Jesús cansado del camino se sienta junto al pozo de Sicar. Era mediodía y el calor era sofocante. De repente, aparece una mujer de no muy buena reputación, a sacar agua del pozo. La hora no era la más apropiada. Las mujeres preferían ir al pozo a las primeras horas del día antes de que el sol calentase. ¿Por qué esta mujer fue tan tarde al pozo? ¿Sería para evitar la mirada un tanto dura de las otras mujeres del lugar o sería porque al ver un hombre extranjero se sintió atraída por la curiosidad de saber quién era, qué hacía allí o quizás tenía otro motivo para acercarse a él?
Pero lo más sorprendente es que Jesús dirige la palabra a la mujer: “Dame de beber”. En Oriente un hombre no podía hablar con una mujer sin comprometerla. Y con todo Jesús conversa con ella. Seguramente que la mujer samaritana no tenía problema a que un hombre le dirigiera la palabra, estaba acostumbrada a tratar con ellos. Pero a partir de esta petición, hecha por Jesús, se entabla un diálogo que va de cosas más superficiales a una conversación profunda.
También a nosotros Jesús por unas circunstancias que nos pueden parecer sin trascendencia nos lleva hasta lo hondo de nuestra consciencia, nos hace entrar en razón como a la mujer cuando le dice: “En esto has dicho la verdad, porque de maridos has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido”.
Conocer el don de Dios como se lo reveló Jesús a la samaritana, la llevó a ser un apóstol: “Dejando el cántaro se fue a la ciudad y dijo a la gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Mesías?” Y la gente fue a donde él.
Está es nuestra misión: Proclamar no sólo lo que él nos ha dicho sobre nosotros, sino anunciar todo lo que él ha hecho por nosotros. Jesús nos pide con insistencia dame de beber. Texto: Hna. María Nuria Gaza. Foto: Hna. Carmen Solé.
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Gracias. Saludos
amen
Aquella mujer tuvo la fortuna de mirar a los ojos, a Jesús. De tú a tú, y él la enamoró con el mensaje salido de su voz.
Imagino que cuando le comentó su vida anterior, lo hizo sonriendo, como el padre que observa las travesuras de su hijo, y está presto a tenderle la mano, para que no se haga daño, al caer.
El hecho, en sí mismo, es hermoso, por lo sencillo. Todo un Dios, preocupándose por una mujer. Y no eran tiempos de sufragistas, ni de feministas.
Pero Él era amor, del que mana amor.
Sábado, 2 de junio
Jesús Rojano
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman