un intruso impertinente que se planta en medio de tu casa sin llamar. No, él llama y aguarda que le abras. “Mira estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”. (Ap. 3,20) Es una frase que interpela.
Actualmente que todo va a un ritmo vertiginoso, que todo tiene que estar hecho icsofacto, el Dueño y Señor de la vida espera pacientemente a la puerta de nuestra casa por si acaso nos dignamos abrirle. Nunca fuerza nuestra puerta, nunca se irrita si no le abres, él continúa en su espera porque no busca su bien sino el nuestro. Quien pierde en no abrirle somos nosotros, él no gana nada con entrar en nuestra casa.

Una extraña sonrisa se dibuja en la cara, poco a poco me doy cuenta de que hay algo más detrás de esos gestos y de esa mirada. Lo curioso es que cuando me veo en el espejo suelo tener esa misma sensación, el reflejo de mi rostro es mi estado interior, no me puedo engañar. Sin duda, mi manera de hacer, mis palabras y hasta el brillo de mis ojos están contando una historia, la historia de uno mismo y de todo lo que le rodea.
Hay veces que necesitamos que nos recuerden las cosas para ser conscientes del profundo valor que tienen, ya que el día a día nos hace olvidar que poseemos un tesoro en nuestras manos, en nuestra vida. La relación con las personas es un gran paso, es un puntal para crecer por dentro, para olvidarse de uno mismo y comenzar a ver que existe más mundo que el propio, y que eso que hemos descubierto nos irá llevando por distintos caminos jamás soñados, pero ciertos.

¡Es verdad, el Señor ha resucitado! El pasaje evangélico de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) es uno de mis preferidos y hace poco, precisamente me regalaron un cuadro que representa Emaús. Una mirada al cuadro, a través de la lectura bíblica me lleva a contemplar el rumbo de estos caminantes y adentrarme en el mío.
El evangelio nos muestra cómo el encuentro con Jesús tiene sus etapas, camina con nosotros y no lo reconocemos pero si se produce el encuentro con Él, tienes experiencia de que te arde el corazón. Estos dos discípulos llevan una dirección, van hacia Emaús pero van tristes y experimentan un cambio en el camino que les devolverá la alegría.
Al levantarme empiezo el día poniendo en manos de Dios ,todas las cosas que vaya a vivir durante la jornada. No se qué cosas me van a suceder, pero me gusta pedirle al Señor que ante cada acontecimiento me de su luz para saber gozar de todo cuanto haya de positivo y su gracia para vivir lo adverso, aquellas cosas o actitudes que no voy a comprender pero que estarán ahí y me harán sufrir.
A veces corremos el riesgo de acentuar más lo negativo que lo positivo, como si los acontecimientos puntuales puedan hacernos perder de vista todo el conjunto de nuestras vidas: discutimos y nos enfadamos por nimiedades y es necesario saber salir de ellas para volver a tomar el ritmo y el pulso de lo que en verdad teje la vida, de lo que en verdad nos importa.
El pasado Domingo de Ramos, después de ser proclamada la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo, la asamblea entró en un gran silencio. Me dispuse bolígrafo en mano a anotar aquello de la homilía que me ayudara a profundizar la Palabra y comenzar así a vivir la semana santa en un clima de escucha, de oración, acompañada por su Palabra. Aunque no pude ni escribir una frase porque rápidamente se nos invitó a entrar en el silencio interior. Pero, ¿qué decir después de ser proclamada la Pasión del Señor? Orar en el silencio interior.
Se dice fácil, “orar en el silencio interior”. Se nos puede facilitar el silencio exterior, en una celebración, en un retiro, en tantos momentos, pero ¿quiero facilitarlo yo? ¿Cuánto ruido hay en mí? ¿Tengo el deseo de entrar en el silencio interior de mi existencia para encontrarme con el Señor? Si le dejas, el Señor entra en la intimidad de tu ser.
Era joven, sí, muy joven visto desde ahora,… tenía 15 años, llenos de vigor, de ganas de hacer, de hacer teatro y jugar a básquet, pero algo me hacía diferente de mis compañeros de clase. Era alegre pero profundizaba demasiado sobre todo; sobre la vida, el amor, el arreglar el mundo... Soñaba con ser una superhéroe (¡pobre de mí!), solucionarlo todo: de lo más cotidiano al mundo entero... No podía, y a veces me hundía en una gran tristeza... juzgaba a mis compañeros ¿porque tanta discoteca con todo lo que había por hacer? En cambio a veces las armaba bien gordas, eso de defender causas me iba.
¿Qué tenía? ¿Quizás locura o adolescencia? Un día no pude más, tenía que vomitar ese sentimiento... fui a la directora del colegio... le dije: ¡soy una desgracia!, calló y me abrazó... Me calmaron y de pura casualidad me regalaron un calendario misionero que acababa de llegar con el correo del día. Como aquella noche no podía dormir, hojeaba el calendario, cuándo una de sus páginas por el reverso decía: Vocación, no; vocación sí. Me sobresalté, lo leí cientos de veces y me di cuenta que aquella era mi grave enfermedad. Me sentí asustada pero aliviada. Ya sabía que mal padecía.
Al día siguiente me fui al cole, dispuesta a enseñarlo y a comunicarlo. Aún guardo ese calendario y dice lo siguiente:
Domingo, 3 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman