Después de hacer y hacer muchas cosas, de llenarte de todo lo que en un momento te gusta o convence, después de luchar contra toda tempestad… después de todo esto, se llega uno a plantear dónde está la alegría en la propia vida. A veces se da mucha importancia a cosas que para nosotros son de gran valía o estima, pero lo que es verdaderamente grande… es la persona misma. Somos nosotros los que tenemos que cuidarnos y mimarnos, hemos de poder llegar a decir que: ¡somos felices!.
Llegar a este punto es experimentar el gran gozo de Dios en nuestra vida; es la vida misma y por tanto la entrega generosa y sin condiciones. Sólo así podremos ser felices, es decir, si damos todo lo que somos y si buscamos hasta el final, hasta lo más hondo y prescindiendo de los condicionamientos llegaremos a la Verdad que buscamos.
Las tiendas estos días de fiestas están repletas de muchísimas cosas que pretenden llamarnos la atención para que compremos, incluso lo que no necesitamos. Muchas de estas cosas son típicas de estos días de Navidades y una de ellas sin duda son las golosinas, los dulces que ocupan un lugar bien destacado en nuestras casas y en nuestras mesas: bombones, turrones, barquillos, caramelos de muchas clases y colores. Y todo este colorido me ha llevado a preguntar si cada uno no deberíamos por los menos en estos días intentar ser también como una golosinas para los que tenemos a nuestro lado, para aquellos que están más cerca.
Acabamos de celebrar Navidad, fiesta que está llena de un sabor distinto para aquellos que celebramos desde la fe el Nacimiento de Jesús o para los que celebran una fiesta más, sin ninguna referencia religiosa, una fiesta cuyo verdadero sentido desconocen o quieren olvidar.
Pero en todos los casos la Navidad es una fiesta que se prepara con ilusión: jóvenes, niños y mayores, cada uno según sus posibilidades, cada uno según su modo, mirando de dar cumplimiento a los deseos y expectativas de aquellos que tenemos más cerca. Para otros la Navidad es una fiesta llena de melancolía o incluso de tristeza porque los sufrimientos que la vida ha ido dejando parecen revivir en estos días como una acumulación de recuerdos y añoranzas.
En Adviento hemos cantado con frecuencia: “Esperamos tu venida, ven Señor Jesús”. Mañana celebraremos el cumplimiento de las promesas del Señor, tantos años esperada por los profetas, por los hombres de buena voluntad, por los pobres de Yahvé.
También actualmente los hombres del siglo XXI esperamos que el Mesías, el Dios-con-nosotros, nos libere de nuestras pequeñeces y mezquindades para ser el pueblo fiel que desea Dios Padre: Hombres y mujeres de corazón sencillo, sin dobleces, sin rencores, liberados de las cadenas del pecado que nos atan a tantas y tantas cosas que entorpecen nuestro camino hacia la santidad.
Que este Niño de Belén que quiso nacer entre pajas, en la humildad de un Dios que se hace hombre por amor al hombre, que nace pobre para enriquecer a muchos nos ayude a vivir nuestro compromiso cristiano con toda radicalidad.
Que el Príncipe de la Paz nos conceda un corazón generoso para vivir todo lo que nos depara el Nuevo Año con serenidad y alegría porque sabemos que Dios está con nosotros, que él quiere nuestro bien y que ha venido para liberarnos de todo mal. Si Dios está con nosotros, ¿quien puede estar contra nosotros?
Feliz y Santa Navidad para todos los lectores de este blog y que el Año 2009 sea un año de bien para todos.
Texto: Hna. María Nuria Gaza.

La religión, algo tan sagrado en la mayoría de los corazones, tendría que ser una buena base para el entendimiento entre los hombres pero por desgracia muchos la usan como pretexto de enfrentamientos.
En la India me sorprendió ver en un pequeño poblado del estado de Madhya Pradesh, con que interés se preparaba para la fiesta de Navidad una gran explanada delante de la iglesia para la Misa de Nochebuena. Pregunté asombrada a las hermanas por qué tanto espacio si sólo había cinco familias cristianas en el lugar. A lo que las hermanas me respondieron: “¡Ah, es que tú no sabes que vendrán todos a la celebración! Y cuando sean las fiestas hindúes también todos iremos a celebrarlo con ellos”.
Ahora sin embargo los cristianos están siendo perseguidos en este estado y en otros muchos de este país. En Oriente Medio ocurre lo mismo. Las familias musulmanas y las cristianas tenían excelentes relaciones.

Los días de adviento van pasando para muchos con excesiva rapidez y nos acercamos a la fiesta de Navidad, que cada año nos llega con un sabor y un color distinto, porque la vida nunca es igual. En ocasiones parece que nos acostumbremos a la Navidad, a todo cuanto supone y por ahí nos entra la rutina.
La sociedad se mueve estos días inmersa en un mundo más lleno de color y de luces, la gente compra, va y viene, sin que muchos sepan ya que es lo que se celebra. Son fiestas de invierno, dicen unos, vacaciones de fin de trimestre para otros, tiempo de regalos y de fiesta. Para los cristianos es la celebración del Nacimiento de Jesús y en ocasiones parece que no sepamos decirlo en voz alta, respetar todas las opiniones y creencias está bien, pero necesitamos poder expresar nuestra fe.
Celebrar el nacimiento de Jesús, como lo hizo la Virgen María, es dejar que Dios sea el protagonista de nuestra vida, dejar que su acción sea el centro de nuestro vivir, como lo fue en la vida de la Virgen María desde el momento en que pronunció ante el ángel su aceptación al plan divino. Ella respondió “hágase”, nosotros debemos intentar imitarla. Así dejamos que Dios nazca en mi vida, que actúe, dejamos que Dios en su amor sea creador, que nos envuelva en su ternura. Texto: Hna. Carmen Solé.
Nos vamos acercando a la celebración de la Navidad y de una manera u otra todo nos habla, las luces en las calles, los adornos navideños en casa, el árbol, el pesebre en la cercanía del nacimiento del Niño Dios. También nos queda tiempo para ir preparándonos interiormente, y en ese preparar el camino del Señor, los demás son protagonistas en nuestras vidas, nos ayudan aunque no lo sepan y a veces los tenemos tan cerca. Hoy, ha acontecido algo especial, que me ha dejado con pocas palabras y que interiormente ha sido una sacudida de Amor, un bálsamo de alegría, donde ha brotado ternura, hoy puedo decir ¡Feliz Navidad!



El Líbano es un país de contrastes. Tiene barrios de gran riqueza y otros de mucha pobreza, esto sí, vivida con gran dignidad. Es algo que siempre he admirado de los habitantes de esta tierra tan hermosa.
Pues bien en un barrio extremo de Beirut nuestras hermanas gestionan un colegio que para atar cabos se las ven y desean. Los alumnos, provienen de familias humildes con padres en el paro o enfermos, no son admitidos en otros centros porque no tienen recursos económicos. La directora del colegio no quiere rehusar a nadie de los que acuden pidiendo que sus hijos se acepten en la escuela. Con muy buen tino dice que dejar un niño en la calle es facilitarle que caiga en la delincuencia.
Para acudir en su ayuda, desde el curso pasado en nuestro colegio de Reus (Tarragona) se inició una campaña en favor de los niños de la escuela del Líbano. A inicios de curso se envió una cantidad que se recogió de una cena solidaria que se organizó con este fin.
El Salmo 51 en sus últimos versos dice: “Te daré gracias, Señor, por todo cuanto has hecho, proclamaré tu bondad”. Es esta una expresión que se repite en diversas ocasiones tanto en el antiguo como en el Nuevo Testamento. En su conjunto es una oración muy bella, y a la vez muy exigente, es el compromiso del creyente de dar gracias a Dios por sus obras. El Señor actúa siempre, sus obras, sus designios, son siempre espejo y manifestación de su bondad y de su amor para con nosotros.
La vida no puede ser dada a medias porque cuando se da… no se ponen límites ni barreras, sino que se entrega por completo con alma, vida y corazón. Cuando se ama, se ama con todas las fuerzas, sino… no sería amor; incluso a veces, en esa entrega por Amor, se es capaz de renunciar a algo por aquella persona que quieres.
Cuesta pensar, hoy día, que hemos de renunciar a algo que nos satisfaga porque parece ser que todo lo tenemos al alcance de nuestras posibilidades, y que no es necesario dejar nada de lado por nada ni nadie. Pero en cambio, si has descubierto al amor se aprende a querer y a dejar de mirar única y exclusivamente por uno mismo.
Un padre dominico italiano al dirigirse a una religiosa le dijo: “¡madre!”; la cual sin dejarle continuar alegó: “Por favor no me llame madre, dígame mejor hermana”. El dominico sorprendido respondió: “Siento que se haya ofendido por lo de madre, pero una mujer si no es madre aunque haya hecho voto de castidad, ¿qué es?. La mujer ha nacido para ser madre tanto si está casada como soltera o religiosa. Ser madre es el don más precioso que Dios ha depositado en el corazón de la mujer. Toda mujer tiene que ser madre física o espiritual de los contrario no es mujer, es un ser contrahecho, le falta lo más precioso del ser femenino”.
Al oír este comentario pensé en los niños y niñas de una casa de protección de menores en la cual estuve bastantes años. Pocos niños de aquellos tenían una buena experiencia de padre o madre. A unos, sus madres se habían ido con otro hombre y los dejaron plantados con su padre, otros, sus padres eran hombres que se pasaban la vida en la taberna y cuando llegaban a su casa los niños tenían que esconderse del padre para no recibir malos tratos o cosas peores. Algunos no podían ir a su casa porque estaban bajo tribunal tutelar de menores.

Estamos en el tiempo de adviento, tiempo de preparación para la Navidad, tiempo que la Iglesia nos ofrece para una reflexión más profunda de nuestras acciones y actitudes, para que podamos acercarnos a la Navidad con la serenidad y la paz que el Señor nos da. Adviento nos ofrece la posibilidad de intentar las cosas de otro modo, de modificar aquellos modos de hacer que no nos llevan a acercarnos a Dios, sino todo lo contrario.
En las lecturas de la misa vamos leyendo textos de los profetas, especialmente del profeta Isaías, y llevo unos días dando vueltas a unas palabras suyas que hallamos en el capítulo 2 y que ahora me han llamado especialmente la atención:
“…Con sus espadas forjarán arados
y con sus lanzas podaderas.
No levantará la espada una nación contra otra
ni se adiestrarán más para la guerra”.
Sabemos que los salmos son oraciones inspiradas por Dios y transcritas por los israelitas, que como todo ser humano, tiene momentos buenos y otros de tribulación. El salmo 12 esta compuesto en un momento de gran dificultad del autor:
¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome?
¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro?
¿Hasta cuándo he de estar preocupado,
con el corazón apenado todo el día?
¿Hasta cuándo va a triunfar mi enemigo?
Atiende y respóndeme, Señor Dios mío,
da luz a mis ojos,
para que no me duerma en la muerte;
para que no diga mi enemigo: “Le he podido”.
Ni se alegre mi adversario de mi fracaso.
Porque yo confío en tu misericordia:
alegra mi corazón con tu auxilio,
y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.
Con la insistencia, por cuatro veces consecutivas, de su grito: “¿Hasta cuándo Señor, seguirás olvidándome?”, se supone la fuerte angustia de este pobre que se siente abandonado en su desgracia. Es un interrogatorio directo y categórico hacia Dios que no responde a su súplica. Parece que Dios se ha hecho insensible a su dolor.
Este es el grito de la humanidad sufriente en tantas partes del mundo donde miles de seres esperan contra toda esperanza, y un alivio a su situación de indigencia y opresión sin que hallen respuesta. ¿Dónde está el Dios que dijo a Moisés que el clamor de los israelitas esclavos en Egipto había llegado hasta Él?
El viernes asistimos en Barcelona a la presentación del libro del P. Luis Carlos Bernal, dominico, "VIVIR CON SENTIDO. Guía para los perplejos" (Edibesa, 2008, Colección Vida y Misión). Aún no lo hemos leído, sólo ojeado, pero conociendo al autor, un liturgista, profesor de fenomenología de la religión y antropología filosófica en Uruguay durante años, con una fe profunda que transmite en los diálogos, una fe que sabe esperar y que busca respuestas sabiendo que algunas no las encontraremos aquí.
Nos dijo que podemos estar de acuerdo o no con el libro y que según el camino de la búsqueda puede generar más preguntas que respuestas. El libro quiere presentar horizontes nuevos, la vida ha de ser un lugar para preguntar. No se resuelven interrogantes, siempre hay preguntas para responder. Insiste que comete desatinos el que vive; sólo el que no remueve, el muerto, no hace nada fuera de sentido.
Vivir con sentido, porque el sentido se halla en los sin sentidos. Buscar el sentido comporta el dolerse de no hallarlo: ¿qué pasa? y ¿por qué me pasa lo que me pasa?
Es inevitable pensar en uno mismo, en cómo uno actúa en los actos cotidianos de la vida y en analizar el por qué de las cosas cuando encontramos en la Palabra de Dios un texto como el siguiente:
"Después, levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo.Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre, y dijo: "Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir"". Lucas 21, 1-4
Cuando hacemos algo concreto hemos de saber por qué estamos haciéndolo. El simple hecho de pensar en que “ya hemos cumplido” quita todo el valor que pueda tener. El acto de querer ayudar al otro pasa por dos puntos: en primer lugar por subsanar y favorecer a los demás, pero en segundo lugar por nosotros mismos, es decir, la acción que realizamos ha de estar marcada por el amor, hemos de ser conscientes de que lo hacemos porque el otro nos duele. No hay amor sin dolor, es cierto, porque el que ama siente con el otro, se alegra con el otro, se entristece con el otro…
Las catequesis de los miércoles del Papa Benedicto XVI, son siempre profundas, sencillas y aplicables a nuestra vida. En este año Paulino va desgranando las enseñanzas de San Pablo, ese gran Santo. Siguen unas cuantas ideas de una de esas catequesis.
“...Queremos que el mundo cambie profundamente, que comience la civilización del amor, que llegue un mundo de justicia y de paz, sin violencia, sin hambre. Queremos todo eso. Pero ¿cómo podría suceder esto sin la presencia de Cristo?. Sin la presencia de Cristo nunca llegará un mundo realmente justo y renovado. Y, aunque sea de otra manera, totalmente y en profundidad, podemos y debemos decir también nosotros, con gran urgencia y en las circunstancias de nuestro mundo: ¡Ven Señor!. Ven donde hay injusticia y violencia. Ven donde domina la droga. Ven también entre los ricos que te han olvidado, que viven sólo para sí mismos. Ven donde eres desconocido. Ven a tu modo y renueva el mundo de hoy. Ven también a nuestro corazón para que nosotros mismos podamos ser luz de Dios, presencia tuya. En este sentido oramos con san Pablo. ¡Ven, Señor Jesús!, y oramos para que Cristo esté realmente presente hoy en nuestro mundo y lo renueve...".
Texto: Hna. María Josefa Cases.
Lucas nos trae una sentencia muy dura contra aquellos que inducen al mal a los otros. “Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar” (Lc. 17, 1).
Esta frase me ha impactado y me he puesto a preguntar: ¿Qué quiere decirme con esta advertencia tan severa Jesús? Escandalizar, es decir, inducir al mal a un pequeño, es algo que a simple vista parece muy grave y que por ello no vamos a ser piedra de tropiezo para los demás; pero si me pongo a pensar detalladamente, en muchas ocasiones puedo ser motivo de escándalo. Siempre hay quien ve mis actuaciones, mis reacciones en momentos en que las cosas no me salen como esperaba. La vida nos trae más de un contratiempo.
Año tras año nos encontramos el día 21 de noviembre con la celebración de la presentación de María al templo. Para nosotras Dominicas de la Presentación, María es modelo de entrega y don.
Nunca María tuvo un gesto de procurar para ella misma. En los evangelios en el momento de la anunciación, no la vemos preocupada por el que dirán. Sólo exclama: “¿Cómo será esto si no conozco varón”. Hubiera podido decir al ángel que le notificara a José lo que iba a suceder en ella, pero no. Acepta e inmediatamente se pone en camino porque su prima Isabel, seguro, que requiere de su cercanía.
Camino hacia Belén, no encuentran posada pero ni una queja. Nace su Hijo Jesús, los pastores acuden a adorarlo, ella guarda estas cosas en su corazón.
Es nuestra vida entera la que ha de hablar, sin necesidad de tapar ni ocultar nada, de aquello que vivimos habitualmente, de aquello que queremos y amamos con la fuerza más grande que podamos imaginar. Son muchos los gestos o palabras que consciente o inconscientemente realizamos a lo largo del día, y es en la vida cotidiana donde nos dejamos conocer y donde nos conocen. Cada uno es diferente y por eso, no todos necesitamos las mismas cosas; ni siquiera buscamos de la misma manera lo mismo.
Ciertamente, una persona es de una forma u otra, pero no hemos de encerrarnos con una idea única, y no debemos “encasillarnos” ni a nosotros mismos ni a los demás en un único esquema. A veces, corremos este riesgo y caemos en juzgar rápidamente a los otros. En muchas ocasiones deberíamos de tener una mirada más cariñosa, delicada. Una mirada comprensiva hacia el otro y no juzgar a la ligera nos ayudaría en más de una ocasión. Creo que una de las cosas más sencillas es caer en comparar y poner etiquetas simplemente porque la otra persona tiene otra manera o busca otras cosas diferentes a las tuyas. Pienso que, precisamente, el hecho de que cada uno tenga una manera de ser es más una riqueza que no una penuria o carencia.
En estos días casi finales del año litúrgico se nos proponen como lecturas de la celebración eucarística unos textos que cuando era joven me llamaban mucho la atención, pero no llegaba a comprenderlos ni a ver qué podían significar en mi vida.
Concretamente el texto de San Lucas en el capítulo 17 nos habla de unas gentes que no sabían darse cuenta de aquello que se avecinaba y por eso actuaban en los días que precedieron al diluvio, al castigo de Sodoma, como si nada pasase: comían, bebían, se casaban, compraban, vendían, sembraban, construían,... hasta el día en que entró Noé en el arca no se dieron cuenta, hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos.

Con motivo del Fórum de Pastoral con Jóvenes -www.forumpj.org-, que recientemente ha tenido lugar en Madrid, se lanzó una pregunta a los jóvenes: ¿Qué pinta Dios en tu vida? En la revista “Vida Nueva” aparecían algunas de esas respuestas bajo el título “50 jóvenes y Dios”. Es bien interesante y enriquecedor, descubrir lo que pinta Dios en la vida de esos jóvenes, pero éstos son sólo una muestra de tantos como participaron en el fórum, de distintas edades y que desde distintos lugares de la geografía española, dan su respuesta, desde aquello que les mueve y da sentido a sus vidas, desde Dios.
Esta oración del Beato Charles de Foucauld: “Padre, me pongo en tus manos…” es extraordinaria, sin duda, para permanecer en silencio y fijar la mirada en el Señor, de donde brota siempre confianza y paz interior. Hace tiempo que la descubrí y desde entonces me acompaña, me gusta orarla porque habla directamente al corazón, es invitación a la confianza plena, aquella que se recibe cuando la vida misma se deja entretejer en las manos de Dios.
Hace pocos días, gratamente la encontré de nuevo, en una vigilia de oración con jóvenes. Durante la adoración del Santísimo se oró esta oración, se me fue la mirada hacia los jóvenes presentes, ¡qué gozo y fuerza interior! eran tantas miradas clavadas ante la Hostia Santa, ¡cuántas historias en las manos de Dios!
Los evangelios sinópticos presentan muchas parábolas de Jesús, que siempre encierran para mí algo de sorpresa. Por más veces que las haya rezado siempre me quedan aspectos de los cuales no había tomado conciencia antes, y que luego me parecen tan evidentes.
En concreto San Mateo cita, como otros evangelistas, la invitación de Jesús a tener “fe como un grano de mostaza”, en un momento Jesús dice que esta fe se convertirá en árbol frondoso y en otro texto Jesús nos dice que si tuviéramos fe como un granito de mostaza…, la montaña se plantaría en el mar. Y esta comparación de la montaña plantada en el mar me lleva a pensar ¡cuantas montañas se me presentan en la vida y que me gustaría ver plantadas en el mar!
A raíz de la celebración del día de los difuntos (2 de noviembre) leí que en la vida existen dos días especialmente importantes para cada persona: el día de su nacimiento y el de su muerte. Los demás son tan solo acontecimientos, como puntos de una línea finita que como todo lo humano tiene su principio y su fin.
Fui pensando en aquello que va dando categoría a esta línea de la vida de cada uno. Sin duda hay acontecimientos de más valor que otros, unos los recordamos siempre, otros se nos olvidan casi para siempre.
Los tres sinópticos nos narran la elección de los apóstoles. Cada evangelista tiene su peculiaridad pero hoy me he detenido en la de Marcos y Lucas. Antes de una decisión tan importante como la de elegir los que iban a continuar su misión, lo primero que hace Jesús es pasar lo noche en oración (Lc. 6, 12).
Marcos al relatar la elección de los doce tiene una anotación que me parece trascendental para todo evangelizador: “Jesús los llamó para estar con Él” (Mc. 3,14). Es imposible querer evangelizar sin este estar con Él. Es en este estar con Él el que nos empujará a desear ardientemente que aquellos que no lo conocen lleguen a descubrir que en Jesús está la fuente de la felicidad.
Nuestra casa se llena cada día de niños muy pequeños que apenas se inician en el hablar, llegan a veces medio dormidos, pero todos entienden claramente el lenguaje cariñoso que los mayores les dirigimos: padres, educadores, o cualquier persona que ande cerca de ellos, todos hacemos algún gesto que les haga sonreír. Y es que en general, para los adultos es fácil arrancar una sonrisa o una débil carcajada a un niño pequeño, a un bebé.
Cuando crecemos las cosas no son tan fáciles, la sonrisa no es tan fácil de conseguir porque siempre nos invade algún aspecto de la vida que nos “hiela” la expresión. Nos parece que todo aquello que Dios nos propone para cada día no es precisamente lo más fácil o lo más indicado para ser vivido con alegría, por eso a los mayores nos cuesta sonreír, nos cuesta poner a mal tiempo buena cara.
El domingo 26 de octubre se clausuró en Roma el Sínodo sobre la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia. Los participantes al mismo confiesan que ha sido un Sínodo de mucha unidad de pensamiento. Es un hecho muy alentador la Palabra hace la unidad porque Dios es unidad.
El prólogo del Evangelio según San Juan (1,1-18) es una mina que encierra una riqueza inagotable. En él se recalca que el Verbo, palabra del Padre, vino a este mundo para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia.
La vida de cada uno se va tejiendo con momentos y etapas de colores y significados diversos. Cada día es como continuación del ayer, pero tiene algo nuevo, tiene la novedad que Dios nos regala. Y esta novedad comporta a veces toda una expresión de esperanza, de ilusión, o de sufrimiento y desencanto según como nos van las cosas, según lo que se nos presenta, según aquello que nos llega.
Sin embargo, desde la perspectiva de la fe, sabemos que nada queda lejos del querer de Dios, Él en su amor cuida de nosotros y como nos recuerda el evangelio, ni un solo pelo de nuestra cabeza es desconocido para nuestro Dios y Señor, ni un solo pelo caerá sin que Él lo sepa.

No sé si es ahora o antes que la gente sufre más en el mundo tanto a nivel personal como a nivel colectivo. El sufrimiento es algo inherente a la persona humana desde los inicios del mundo y muy difícil de medir. Y este es el problema, asumir que la vida no es siempre de color de rosa, que no todo saldrá como nosotros queramos, cuesta mucho y cada vez más. Nuestra sociedad rechaza el dolor, normal; pero también lo esconde y esto es un grave error. Los niños y los jóvenes del viejo continente lo quieren tener todo ipso facto, los mayores también suben a este carro y claro está, todo son frustraciones y problemas, que acontecen sufrimientos que duelen de ver.
Reconocer que me he equivocado es el gran paso que abre un poquito la puerta del corazón de una persona. Ser consciente de que no siempre hacemos las cosas bien ayuda a tener una actitud humilde y sencilla, por tanto, esto nos lleva a ser personas auténticas y dignas de la confianza de los otros.
Estar abiertos a la otra persona significa olvidarse por un momento de uno mismo, de sus ideas, de los propios planes… para dejar entrar un aire nuevo capaz de renovar si fuere necesario. Nuestra actitud es muy importante a tenerla en cuenta porque habla de lo que somos, y es claro que puede llegar a hacer mucho bien, pero también mucho daño.
“Encontré al amor de mi alma. Lo abracé, y ya no lo soltaré” Cant.3,4.
Encontrar al Señor que llena de amor el alma es abrazarlo y no querer soltarse. Es querer dejarse conducir por Él, es el deseo insaciable de buscarle, encontrarle, amarle, ponerse en sus manos y ser capaz de caminar fiándose del amor que te va cambiando la vida, llena tu existencia y no hay palabras para expresarlo, es locura curativa del Dios que entró en mi vida para quedarse.
Vale la pena hacer una mirada retrospectiva de la propia existencia, del camino andado hasta hoy, si ésta la hacemos siendo capaces de ver el paso de Dios en nosotros. Mirar al futuro requiere una reconciliación con el pasado, optando por un presente que puede ser y debe ser transformado. Es más fácil, como se dice popularmente “sacar los trapos al sol”, rápidamente focalizamos lo menos bueno de nosotros, aquello que sucedió y que no soy capaz de arrancar de cuajo, que sigue paralizando, son las heridas no curadas que hay que cicatrizar.
Visualizo con más rapidez aquello en lo que metí la pata, no acerté a hacer mejor en su momento pero sé que lo vivido antes tiene que valer para mejorar hoy, para crecer y vivir el mañana desde un camino vivido con más profundidad a la luz de Dios ¿por qué cuesta ofrecerle el barro de lo que soy? El Amor cicatriza con ternura.

Una mujer del pueblo llena de entusiasmo por las palabras que salían de la boca de Jesús, echó un piropo a su madre “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc. 11,27-28). Es como decir: ¡Viva tu madre! Pero resulta que el viva tu madre, se convierte para Jesús en un viva ciertamente a su madre pero también a todos aquellos que saben escuchar y vivir lo que esta Palabra ha suscitado en su corazón.
La lectura pausada de la Sagrada Escritura, nos tiene que llevar a un compromiso, como al que llevó a María, la Madre de Jesús, la oyente por excelencia de la Palabra. Ella escuchó lo que Dios quería de ella y lo cumplió: “Hágase en mi según tu palabra”.
Juventud, divino tesoro, decía mi abuela y la verdad que con nuestras residentes universitarias se confirma.
¿Veis que foto tan chula?, son jóvenes, alegres, cercanas, que se han conocido hace muy poco y ya hacen piña, forman un buen grupo, vaya que se lo pasan bien… pues sí, éstas son nuestras jóvenes, las que Dios nos ha elegido para este curso, como decimos en la comunidad.
Son 10 chicas, de entre 18 y 25 años que van a vivir este curso universitario en nuestra residencia Reina de la Pau (www.reinadelapau.com). ¡Confiamos en superarlo mutuamente!
Sus vidas han cambiado después del verano, verse en otra ciudad, muchas de ellas, lejos de sus familias, de sus amigos, han salido de sus ambientes, prácticamente todo les es nuevo y tienen que ir aterrizando en esta nueva etapa de sus vidas que marcará su futuro: están aquí para estudiar.
Hace ya días que pienso en unas palabras que he oído en varias ocasiones. “Sé feliz”…; es algo que se desea por encima de todo, es más, se busca con ahínco y empeño porque es el fin último de cualquier ser humano. Ser feliz implica esfuerzo y tenacidad, pide de cada uno de nosotros fidelidad para encontrar la constancia y descubrir la ilusión nueva cada día.
No solemos pensar con demasiada frecuencia en todo lo que envuelve nuestra vida, es más, en numerosas ocasiones dejamos que “el destino” nos lleve a cualquier lugar y no somos capaces de preguntarnos el por qué y el cómo de las cosas. A veces es bueno darnos una oportunidad a nosotros mismos, pensar que merecemos ser felices por el simple hecho de existir, porque sin duda, Dios mismo nos ha regalado la vida para que la vivamos felices, ya que sólo así podremos dar el ciento por uno. No debemos esperar a que otro haga las cosas por uno o a que alguien nos muestre su propio camino, porque somos únicos y cada uno tiene un paso distinto.

Mañana, 14 de Octubre, las Dominicas de la Presentación celebramos la fiesta de nuestra fundadora, Beata Marie Poussepin (Beatificación el 20 de Noviembre de 1994), mujer que nos ofrece un rostro de Dios. Su vida fue toda entera consagrada al ejercicio de la caridad. Ella ha sido un reflejo auténtico del amor infinito de Dios por los hombres.
Un poco de historia: “Marie Poussepin, nace el 14 de octubre de 1653 en Dourdan, población próspera, cercana a Paris, perteneciente a la diócesis de Chartres. Los padres de Marie, Claude Poussepin y Julienne Fourrier, forman un hogar con sólidas convicciones cristianas que transmiten a sus hijos. Marie es la mayor de siete hermanos, todos murieron muy jóvenes, exceptuando el más pequeño, Claude.
En 1696 Marie Poussepin “inspirada por la Providencia”, deja Dourdan, población próspera donde había nacido, para ir a habitar en la humilde aldea de Sainville, en el corazón de la Beauce, entonces devastada periódicamente por la guerra, el hambre y las epidemias, y donde la ignorancia era grande, por no decir más.
Allá se propone establecer con algunas jóvenes pobres del lugar, una “Comunidad de la Tercera Orden de Santo Domingo para utilidad de la parroquia, para instruir a la juventud y servir a los pobres enfermos”. La razón de ser de su Comunidad es el servicio de la caridad. (Más información en www.dominicaspresentacion.com)
Este título del blog “Un rostro de Dios” es especial para mí, me trae muy buenos recuerdos. Hace ya algunos años, cuando en mis planes era inimaginable mi vida como religiosa, cayó entre mis manos un pequeño libro, que hacía una síntesis de quién era Marie Poussepin. Ese libro, llamado “Un rostro de Dios”, en cuya portada aparecía este título con una imagen del rostro de Marie Poussepin, fue una luz en el camino que Dios estaba preparando ante mis ojos ciegos. Leí y releí muchas veces ese libro pero ahora al hacer presente aquél recuerdo sonrío, porque sé que algo ardió en mi corazón y el tiempo trajo consigo la luz ante el proyecto de Dios que acogí en mi vida como respuesta a su llamada a la vida consagrada, como hija, precisamente de la mujer que con su vida se palpa el rostro de Dios.
Hace unos días asistí a un concierto. Era un pequeño grupo, un quinteto de instrumentos de viento, básicamente flautas, especializado en piezas de la época renacentista.Disfruté escuchando cada una de las piezas, oyendo sonar aquellos instrumentos que cobraban vida y fuerza en las manos de los músicos, mientras iba escuchando me venían muchos pensamientos a la cabeza: cómo fueron escuchadas aquellas piezas en su época, quienes eran sus autores, cómo era la sociedad del momento, pero un pensamiento fue cobrando fuerza especial y no dejo de pensar en ello.

Este domingo 5 de octubre se ha iniciado en Roma el Sínodo de obispos que trata sobre la Palabra de Dios. Tema primordial para todo cristiano que quiera crecer en el conocimiento de Jesús. San Jerónimo, dice que desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo.
Saborear, gustar, meditar, rumiar, contemplar la Palabra es una tarea y un placer. Todo creyente que se tilda de serlo no debe pasar un día sin tener un tiempo de lectura pausada y meditativa de la Palabra. En ella encontramos fuerza, luz, consuelo en nuestro quehacer cotidiano. Por más que la leamos siempre nos dice algo nuevo, siempre descubrimos unos aspectos en los que hasta aquel momento no nos habíamos percatado porque como dice el autor de la Carta a los Hebreos: “Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón”(Hb 4, 12.
Dice un autor: “La justicia nunca acaba de ser justa”. Con frecuencia en el lenguaje corriente decimos esto es justo, esto es una injusticia. Todo ser humano, en general, tiene un sentido de lo justo o lo injusto. Pero para saber si una acción es justa o injusta tendríamos que penetrar en el corazón de aquél que la ha realizado, y esto no nos es posible. Sólo Dios puede conocer el fondo de la persona, por tanto la justicia humana es siempre imperfecta.
Hay santos que se distinguen por su gran elocuencia, por sus escritos, por obrar milagros en vida; otros se distinguen por su humildad. Son de aquellos que se piensa que no se podrá decir nada de relevante a su muerte. Entre éstos últimos se encuentra Juan Macías. Un huérfano español que se gana la vida haciendo de pastor y poder mantenerse él y su hermana. Con su paupérrimo sueldo aún da limosna a los que son más pobres que él.
Más tarde emigra hacia el Nuevo Mundo. Es un emigrante como los que hoy llegan a nuestras tierras. Sobre las naves que atraviesan el océano hay gente muy diversa: Soldados que van a conquistar tierras en busca de gloria, otros tienen sed de oro, misioneros que van a evangelizar, comerciantes y aventuremos con ansias de hacer fortuna, pobres de solemnidad con esperanza de encontrar mejor suerte que la que han dejado.

¡Hay tantas cosas por las que dar gracias a Dios! ¡Hemos recibido tanto! Cada día doy gracias por lo que he recibido en mi persona y por todo lo que recibo diariamente de parte de los otros. A veces no somos capaces de darnos cuenta de toda la belleza que contiene nuestra vida y del regalo que podemos ser para los demás. Es curioso, pero nos fijamos más rápidamente en los aspectos negativos que no en lo bueno que somos capaces de llegar a ofrecer.
¿Te apetece ser religiosa? je, je!!! Esta pregunta se podría catalogar como “fuera de lugar” o bien “qué ocurrencia”; incluso, si se miran las estadísticas vocacionales, encontraríamos la respuesta a la inoportuna cuestión.
En el lenguaje actual y en la realidad de nuestras vidas, nos apetecen muchas cosas, hago tal cosa si me apetece o si no pues no lo hago. Es la corriente de dejarse llevar por el apetecer y con ello, nos quedamos tantas veces atrapados en lo inmediato, sin una mirada más allá y ya ni cabida podrá tener una opción que signifique compromiso, que pueda perdurar. El tiempo es el del ahora y la inmediatez de lo que quiero vivir, que no me vengan con algo más y si trasciende mi vida quizás ya me la está complicando…

Ayer en la oración de la mañana se proponía como canto de meditación un conocido poema de Machado, que seguramente muchas veces hemos recitado de memoria: “Anoche cuando dormía soñé, bendita ilusión…”. Entre todo este texto, unos versos me llamaron especialmente la atención: “Las doradas abejas iban fabricando en él con las amarguras viejas blanca cera y dulce miel”.
La vida nos va dando, sumando los años, aspectos que nos hubieran gustado distintos, que hemos deseado diferentes de lo que fueron, pero que han marcado nuestro vivir de hoy. ¿Son esas las amarguras viejas a las que se refiere el poeta?. Puede ser que si, y creo que esas benditas amarguras que nos ayudan, una vez pasado el momento de sufrimiento que generan, tener en nuestro corazón la disponibilidad para fabricar con ellas “blanca cera y dulce miel”.
¡Sé feliz! Estas palabras resuenan en mi interior, me las dijo un sacerdote al final de un buen rato en diálogo espiritual, donde te abres a la presencia de Cristo en el sacramento de la reconciliación y te da su luz, su gracia y empujón de amor.
En los momentos de debilidad, de duda, donde nos falta luz necesitamos fuerza para seguir hacia delante, fuerza para luchar y dejar atrás aquello que nos duele o nos tiene en la oscuridad, sea lo que sea, pero para ello, sólo se puede hacer desde una mirada de fe y esperanza, buscando más fuerza en el Señor.

Y sigo dando vueltas con el tema de las “maletas”, y es que algo tan simple es también un elemento característico en la vida de cada persona que se me ocurre repleto de los más diversos significados.
Pienso que desde nuestro nacimiento recibimos una maleta, claro que no en sentido físico, sino espiritual. Dios en su generosidad nos la entrega para que con ella se vaya tejiendo la vida entera de cada uno, y esta maleta contiene ya de antemano todas las posibilidades que iremos descubriendo a lo largo de la vida, “aquellas buenas obras que Dios preparó desde antiguo para que las realizásemos”. Esta maleta es cada vez más grande, más repleta, porque va conteniendo los distintos elementos que constituyen la vida, pero nunca la maleta se hace más pesada ni se desgasta, sino que con los años resulta cada vez más hermosa.
En esta noche de adoración, ante la exposición del Santísimo, cerca del altar de Dios, se da el encuentro: Tú Señor y Yo, no hay grandes palabras ante la Palabra que está ante mis ojos, hay miradas. Un silencio que penetra por los oídos para escuchar el interior donde habitas con más fuerza en esta hora, donde deseo “escuchar tu voz”. Todo viene a la mente y me dices: ahora calla, para,… deja hablar al corazón, en el latido estoy, vive el encuentro.
El cura de Ars decía algo así: “le miro, porque me mira”. Es cierto, cruce de miradas, mi vida despojada ante Él. ¿Qué más? Nada, cuando se tiene TODO. Es la hora de unir las miradas del amor que se encuentra, que susurra... “nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”. Vivir, acoger, gozar el amor del momento que fortalece.

Abrir los ojos al amanecer puede ser la rutina que nos conduce a un día más, vamos viviendo, ayer ya pasó, el hoy me lo da la luz del nuevo día que tengo ante mí y está aún por descubrir y el mañana ya se verá si llegará. Me pregunto a mí misma, ¿cómo vivo y quiero vivir esta “rutina” de saber que vivo? Y descubro, que no quiero hacerlo de cualquier manera, como el que se deja llevar por la corriente, hacia algún lugar desembocaremos, seguro, pero sé que soy partícipe de ese rumbo.
Encuentro estas palabras del Papa y aterrizan en el hoy de mi vida con intensidad, brota alegría, esperanza del amanecer con otra mirada en el corazón: “Estar verdaderamente vivos es ser transformados desde el interior, estar abiertos a la fuerza del amor de Dios” (Benedicto XVI).La vida es una llamada continua a ¡Estar abiertos! Pero ¿abiertos a qué? De entrada, puedo darme cuenta de a lo que estoy cerrada. Quiero estar abierta a la fuerza que da el amor de Dios, que te hace vivir de otra manera, para ello, hay que querer, desear dejarse transformar interiormente y eso no es fácil.
Recuerdo cuando era pequeña, con los amigos de mi clase siempre jugábamos a soñar aquello que nos gustaría ser de mayores y lo que nos gustaría tener. Con este vago recuerdo había algo que no pasaba desapercibido, y era la gran lista que llegaba a salir sobre lo referente a nuestras vidas. Hoy, con una mirada más reflexiva y paciente me pregunto dónde quedaron todos aquellos sueños, si se hicieron realidad en algunas de aquellas personas y si realmente se encontró la felicidad que se añoraba.

En el barrio en el que vivo cuando salgo a la calle siempre tropiezo con gente, turistas en su mayoría, que van arrastrando sus maletas de un lugar para otro. Casi todos caminan contentos con su equipaje a cuestas, aunque es fácil darse cuenta de cómo cuesta arrastrarlas, vienen a pasar unos días en la ciudad y posiblemente han planeado desde hace tiempo sus vacaciones.
Las maletas siempre me llevan a pensar muchas cosas, hay muchas clases de maletas, distintas, no solo por su calidad, su tamaño y su colorido, sino por su contenido y significado.
El lunes celebrabamos la natividad de la Santísima Virgen María. Me imagino el hogar de María: pobre, sencillo pero rico en amor del que están faltas tantas familias. Me pregunto, ¿cómo puede un niño desarrollarse integralmente cuando en su hogar falta la armonía, la comprensión y el respeto mutuo?
Me viene en mente un canto a María muy popular en América Latina:
“Madre de los pobres hay mucha miseria porque falta siempre el pan en muchas casas, el pan de la verdad falta en muchas mentes, el pan del amor falta en muchos hombres. Conoces la pobreza porque la viviste, alivia la miseria de los cuerpos que sufren, arranca el egoísmo que nos empobrece”.
Encontré estas palabras que hablan de la amistad y me alegraron especialmente porque creo en los lazos fraternos que se dan desde Cristo:
"Por el puente de la amistad pasa Cristo. Hay que tratar de tener amigos verdaderos y saber ser amigos” “…Aprender a cultivar la amistad es una verdadera escuela de comunión” (Cardenal Van Thuan)
Veo cómo van pasando los años y tengo la suerte aún de encontrarme con mis amistades de juventud cuando vuelvo a mi pueblo, esos lazos que un día se crearon y que aunque la vida nos separó físicamente, en el corazón siempre se guarda lo bueno que te va dando la vida y ahí vamos entretejiendo relaciones que perduran en el tiempo, sin duda, la amistad se cultiva y quien siembra amor recoge sus frutos.
A menudo somos muy celosos de nuestras cosas, de nuestros secretos y de nuestra amistad, nos cuesta trabajo dejar entrar a alguien en nuestra vida, al menos, de entrada vamos con mucha cautela porque necesitamos tiempo para conocer quién es y qué espera de nosotros. Vamos dando pasos lentamente, poco a poco, hasta que sin darnos cuenta… tenemos el corazón abierto para amar.
Pero ciertamente, tenemos momentos en los que nos cerramos y no dejamos entrar a nada ni a nadie, tal vez por miedo, temor a que nos puedan hacer mal y por ello, creamos una barrera difícilmente franqueable. Pienso que lo peor no es simplemente que pongamos obstáculos para poder llegar a nosotros mismos, porque todos lo hacemos en algún momento de nuestra vida, pero a la vez sabemos derrumbarla para que la luz entre y nos colme de la alegría que necesitamos.
El cardenal Pironio decía:
“En los tiempos difíciles abunda el miedo, la tristeza, el desaliento. Entonces se multiplica la violencia. La violencia es signo del oscurecimiento de la verdad, del olvido de la justicia, de la pérdida del amor. Los periodos en que se multiplica la violencia son los más miserables y estériles. Revelan claramente que falta la fuerza del espíritu; por eso se la intenta sustituir con la imposición absurda de la fuerza”.
¡Cuánta razón tenía este santo varón!
A lo largo del año hay distintos momentos en los que gustaría parar el tiempo, tomar un respiro, reponer fuerzas… y ahora me encuentro gustando de ese deseo que se hizo realidad. En la montaña, acogiendo el ruido de la naturaleza que habla, envuelta en el silencio exterior deseado, es invitación y oportunidad para entrar en el silencio interior de mi ser, donde quiero encontrarme conmigo misma un poco más, para dejarme habitar más cerca del Señor.
El dominico que nos acompañó durante los ejercicios espirituales pronunció esta frase en una de sus intervenciones: “Dios nos ha llamado en nuestra vida religiosa a ser más, porque nos llama a estar más cerca de Él”. Veo con distancia en el tiempo aquél SÍ primero, único, de locura que le dije al Señor porque quería estar con Él y hace que hoy le diga al Señor ¡Estoy aquí, a tu lado!
En este evangelio de San Mateo (Mt 14, 22-36) Jesús camina sobre las aguas y Pedro con Él, pero Pedro primero quiere caminar desde su óptica, desde sus fuerzas, sus seguridades pero ésta no es la de Jesús. Primero se nos narra cómo los discípulos se asustan y gritan de miedo pero Jesús les dice: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! Después Pedro, le pide al Señor una prueba “…si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”, a lo que Jesús le dice “Ven”; entonces Pedro va pero acercándose a Jesús, le entra el miedo, flaquea y grita “Señor, sálvame”. Jesús le da la mano, lo agarra y le dice: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?".
En este pasaje bíblico encuentro la luz que el Señor da siempre a pesar de nuestra falta de confianza en Él, de nuestras debilidades, de tener miedo, incluso si caemos al agua porque ponemos la confianza sólo en nosotros mismos, no nos abandona.
También me dice a mí ¡Qué poca fe!, si yo te invité a subir a la barca que es conducida por mí ¿cómo crees que naufragarás? Sí, a pesar de todo, si vives un momento de mala mar, soy Yo quien apaciguará el mar si no te alejas de mí y si el mar es sereno aprovecha para ir mas allá en tu vida amando, adéntrate y ves acumulando millas serenas para tiempos de tormentas pero hazlo escuchando en tu interior el “Ven, agarra mi mano porque yo te llevo”.

Hemos tenido en estos días la suerte, mejor dicho la gracia que muchos no tienen, de hacer ejercicios espirituales. Es un tiempo de reflexión y oración para saber cómo anda una ante los compromisos que adquirió el día de su profesión y también de orar por tantas necesidades de la Iglesia y del mundo.
Así que como he podido pasar largos ratos ante el sagrario, de conversación con el Maestro, le he presentado a todos los lectores de nuestro blog. Aquellos de los que sabemos algo y también de todos aquellos que desconocemos por completo. No importa. Lo cierto es que todos estabais allí a los pies de Jesús con vuestras alegrías, esperanzas, ilusiones y también con vuestros sufrimientos, angustias y dolores.

Apartarnos de lo que nos rodea por un instante, de todo el ruido que en ocasiones va apoderándose de todo nuestro ser, de tantos compromisos, trabajos… ¡tantas cosas!...; para poder entrar en uno mismo, en nuestra vida, nuestro interior e intimidad. Darnos una oportunidad para poder crecer, es decir, entrar en nosotras es penetrar en lo profundo de nuestro ser, es llegar al lugar donde sólo uno mismo puedo llegar. Ahí, ese lugar es MI SILENCIO, en definitiva, el grano de mi esencia.
Mi silencio es de donde parte lo que yo soy, lo que vivo y lo que deseo dar a los otros. Ese espacio es el tesoro preciado que tantas veces buscamos, es el diamante que en tantas ocasiones queremos… ¿por qué? por su inmenso valor, por lo que ello significa.
En mi silencio me encuentro conmigo misma, con todo lo que me preocupa y me hace sufrir, además de todas las alegrías y momentos de amistad y fraternidad que puedan existir. Es aquí donde valoro y donde me encuentro con Dios, donde comienza mi relación personal e íntima con el Dios de mi vida; es un espacio que sólo Él y yo conocemos, y es el lugar que Él mismo ha creado para el encuentro personal.
¿Cómo te llamaré?¿Te llamaré Verbo encarnado, tú que te hiciste carne en el seno de María y naciste en Belén?
¿Te llamaré Jesús de Nazaret, tú que caminaste por las tierras de Palestina, que pasaste entre los tuyos haciendo el bien?
¿Te llamaré Redentor, tú que aceptaste el suplicio de la cruz muriendo como un malhechor entre dos ladrones?
¿Te llamaré Señor, tú que eres el Hijo del Padre, a ti a quien han constituido Señor de cielos y tierra?
¿Te llamaré Maestro, tú que diste ejemplo de cómo hay que vivir y morir? Sí, te llamaré Maestro porque tú quieres que siga tu estilo de vida, sin odiar, sin rencores, sin otra ambición fuera de la gloria del Padre.
“Diez “aes” para recordar en la vida”. Éste es el título de un capítulo del libro “El gozo de la esperanza. Último retiro espiritual dado por el Cardenal Van Thuan”.
Habla de “Diez “aes” para recordar en la vida”, y lo hace hablando del fuego interior y exterior en el que recoge estas palabras: Adorar, Amar, Atender, Abandonarse, Aceptar (fuego interior) para Actuar, Animar, Apasionarse, Aventurarse, Alegrarse (fuego exterior).
Cuando es la fiesta de un santo, el libro del Oficio de Lecturas nos presenta a grandes rasgos alguna característica de su biografía, y casi siempre algún rasgo de su vida me llama la atención, como si fuera nuevo, aunque sea conocido y sabido de sobras. Esto me ocurrió un día al releer la biografía de San Ignacio de Loyola.
Hoy es fácil saber que cuando estaba convaleciente de una herida, le dieron para leer libros de santos y una vida de Cristo, en lugar de sus lecturas habituales: los libros de caballerías novelas de moda o best seller de hoy. No debió resultar fácil cambiarle sus costumbres a este hombre de guerra y cortesano, que tenia un carácter vivo. Pero aquí también Dios se sirve de lo impensable para llevarle a la conversión, al cambio de vida que no fue radical, sino que pasó por altibajos antes de dar el definitivo paso.

La grandeza de María estriba en su sí. Nada se lee en el Evangelio de su infancia, solamente los evangelios apócrifos con el deseo de saber más sobre esta extraordinaria criatura nos narran episodios de los primeros años de la que fue la hija de Joaquín y Ana. Son páginas que cuentan muchas cosas de esta gran criatura, pero por muy encantadoras que sean estas narraciones, la Iglesia las recoge sólo como tradición en minúscula.
Lo que realmente realza la Iglesia, en María, es su sí incondicional la aceptación a la voluntad de Dios sin poner ningún límite. Y nada puede asemejarnos más a ella que vivir lo mejor posible esta voluntad de Dios sobre cada uno de nosotros. Es un programa muy exigente pero también el que llena nuestro corazón de auténtica paz y la capacidad de transmitirla.
Todos hemos visto muchas películas del “Oeste” donde hombres y familias enteras viven, sufren y gozan por la búsqueda de un tesoro que saben posible pero incierto. Son los buscadores de oro. Sus aventuras y desventuras llenan tanto la gran pantalla como la TV y muchas veces su vida nos es narrada en un ámbito lleno de violencia y de abuso, aunque existan también honrados buscadores de tesoros.
Todos buscan un tesoro material, que desean para ellos solos, un tesoro que saben o intuyen limitado, pero que saben que hallarlo va a significar una vida más fácil para ellos mismos y para los suyos. Por este motivo no reparan en sacrificios y renuncias hasta lograr la meta del bien deseado.
Desde tiempos remotos, años 6.000 y 5.000 aC., Mesopotamia, que significa tierra entre dos ríos, se distinguía por ser una zona de cultivos y ganadería. Ciertamente, ver transcurrir majestuosamente tanto el río Tigris como el Éufrates, que convierten el desierto en vergel, es una imagen que no puedo olvidar.
En esta región en la cual nunca había escaseado el agua, actualmente los cultivos sufren una brutal escasez. Hace poco, un agricultor exclamaba: “Es una vergüenza que nosotros, nuestros animales y nuestras plantas muramos de sed en un país con estos dos gigantescos ríos que forman el creciente fértil”. Sin electricidad no se puede bombear el agua, sin fuel no marchan los tractores y estos dos elementos son sumamente escasos en un país rico en petróleo y con una reserva de agua considerable.
En la vida hay acontecimientos que hacen dar un tumbo en la vida de una persona. En parte este fue en caso de Domingo de Guzmán. Su niñez, adolescencia y juventud transcurrieron en medio de libros, oración y silencio. Entre sus libros, la Biblia tenía para la primacía. Estudiaba asiduamente la Palabra de Dios pero no se detenía solamente en el estudio sino que ésta alimentaba su oración. Pasaba largas horas en su celda meditándola y muchas ocasiones pasaba toda la noche orando con ella.
Una vez ordenado sacerdote, el obispo de Osma, lo busca para que formase parte del cabildo catedralicio. Al cabo de poco tiempo los canónigos, que lo reconocen por sus virtudes, lo escogen como subprior. En la Edad media, los reyes y las grandes personalidades políticas, no dudaban de llamar a los obispos para asignarles misiones diplomáticas. Y este fue el caso del rey Alfonso IV de Castilla. Pide a Diego, obispo de Osma para que vaya como su embajador para solicitar al rey de Dinamarca el matrimonio de su hija con su hijo Fernando. El obispo lleva con su séquito al subprior de los canónigos. Seguramente había descubierto en él a un hombre sabio y prudente requisitos indispensables para un quehacer diplomático.
Nuestra vida transcurre teniendo el tiempo como medida para cuanto nos ocurre. Muchas veces decimos: tenemos tiempo de… , nos falta tiempo para, tenemos… pero nos resulta difícil definir que es el tiempo.
Y es que el tiempo no tiene siempre el mismo valor: para los niños el tiempo es largo, y también lo es para los ancianos. A los jóvenes les falta siempre tiempo para ellos mismos y a los más mayores el tiempo no nos suele cundir para todo aquello que quisiéramos, para llegar a todos los que nos gustaría apoyar, escuchar, consolar.

“Gratis habéis recibido, dad gratis” (Mt 9, 36-10,8) La Palabra de Dios nos habla en este evangelio de la gratuidad, de hacer una mirada hacia lo que vamos recibiendo en el camino de seguimiento al Señor y ser agradecidos. Se nos invita a no romper la cadena del amor, a saber ofrecer lo que por gracia se nos da y es mucho.
Es mejor mirar la propia existencia en clave de sumar lo bueno e ir restando lo que no nos hace bien pero ello nos comporta el mirar más allá del propio yo, en querer poner ahínco en lo constructivo, en lo que ayuda a crecer e ir dejando los lastres que impiden avanzar en el amor. Mirar a mí alrededor, fijando la vista en lo más cercano, en el roce de cada día con las personas que quiero y que son con las que puedo ir haciendo camino en la fe, en el amor.
Salmo 14: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?” (v. 1). El inicio de este salmo es una pregunta que el salmista dirigía al sacerdote del templo. Al rezarlo, yo también me hago una pregunta: Señor, ¿quién soy yo para poder entrar en tu presencia, quién soy yo para que tú atiendas mis peticiones? Sólo el hombre de puro corazón puede presentarse ante Dios. Pero ningún ser humano lo es ante él. Todos somos pecadores y pecadores nos concibió nuestra madre (Salmo 50).
Tiempos de verano, tiempos de vacaciones de muchas cosas y para otras tiempos para vivirlos con otro ritmo que todos deseamos menos estresante, fuera de las líneas marcadas durante los días más habituales. Pero el verano no es un tiempo para “vacaciones espirituales”, casi diría que es precisamente un tiempo para profundizar un poco más en nuestra vida de fe, para dar nuevas alas a nuestra esperanza y aumentar nuestra caridad.
Me gusta repensar en las grandes figuras de la historia de la salvación, volver a verlas a cada tiempo con ojos nuevos, hoy pienso en Abraham, el hombre de la fe que deja tantas cosas para seguir a su Dios, que es capaz de fiarse de su Señor aún en la prueba más dura, en el momento en que cree que Dios le pide el sacrificio de su hijo Isaac.
Estos días se ultiman las plazas en algunas universidades privadas, las públicas ya se otorgaron. Después quedará septiembre. Son muchos los jóvenes que se desplazaran a la gran ciudad para estudiar, lo desean aunque al cabo de un tiempo, ya hablan de que en su ciudad o pueblo la calidad de vida es mayor y que eso no tiene precio. Muchos terminan la carrera y desean regresar, otros habrán descubierto los encantos de una ciudad cosmopolita, como por ejemplo, Barcelona, donde vivo.
Es interesante ver como jóvenes y aún padres y madres sufren por alcanzar la plaza deseada y después encontrar el sitio adecuado para vivir. Hasta hay quien está haciendo una tesis sobre alojamientos universitarios en Barcelona. Curioso, pero interesante. Nuestra nueva residencia forma parte de este estudio. Una demostración de que se puede acceder a todas las modernidades pero no perder el sentido profundo de la convivencia humana.
He leído que en un país de Europa se está trabajando para introducir una ley que obligaría a las televisiones públicas a dedicar el mismo tiempo en emitir malas noticias y buenas noticias.
Es una noticia original, y me ha llevado a pensar que también cada persona podríamos hacer el intento de dedicar por lo menos la mitad de nuestro tiempo a vivir plenamente todo cuanto de bueno nos sucede, porque para algunos es más fácil poner el acento en lo negativo antes que ver con buenos ojos cuanto sucede de positivo cada día.

La XXIII Jornada Mundial de la Juventud que acaba de acontecer en Sydney llevaba por título “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos”(Hch 1,8). Son muchos los jóvenes que han tenido la suerte de vivirlo bien cerca del Papa y otros lo hemos vivido en la distancia física.
Unos días antes de irse para Sydney, una joven, me compartía su entusiasmo ante el encuentro, me decía que el viaje era como “una desconexión total de todo, es compartir directamente con Dios y que mejor con el Papa. Resumiendo, un chute de fe… cuando vuelva nos vemos y os comparto”. Esta amiga ya tuvo la suerte de vivir la anterior JMJ en Alemania, y desde aquél encuentro ha ido haciendo camino de fe, comprometiéndose en su vida como cristiana y eso es lo importante, ¡crecer en la fe!.
Leía estas palabras del evangelio de Mateo en estos días: “Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los grandes y sabios y se las has revelado a los sencillos“.
Son palabras que me hicieron pensar en nuestra actitud frente al mundo y sobre todo frente a los otros, en cómo nos dirigimos y tratamos a las diferentes personas que nos encontramos a lo largo de un día y por supuesto en cuál es nuestra postura en referencia a los otros.
"Venid a mí los que estáis cansados". Son palabras de Jesús que hallamos en el Evangelio, y a veces pienso que no hacemos suficiente caso de este llamamiento de Jesús. ¿Quien no se siente a veces cansado y agobiado?, ¿quien puede afirmar que domina todos los acontecimientos de su vida y que todo le va a pedir de boca? ¿Quién no experimenta con dolor la fragilidad ante situaciones que desmoronan lo que considerábamos tan logrado?
En la prensa del 11 de julio venía la dramática noticia: “Quince inmigrantes, nueve de ellos niños, mueren en la costa de Almería”. Es un goteo continuo de muertes en las pateras. Estos hombres y mujeres tienen que vivir muy desesperados en sus países para que se lancen a una tal aventura con las trágicas consecuencias que tantas veces conlleva.
Por más que los gobiernos intentan frenar este aluvión con nuevas leyes, no creo que lo consigan. Se me encoje el alma al pensar el dolor de los padres al tener que arrojar al mar a sus hijos sin vida. Un hombre vio morir a su esposa y a su hijo, Dios mío, él que venía con la esperanza de un futuro mejor para su familia, vaya futuro le espera: lejos de su patria, sin su mujer, sin su hijo. A este hombre es posible le concedan un permiso de residencia por razones humanitarias. ¿A qué precio lo habrá conseguido, le valdrá este permiso para rehacer su vida en un país extranjero?
Hace pocos días murió después de un tiempo de enfermedad el marido de una amiga mía. No son demasiado mayores, llevaban muchos años casados, intentando siempre llevar adelante con la ilusión los distintos acontecimientos que han tejido su vida. Se conocieron en la universidad, hace ya tanto años… vino luego el tiempo de situarse en el mundo laboral y lo consiguieron juntos. Después se casaron y nacieron los hijos y ahora ya andan pendientes de la llegada de algún nieto.
Pero la enfermedad, con lo que comporta de sufrimiento en todo sentido ha marcado este último tiempo. Ver sufrir a los que amamos es muy duro, especialmente si nos avisan de que no habrá posibilidad de ir muy lejos.
Y llega la muerte anunciada, y hasta incluso cuando ha habido demasiado sufrimiento, deseada en lo más secreto de cada uno.
Pero luego la vida sigue, y qué difícil es seguir para aquél o aquella que ha perdido la persona con la que ha compartido tantas cosas. La expresión utilizada por muchos es después de la muerte del ser querido es: “la vida no tiene sentido”, y es verdad que todo ha perdido su significado más profundo, o más simple.
Hay tallas antiguas de gran valor y hermosura. Pero la de más valor es el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios. Algunas de las obras de arte requieren, al paso de los años serias reparaciones que exigen buenos restauradores que con paciencia e ingenio les devuelvan todo el esplendor primitivo.
Así también ocurre con el hombre. Hay personas que las circunstancias de la vida han envilecido y ya no se reconoce en ellos la imagen de Dios. Ahí está la labor de personas que con generosidad, paciencia y amor ayudan a sacar a flote a estos pobres que el vicio tiene atados. Es un trabajo que requiere esfuerzo y claro está, también la colaboración por parte del que recibe la ayuda. Ahí estriba la diferencia con la obra de arte; ésta se deja hacer pero no colabora en la obra del restaurador.
Jesucristo, el cercano y el lejano. Saber que está tan cerca, que nunca me deja, tener esa seguridad de la fe pero al mismo tiempo, no poder pasar de lo abstracto a lo concreto, a lo explicable. Por eso, también es el lejano. Es tanta la gente que encuentras por el camino que no le conocen, que abren sus ojos a tus compartires de fe, y sabes que cuesta explicarlo, superar la barrera de la materialidad que nos embarga.
Fue en plena adolescencia cuando le descubrí, que aprendí a quererlo, porque Él me amaba y yo lo sabía y lo sé. Es encontrarte con Él un buen día y saber que por siempre jamás estará contigo pero que quizás ya no le volverás a ver o a sentir. Te deja algo de Él pero llegan las noches largas y oscuras, en las que vives del recuerdo y la certeza de corazón. Una certeza que nadie te puede arrancar, algo dulce en el corazón, un plus en la vida, para algunos, para nosotros, los creyentes lo primero y el todo.
Hace unos días leí en "La Vanguardia" una entrevista que le hicieron al escritor Dominique Lapierre. Me encanta la forma de narrar de este hombre que al contacto con los menos favorecidos de la India, comprendió que no podía quedarse tranquilamente todos los beneficios de la venta de sus libros. Los pobres nos dan ejemplo. Mucha gente de la India es tremendamente pobre pero rica en valores que la sociedad occidental en muchos casos tenemos olvidados.
En estos meses de verano, algo cambia en nuestro ritmo de vida y en el lenguaje popular escucharemos muchas veces aquello de “cargar las pilas”. Sí, es como decirnos, cojamos nuevas fuerzas para continuar nuestra actividad laboral, después de casi todo un año de trabajo, es merecido un tiempo de vacaciones, de desconectar, descansar…. Todo ello es necesario y sin duda que muy saludable; también es cierto que hay personas que no tendrán quizás la oportunidad de hacer un alto en el camino y tomarse unas vacaciones, pero tenemos durante cada día del año la posibilidad de cargar siempre las pilas en el Amor.
Hay una frase que personalmente me acompaña: “Estrenar cada día de nuevo el Amor” (es de un sacerdote que durante unos años fue mi confesor y siempre me daba el regalo de esta frase, deseándome que lo viviera cada día en mi vida religiosa).
La carestía de cereales se esta volviendo para muchas zonas de nuestro planeta en una amenaza de proporciones increíbles. África es uno de los continentes más afectados. Es aquello de que siempre llueve sobre mojado. Pero lo que no podemos aceptar los humanos que tengamos un mínimo de sentimientos, es contemplar estoicamente que en cuatro semanas pueden morir, según la UNICEF, 150.000 niños.
Es increíble que en cuatro meses el precio del grano haya sufrido un aumento del 150%. ¿Quién pude sostener una tal subida? Los países ricos pueden soportarlo estrechándose un poco el cinturón pero los que hace tantos años que lo tienen tan estrechado que se les pega el estómago a la columna vertebral, no les queda otra solución: Morir de hambre. Entretanto los cereales queman para hacer combustible para que otros tengan aire acondicionado en verano y calefacción en invierno.
Hacia tiempo que no llovía, parecía como si el cielo hubiese olvidado dejar caer aquí el agua que tantos beneficios da, no sólo a los campos sino también a las ciudades. Ahora hallamos mayor gusto en ver caer el agua, ver el cambio de luz que se produce, el cambio diría de fisonomía que se da en nuestras calles anchas o estrechas, la ciudad cambia de aspecto, y nos gusta verla así, mojada, limpia.
Sin lluvia desde hacía muchos meses, andábamos preocupados, comentando la escasez que vivíamos, la gente de gobierno iba imaginando mil medios para que no llegásemos a quedar sin agua, tan necesaria, diría imprescindible en nuestras vidas, acostumbrados como estamos a verla fluir de cualquier grifo.
Algunos pensamos que también se podía rezar, pidiendo a Dios que hiciera caer del cielo el agua deseada, el agua que bendice y limpia, el agua que purifica y regenera. Era poner la confianza en quien nos ama de verdad, nos ayuda en toda dificultad, y nos da aquello le pedimos.
Ahora llueve, hemos aprendido cuanto valor que tiene la lluvia, pero nos queda pendiente saber utilizar bien el agua, no echarla a perder, darle todo su valor. Nos queda pendiente saber reconocer públicamente que la lluvia es un regalo de Dios, y no un fruto del esfuerzo del hombre. Texto: Hna. Carmen Solé.
Hay pocas cosas en este mundo que no puedan superarse con el esfuerzo personal, con la confianza en uno mismo y en los otros. Todo pasa por aquí, sino tenemos confianza no llegaremos muy lejos porque las fuerzas y ganas de hacer… brotan de CONFIAR.
Hay veces que todo se hace oscuro y difícil, y desde luego, cuesta trabajo ver el fin, el fruto de algo pero, lo cierto es que no nos queda muy lejos, tan sólo hemos de poner de nuestra parte para llegar y alcanzarlo, hemos de creer en nosotros mismos porque sino confiamos en nuestras propias posibilidades es como si se desmenuzase en nuestras manos el más preciado tesoro que poseemos.
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MATRÍCULA ABIERTA PARA EL CURSO 2008-2009. ¿Por qué dejar para última hora lo que puedes hacer hoy? Las Hermanas te esperamos y sin duda que en nuestra oración sin conocerte ya estás presente. Texto: Hna. Ana Isabel Pérez.
Ver la botella medio llena o medio vacía es una expresión que utilizamos cuando queremos señalar las diferencias entre las posturas optimistas y pesimistas que marcan en muchos aspectos la vida de cada persona.
Y es que la expresión es bien clara, en todo momento podemos tener la vista fija en aquello que es positivo o caer en verlo todo de color negro, media botella según como se mire. ¿Por qué hay siempre quien acentúa en todo cuanto le envuelve aquello que le sale mal y le cuesta tanto reconocer lo bueno que sin duda vive?
Hay quien inicia el día siempre sonriendo, otros lo hacen con aire triste o aburrido, y entre ellos no existe ninguna diferencia aparente. Y es que creo que, si no nos sale de natural, todos podemos hacer el esfuerzo de poner el acento siempre en lo positivo. Es una actitud saludable para uno mismo y sobre todo hace la vida mucho más agradable para aquellos con quien se trabaja o convive. Puede ser que no sea una actitud fácil, pero es agradable, y sus consecuencias siempre son positivas.
Hace poco, una hermana me entregó un Rosario, diciéndome: “Hoy, lo he rezado muchas veces y quiero entregártelo, guárdalo; este Rosario lleva muchas alegrías y lágrimas. Ahora quiero que lo tengas tú y la Virgen te acompañe siempre”. Con sorpresa y gratitud recibí entre mis manos su Rosario, siendo testigo de ello, la protagonista del regalo, estábamos en la gruta de Nuestra Señora de Lourdes, su mirada nos invitaba a orar con Ella.
Sin proponérmelo, voy haciendo colección de rosarios pero hay uno que siempre va conmigo y ahora es éste que recibí, que se deslizó por la gruta y en el que María me llama a adentrarme más en la profundidad del mensaje de Amor que nos lleva a su Hijo.El Rosario no es repetición aburrida, es una oración contemplativa: “El amor no conoce más que una palabra. Diciéndola siempre, nunca la repite” (Lacordaire, dominico); ni tampoco es un cuenta bolitas…, ya que, hay un trasfondo de las Avemarías “pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo” (Juan Pablo II); misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos.
Muchas veces solemos decir que tenemos momentos para todo, es decir, hay un tiempo para reír y un tiempo para llorar, otro para luchar y otro para descansar. Es un caminar constante a lo largo de nuestra vida, ya sea con una gran fuerza porque tengamos y estemos llenos de energía, o tal vez sea, cuando no nos quede ni siquiera el ánimo de levantar nuestra mirada hacia lo que posiblemente nos saque de la oscuridad.
Mientras las fuerzas están y no nos fallan, todo va bien. No tenemos presente aquellos espacios que, al fin y al cabo, nos han marcado, en positivo o negativo. El sentirnos bien nos hace olvidar muchos detalles que en otras ocasiones no pasarían tan desapercibidos, y ciertamente, es una pena. En cambio, cuando nos encontramos en dificultad, rápidamente decaemos y olvidamos todo lo bueno que hemos vivido antes. Incluso, todo eso que es positivo lo apartamos de tal forma, que no permitimos que nos ayude a levantarnos cuando la vida no va tan bien como desearíamos.
El sermón de la montaña de San Mateo (capítulo 5) es una exigente catequesis. En su versículo 23, el evangelista dice: “Si cuando estás en el altar para presentar tu ofrenda, te acuerdas entonces de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve a presentar tu ofrenda”. Es decir que mi examen de conciencia tiene que ir más allá de aquellos actos negativos que yo he cometido contra los otros.
Hay momentos en los que sólo puedes escuchar al otro, acoger al amigo que necesita de ti, al que comparte su vida desde la realidad que vive y sencillamente sientes que estás a su lado, acogiendo sus alegrías y sus días de sombra, donde de repente parece que se fue la luz y la vida le sorprende con distintas noticias que le hacen sufrir. Hace poco hablaba con una amiga y me pidió que orara por ella. Y ya desde el momento en que te abre el corazón, tú sabes que no ha de pedir nada porque ya la llevas en la oración.
Los salmos son la historia de salvación hecha plegaria: Aquello que los otros libros de la Biblia narran, los salmos lo cantan. Un gran biblista judío dice que todo hombre nace con el libro de los salmos en las entrañas. Encierran en si todo tipo de sentimientos humanos, pero en todos ellos Dios tiene las de ganar.
Hoy quiero compartir con los lectores de nuestro blog un salmo muy expresivo. Es uno de los más breves de los 150 que encierra este gran libro de oración. És el número 131.
No se infla oh Yahvé, mi corazón, ni mis ojos se engríen.
No voy buscando cosas grandes,
que me vienen anchas.
Sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en el regazo de su madre.
Espera Israel en Yahvé,
¡Desde ahora y por siempre!
Una persona me dio un artículo para leer y no me dijo nada más. De entrada, el tema del artículo me dejó sorprendida “Saber parar, controlar, decir no…”. Leí aquél artículo con un gran interrogante, me dije: ¿qué me quiere decir con esto? No me sentía identificada con aquello y mucho menos quería pensar que esa persona me identificaba con eso… Sin tardar, al finalizar de leerlo, fui a buscarla para devolvérselo, no me lo iba a guardar, y también para que me dijera lo que realmente quería decirme.
Ella no me vio el rostro radiante al preguntarle: ¿Qué quieres? Entonces, me dijo que al leerlo había pensado en mí porque había una cosa en aquél mensaje que valía la pena retener y que el día anterior había sido lo que precisamente le había sucedido conmigo y fue para ella positivo. Me había pedido algo y de entrada le dije que no, dándole una explicación. Me compartió que aquél no y el por qué razonado la había dejado descolocada y lo vio reflejado al leer ella misma el artículo.
No todos los meses del año son iguales, ni tienen el mismo valor o el mismo significado y contenido. Hay meses más festivos, que se hacen cortos, como si los treinta días no fueran tales y como si en según qué momentos los días pasasen más veloces, los creyentes sabemos de otros meses que están marcados por un tiempo litúrgico impregnado de un sabor especial: adviento, cuaresma, pascua.
No hay rutina en la sucesión de los días y aunque digamos que el tiempo es siempre igual, que los días son una suma de acontecimientos, sabemos bien que cada día va tomando desde el amanecer un sabor diferente, sabor y colorido señalado por el trabajo a realizar, por las condiciones del clima, por nuestras facilidad o dificultad para establecer relacionarnos con los demás.
Hace un tiempo recibí un e-mail que fue regalo, el cual, me hizo orar al leerlo, su mensaje era profundo, lleno de mucha vida que me habló al corazón, venía de alguien enamorada del Señor.
Es una buena amiga a quien llevo y llevamos hace tiempo en la oración, deseando que la vida le sonría tanto como su rostro lo hace, que brote en su caminar la alegría que desprende y contagia. Que vaya escribiendo la página de su vida con el Señor, allá donde Él la conduzca y ella se deje conducir porque la ha seducido…
Os comparto parte de ese regalo que recibí porque me hace orar, sonreír, dar gracias por tantas cosas recibidas en esos encuentros con jóvenes que tocan a una puerta, estando en búsqueda vocacional y ver como no cae en saco roto lo vivido a los ojos del Señor.
El mes de mayo termina con la fiesta de la Visitación de María a su prima Isabel. El mensaje que encierra el Evangelio que se lee en la Misa, es un buen remate para el tradicional mes de María. Es un mensaje para practicar cada mes.
Vemos como María que acaba de recibir un anuncio excepcional y único, no se queda ensimismada en las palabras que le acaba de dirigir el ángel Gabriel; ella había hallado gracia ante Dios, iba a tener un hijo, sin intervención de hombre. Ya que para Dios nada es imposible y muestra de ello era de que su pariente Isabel había concebido un hijo en su vejez, y ésta que llamaban estéril, se encontraba ya en el sexto mes.

En numerososas ocasiones nos rodeamos de pensamientos y de miedos que no nos dejan ser nosotros mismos. Ponemos en tela de juicio todo aquello que no proviene de lo que consideramos cierto. Nos cerramos, en definitiva, a abrir nuestra vida y corazón no sólo a cosas nuevas sino a personas que tienen mucho que aportar.
Nos aferramos a nuestras ideas, a lo que pensamos que es la verdad, aunque si reflexionásemos un poco, nos daríamos cuenta de que nuestra verdad no tiene por qué coincidir con la del otro y que nuestro punto de vista no tiene por qué ser igual al de los demás... pero aún así, hacemos fuerza y defendemos nuestra idea como única. A veces tan sólo nos agarramos a aquellas seguridades que en algún momento han respondido por cualquier motivo, pero en cambio, no somos capaces de fiarnos y de dar una oportunidad; es posible que el miedo siga siendo protagonista y se adueñe de nuestra persona sin que nos demos cuenta, o tal vez el afán por querer estar en primera linea siga siendo más fuerte de lo imaginado.

“Amaros los unos a los otros como ye os he amado” (Jn. 15, 12).
Al meditar este versículo del evangelio de San Juan me quedo atónita. ¿Cómo podía Jesús pedir a sus discípulos que amaran como Él amaba? Por santos que fueron sus apóstoles no amaron como Él amaba.
Por más que lo intente no puedo amar como Él. ¿Soy capaz de perdonar sin medida, de olvidar por completo una ofensa, de firmar como Él firma un cheque en blanco ante el desconocido? No, Señor yo no soy capaz de amar como tu amas. Esto es para mí una utopía, pero ésta me lleva a esforzarme a amar como tú amas. Se que no lo alcanzaré pero tenderé hacia este amor sin límites que es el tuyo.
Hay otra frase evangélica que me anima: “Sin mi no podéis nada”. Así que lo que es imposible para el hombre es posible para Dios. Entonces Señor yo pondré mi buena voluntad y tú pondrás el resto. ¡Vaya! Una gota de agua perdida en la inmensidad del mar. ¡Gracias Señor por tu bondad infinita! No te entiendo pero me gustas, y me siento feliz de que seas así. Texto y foto: Hna. María Nuria Gaza.
El silencio no es sólo la ausencia de palabras, es abrir una puerta y entrar. Es la habitación de nuestro interior, la que siempre anda ajetreada y cuesta mimar. Nos sorprendería si alguien nos invitara a entrar en el silencio de nosotros mismos, quizás la respuesta inmediata tras la sorpresa a dicha invitación sería denegada, porque en nuestra cotidianidad nos falta tiempo para hacer silencio.
Dios nos invita a crearlo, a desearlo y apaciguar las velocidades de nuestra vida con todo lo que llevamos de preocupaciones, sufrimiento, de gozos y esperanzas desde Él. El silencio es el susurro donde escuchamos a Dios, a través de este, Alguien invade el alma.
Hay días que te sorprenden y en uno de ellos, tuve una agradable sorpresa, con un sabor agridulce ¡qué contraste! pero así lo experimenté, ya que, sin ni siquiera imaginarlo, me volví a encontrar con una persona, con la que en un tiempo no tan lejano compartí mucho. Por aquél entonces andábamos el mismo camino, surcábamos el mismo mar pero un día nuestras redes se separaron.
La alegría fue enorme pero a la vez sentí nostalgia. Son muchas las veces que he oído aquello de que “otros tiempos fueron mejores”….no puedo afirmarlo, porque creo que cada tiempo conlleva su momento y ese va formando parte de nuestro caminar. Eso sí, se ha de acoger todo lo vivido cuando conjuntamente se remaba mar adentro como acción de gracias al Señor que deja su mensaje en todo lo que nos permite vivir.
Es una virtud conservar la calma en cualquier situación, porque cuando todo va bien y las cosas son de tu agrado es sencillo afrontar e incluso es bonito hacerlo. Pero cuando todo se te pone en contra, sientes que nadie entiende lo que pretendes hacer o te das cuenta de que te juzgan sin conocerte... todo se complica.
En momentos así, se puede comprobar el aguante de las personas, es decir, la paciencia y hasta la humildad del ser humano. Recuerdo, cuando era pequeña, que siempre me decían que cuando sintiese que ya no podía más... contase hasta tres; éste era un método para buscar la tranquilidad en ese momento; el contar me ayudaba a ser consciente de que yo no podía convertirme en una de esas personas que creen que todo se les da por derecho. Me enseñaba que en la vida todo hay que hacerlo sin prisas, pensando mucho el paso a realizar, sopesando los pros y contras de la situación; y que escogiese lo que escogiese no tenía que ser lo mejor para todo el mundo porque cada persona es distinta y no todos necesitamos las mismas cosas. Parece algo muy simple, pero era una manera de decirme a mí misma: cálmate y reflexiona antes de actuar.
Hace un tiempo escuché en una charla de oración al cardenal de Sevilla, Carlos Amigo,, hablaba acerca de nuestra vida cristiana y de los contrasentidos que llevamos dentro. Muchas cosas de cuanto dijo me llamaron la atención por su contenido y por su forma de expresión, por su fácil cercanía con la realidad de muchos.
Afirmaba que la mayoría de los que nos reconocemos y presentamos como cristianos no acabamos de creer las palabras de Jesús que están recogidas en los evangelios, nos parecen escritas para otros y nos cuesta vivir de acuerdo con la verdadera enseñanza de Jesús, como si cada uno de nosotros tuviéramos en lo profundo de nuestro corazón los elementos necesarios y convincentes para no vivir de acuerdo con la Buena Nueva que Cristo nos trajo, y para realizarnos un patrón a nuestra propia medida.

No cabe la menor duda de que cuando intercambiamos con los demás siempre aprendemos cosas nuevas, y hasta podemos llegar a sorprendernos gratamente, ya que cada uno es muy diferente a nosotros mismos y todo ello puede ser como un gran regalo para la vida. Por supuesto, siempre y cuando estemos dispuestos a abrirnos para recibir todo lo que provenga de fuera, sino es “misión imposible”, todo requiere de nuestra disponibilidad y actitud.
Hay algo que me ha hecho pensar y que agradezco enormemente a todas las personas que me han ayudado a lo largo de mi vida, porque ciertamente, hoy somos lo que se ha ido construyendo poco a poco, y aquí, en esta construcción, no hemos sido los únicos trabajadores, sino que somos uno más de entre tantos. Tenemos una parte importante, y es que sin un corazón abierto y disponible no se podría llegar a la intimidad del ser humano. Aunque también es cierto que la intimidad de alguien no es de tan fácil acceso, pero quedémonos en el reconocimiento del otro, en su valoración y en todo lo que podemos llegar a conocer por la experiencia.
Los hombres desconocemos el significado completo de cuanto nos ocurre en el día a día, y muy a menudo nos quedamos centrados en los pequeños acontecimientos que tejen el hoy, o que han marcado el ayer más inmediato, pero solamente cuando podemos ver con cierta perspectiva un fragmento de nuestro transcurrir, somos capaces de entrever o intuir su verdadero significado, y cómo se ha ido manifestando el querer de Dios.
Nos resulta generalmente fácil reconocer el querer de Dios en nuestra vida cuando los acontecimientos que la tejen se nos hacen comprensibles, cuando en medio de luces y sombras llegamos a entrever el por qué de cuanto nos ocurre, y podemos comprender algo de cuanto va sucediendo. Esto mismo les ocurrió a los apóstoles. Ellos pudieron entender la Pasión y la muerte de Jesús sólo después de vivir la Resurrección y de recibir en Pentecostés al Espíritu Santo.
“María estaba junto al sepulcro llorando” (Juan 20, 11-18). Esta mujer que unos días antes de la pasión y muerte de Jesús, vemos como le unge los píes con perfume de nardo auténtico, y luego se los seca con sus cabellos, no puede consolarse por la pérdida del Señor. Además de haber matado injustamente a su Maestro, resulta que se lo han llevado del sepulcro.
Su desconsuelo es tan grande que cuando se le aparece Jesús y le pregunta: “¿Mujer por qué lloras?”, no lo reconoce hasta que él la llama por su nombre. En nuestra vida espiritual, que no siempre es rectilínea, también nos puede ocurrir algo semejante. Buscamos al Maestro porque no lo sentimos presente y él está ahí junto a nosotros.
Lo que más deseo en este caso es llorar junto al sepulcro de su silencio hasta que oiga de nuevo su voz: “¿Mujer por que lloras, no sabes que yo estoy más cerca de ti que tu misma?”. Es aquello de San Agustín: “¿O será que, pues nada de lo que tiene ser existiría sin Vos, resulta que todo lo que existe os tiene dentro de sí? Pues teniendo yo ser, ¿por qué os suplico que vengáis a mí, pues no lo tendría si no estuvierais en mí?”. (Confesiones, libro I, capítulo 2). Texto: Hna. María Nuria Gaza.
Los tres Evangelios sinópticos, nos narran que Jesús subió con tres de sus discípulos a la montaña a orar. Y orando su cara se transfiguró y aparecieron Moisés y Elías hablando con él. Los apóstoles, Pedro, Juan y Santiago, quedaron atónitos. El impetuoso Pedro, tomó la palabra y dijo: “Maestro que bien estamos aquí. Si quieres podemos hacer tres tiendas: Una para ti, una para Moisés y otra para Elías”.
La oración, seguramente no transformará nuestro rostro, pero la oración, si es auténtica, poco a poco irá transformando nuestro interior; es imposible escuchar a Jesús y quedarse como antes.

Al tomar la liturgia de cada día, veo como Dios sale a nuestro encuentro, nos habla en el hoy que vivimos y su Palabra en el evangelio de San Juan (15, 1-8) es recibida en mí con una sola palabra, Jesús me dice: ¡Acuérdate! Sí, acuérdate de quien te ha elegido “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros…”, el cómo vivirlo “Permaneced en mí…” y para qué “…os he destinado para que vayáis y deis fruto y que vuestro fruto permanezca”.
Se me hacen presentes unas palabras que en muchas ocasiones he tenido la gracia y la suerte de que una hermana desde la fraternidad me ha repetido del derecho y del revés “Ana sola no puede, con Jesús SÍ ¡grábatelo en el corazón!” “…porque separados de mí no podéis hacer nada”(Jn 15,5). La vida me sonríe más cuando me dejo acompañar por la gracia y cuento con las fuerzas del Señor.
Desde los inicios de la creación, la Biblia nos habla del trabajo: “Henchid la tierra y sometedla” (Gen. 1,28) y en el capítulo siguiente de este libro leemos: “Dios colocó al hombre en el jardín de Edén para que lo labrase y lo cuidase” (Gen. 1, 15). Así que no podemos mirar el trabajo como un castigo ya que este precepto fue dado a Adán antes de comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Después de haber comido del fruto prohibido lo que aconteció es que el cultivo de la tierra acarrearía al ser humano sinsabores. “Con el sudor de tu frente comerás el pan” (Gen. 3,19).
El trabajo no es una carga, al contrario es una contribución a la obra creadora de Dios. Una forma de reconocer los dones que ha dado al ser humano capaz de transformar las riquezas que encierra la “madre tierra”, como la llaman los indígenas americanos. ¡De cuantas cosas no es capaz el hombre gracias al esfuerzo de su trabajo!

Aunque parezca irreal, aquello que más amamos es también lo que más nos hace sufrir. Querer es una de las cosas más bonitas que puede ocurrir en nuestra vida, pero por ello no deja de ser a su vez un sufrimiento. En muchas ocasiones he oído aquella frase que dice “quien bien te quiere te hará sufrir”; es posible que en un principio parezca incomprensible que el amor pueda llegar a hacer daño, pero si lo pensamos con serenidad podremos comprobar que ese dolor es realmente un fruto debido de aquella persona que ama sin límites, sin esperar nada a cambio y con todas sus fuerzas.
Duele cuando se ama de verdad, cuando se busca lo mejor para el otro, intentando no mirar el bien propio sino el de la otra persona. Llegamos a encontrarnos con ese amor cuando somos capaces de olvidar lo que nos interesa, lo que nos gustaría y sabemos ir aún más lejos, es decir, siendo capaces de no pasar nosotros en primer lugar.
Muy apropiado para este tiempo de Pascua es un fragmento de uno de los sermones de San Agustín que dice así:
“Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles….Todo hombre ama, nadie hay que no ame; pero hay que preguntar qué es lo que ama. No se nos invita a no amar, sino a que elijamos lo que hemos de amar. ¿Pero cómo vamos a elegir si no somos primero elegidos, y cómo vamos a amar si no nos aman primero?. Oíd al apóstol Juan: Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero.
Trata de averiguar de dónde le viene al hombre poder amar a Dios, y no encuentra otra razón sino porque Dios le amó primero. Se entregó a sí mismo para que le amáramos y con ello nos dio la posibilidad y el motivo de amarle. Escuchad al apóstol Pablo que nos habla con toda claridad de la raíz de nuestro amor: El amor de Dios –dice- ha sido derramado en nuestros corazones. Y, ¿de quién proviene este amor? ¿De nosotros tal vez? Ciertamente no proviene de nosotros. Pues, ¿de quién? Del Espíritu Santo que se nos ha dado. Por tanto, teniendo una gran confianza, amemos a Dios en virtud del mismo don que Dios nos ha dado.
Cantad con vuestra voz, cantad con vuestro corazón, cantad con vuestra boca, cantad con vuestras costumbres: Cantad al Señor un cántico nuevo….”
Texto: Hna. María Josefa Cases.
Un fin de semana contemplando “la sonrisa de Dios” en el encuentro con Él es un gran regalo recibido, que a la vez, se hace difícil de poner en palabras. Fue la segunda vez que iba de peregrinación a Lourdes, además, este año es especial, ya que, es el del Jubileo (150 aniversario de las Apariciones; www.lourdes2008.com y esta vez recibí una gracia espiritual, donde me dejé agarrar bien por la Virgen de Lourdes.
La oración dedicada con ocasión del jubileo finaliza diciendo: “porque eres la sonrisa de Dios, el reflejo de la luz de Cristo y morada del Espíritu Santo…” ¡María es regalo! Estas palabras de la oración, me acompañaron en esos días de peregrinación, en un ambiente de oración, silencio, en el recogimiento que hace más accesible el encuentro con el Señor envuelta por la mirada de su Madre, se adentró en mí esta hermosa oración.
En la gruta pasé largos ratos mirándola y al mirarla, me envolvía su sonrisa, “la sonrisa de Dios”, a través de ella buscaba la luz de su hijo “Ella es el reflejo”, y con Ella quería dejarme “morar” por el Espíritu Santo.
En la vida hay momentos en que te sientes invadido por una gran alegría, otros por una profunda tristeza pero sereno o perturbado, cuando nos sentimos amados o rechazados, ultrajados o escarnecidos, cuando nos encontramos solos, cuando nadie nos hace caso, recordemos que siempre somos hijos amados de Dios. Porque unidos a Jesucristo participamos de su filiación. San Juan en su primera carta nos dice: “Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos”. Así pues si Jesús es el Hijo amado del Padre, nosotros somos amados por nuestro Padre celestial. Porque, “en esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él”.
Cuando vivimos momentos de dificultad o de dolor solemos buscar a alguien de confianza para poder hablarlo, contarlo o compartirlo y así poder sacar la tensión o nervios que llevamos en nuestro interior; a veces, nos acostumbramos a ello tanto, que no sabemos compartir de otra forma, de otras cosas. Las cosas bonitas, lo bello que nos ocurre… parece que viene dado, que forma parte de lo cotidiano y que no tiene ninguna importancia. Siendo cosas diferentes, éstas afectan a la persona y forman parte de cada uno de nosotros, y aunque a niveles distintos todo va realizándose y haciéndose presente en el ser humano.
Pero… si somos capaces de abrir nuestro corazón cuando nos sentimos solos y desprotegidos, ¿por qué no darle la importancia merecida a aquellos momentos de alegría, de felicidad que, sin duda, existen? Nuestra historia personal es muy rica y podemos alegrarnos con el que se alegra de igual forma que sufrimos con aquel que vive momentos de soledad y aflicción.
Siempre afirmo que lo importante no va acompañado de grandes destacados, como si de un titular se tratase, sino que es en lo pequeño y en la vida diaria que va sucediendo la historia verdadera del hombre. Muchas son las cosas que afectan y tocan lo más íntimo de cada uno, pero en este momento me gustaría compartir algo que aunque es muy sencillo, a su vez es muy profundo porque cuando las cosas se dan desde el corazón, todo lo que le rodea poca importancia tiene.
Estaba con alguien descargándole unas fotos en el ordenador y mientras veía el tiempo que indicaba para descargarse las fotos, sentía que había algo más en aquél encuentro. La miré y le pregunté si le pasaba algo, el silencio me dio la respuesta y poco después las lágrimas suplían las palabras.
Pasé del ordenador y le dije que la escuchaba, no quería, le entró la prisa y solo quería tener las fotos para poder enviarlas por correo electrónico, pero le comenté que teníamos tiempo porque había para un rato.
En ese momento, sólo deseaba que no se descargaran las fotos, contaba con ese tiempo para escucharla si verdaderamente ella daba el paso y quería, así que, cerré la pantalla del ordenador y le dije que aquellas fotos podían esperar pero ella no.

El evangelio de San Juan narra como poco tiempo antes de la celebración de la Pascua, Jesús estuvo en Betania, en casa de Marta y María porque Lázaro su hermano había muerto.
Es un fragmento evangélico lleno de detalles que muchas veces hemos escuchado y contemplado. Siempre algún aspecto se nos presenta como novedoso, como si nunca hubiésemos sido capaces de captar toda su hondura y todo su mensaje. Aquí también el evangelista deja muchos elementos sin explicar, se narra la gran acción de Cristo, el milagro de devolver vivo a su familia el amigo Lázaro, pero quedan iniciados muchos temas que el evangelista deja sin concluir.
Ya han pasado cinco años después del inicio de la segunda guerra del Golfo. Los años anteriores a la misma fueron años de penuria y mucho sufrimiento para la población iraquí. Pero la tan cacareada libertad prometida, ha quedado en la dura realidad de la tragedia cotidiana. Nadie está seguro, sea suní, chií y peor si es cristiano. Éstos últimos, son intimidados, muchas veces sacados de sus casas o asesinados. Y por tanto el cristianismo tiene muchos más años de existencia en el país que el islam. El problema estriba en que cristianismo es equiparado a occidente de donde les han llegado todas las desgracias. Lo lamentable es que antes las diversas religiones convivían en armonía, actualmente hay quien instiga al odio.
Se prometió un país libre y, ¿cuál es el precio de su libertad? La muerte y el desorden por doquier. “Es cierto que en tiempo de Sadam no teníamos libertad para viajar, actualmente la falta de dinero nos lo impide y las embajadas difícilmente dan un visados para salir del país”, comentaba hace poco un iraquí.
Y ahí, en medio de este avispero, están nuestras hermanas Dominicas de la Presentación. Todas iraquíes. Regentan el hospital de San Rafael de Bagdad que atiende a todos sin excepción ni de religión ni de posición económica. Es un milagro que ninguna hermana ni el hospital mismo haya sido atacado directamente. Como ellas sirven a todos son respetadas por todos hasta el momento.
El Señor no es un intruso impertinente que se planta en medio de tu casa sin llamar. No, él llama y aguarda que le abras. “Mira estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”. (Ap. 3,20) Es una frase que interpela.
Actualmente que todo va a un ritmo vertiginoso, que todo tiene que estar hecho icsofacto, el Dueño y Señor de la vida espera pacientemente a la puerta de nuestra casa por si acaso nos dignamos abrirle. Nunca fuerza nuestra puerta, nunca se irrita si no le abres, él continúa en su espera porque no busca su bien sino el nuestro. Quien pierde en no abrirle somos nosotros, él no gana nada con entrar en nuestra casa.

Una extraña sonrisa se dibuja en la cara, poco a poco me doy cuenta de que hay algo más detrás de esos gestos y de esa mirada. Lo curioso es que cuando me veo en el espejo suelo tener esa misma sensación, el reflejo de mi rostro es mi estado interior, no me puedo engañar. Sin duda, mi manera de hacer, mis palabras y hasta el brillo de mis ojos están contando una historia, la historia de uno mismo y de todo lo que le rodea.
Hay veces que necesitamos que nos recuerden las cosas para ser conscientes del profundo valor que tienen, ya que el día a día nos hace olvidar que poseemos un tesoro en nuestras manos, en nuestra vida. La relación con las personas es un gran paso, es un puntal para crecer por dentro, para olvidarse de uno mismo y comenzar a ver que existe más mundo que el propio, y que eso que hemos descubierto nos irá llevando por distintos caminos jamás soñados, pero ciertos.

¡Es verdad, el Señor ha resucitado! El pasaje evangélico de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) es uno de mis preferidos y hace poco, precisamente me regalaron un cuadro que representa Emaús. Una mirada al cuadro, a través de la lectura bíblica me lleva a contemplar el rumbo de estos caminantes y adentrarme en el mío.
El evangelio nos muestra cómo el encuentro con Jesús tiene sus etapas, camina con nosotros y no lo reconocemos pero si se produce el encuentro con Él, tienes experiencia de que te arde el corazón. Estos dos discípulos llevan una dirección, van hacia Emaús pero van tristes y experimentan un cambio en el camino que les devolverá la alegría.
Al levantarme empiezo el día poniendo en manos de Dios ,todas las cosas que vaya a vivir durante la jornada. No se qué cosas me van a suceder, pero me gusta pedirle al Señor que ante cada acontecimiento me de su luz para saber gozar de todo cuanto haya de positivo y su gracia para vivir lo adverso, aquellas cosas o actitudes que no voy a comprender pero que estarán ahí y me harán sufrir.
A veces corremos el riesgo de acentuar más lo negativo que lo positivo, como si los acontecimientos puntuales puedan hacernos perder de vista todo el conjunto de nuestras vidas: discutimos y nos enfadamos por nimiedades y es necesario saber salir de ellas para volver a tomar el ritmo y el pulso de lo que en verdad teje la vida, de lo que en verdad nos importa.
El pasado Domingo de Ramos, después de ser proclamada la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo, la asamblea entró en un gran silencio. Me dispuse bolígrafo en mano a anotar aquello de la homilía que me ayudara a profundizar la Palabra y comenzar así a vivir la semana santa en un clima de escucha, de oración, acompañada por su Palabra. Aunque no pude ni escribir una frase porque rápidamente se nos invitó a entrar en el silencio interior. Pero, ¿qué decir después de ser proclamada la Pasión del Señor? Orar en el silencio interior.
Se dice fácil, “orar en el silencio interior”. Se nos puede facilitar el silencio exterior, en una celebración, en un retiro, en tantos momentos, pero ¿quiero facilitarlo yo? ¿Cuánto ruido hay en mí? ¿Tengo el deseo de entrar en el silencio interior de mi existencia para encontrarme con el Señor? Si le dejas, el Señor entra en la intimidad de tu ser.
Era joven, sí, muy joven visto desde ahora,… tenía 15 años, llenos de vigor, de ganas de hacer, de hacer teatro y jugar a básquet, pero algo me hacía diferente de mis compañeros de clase. Era alegre pero profundizaba demasiado sobre todo; sobre la vida, el amor, el arreglar el mundo... Soñaba con ser una superhéroe (¡pobre de mí!), solucionarlo todo: de lo más cotidiano al mundo entero... No podía, y a veces me hundía en una gran tristeza... juzgaba a mis compañeros ¿porque tanta discoteca con todo lo que había por hacer? En cambio a veces las armaba bien gordas, eso de defender causas me iba.
¿Qué tenía? ¿Quizás locura o adolescencia? Un día no pude más, tenía que vomitar ese sentimiento... fui a la directora del colegio... le dije: ¡soy una desgracia!, calló y me abrazó... Me calmaron y de pura casualidad me regalaron un calendario misionero que acababa de llegar con el correo del día. Como aquella noche no podía dormir, hojeaba el calendario, cuándo una de sus páginas por el reverso decía: Vocación, no; vocación sí. Me sobresalté, lo leí cientos de veces y me di cuenta que aquella era mi grave enfermedad. Me sentí asustada pero aliviada. Ya sabía que mal padecía.
Al día siguiente me fui al cole, dispuesta a enseñarlo y a comunicarlo. Aún guardo ese calendario y dice lo siguiente:
En la contra de la Vanguardia del pasado mes de febrero, venía una entrevista con un campeón mundial de waterpolo. Me conmovió un montón. Su equipo ganó muchos títulos. Era un adicto que ha logrado salirse de la droga, este fue su gran partido. Ojalá su experiencia sirva a más de uno.
He tenido la suerte de conocer a algunos que han logrado escapar de esta tiranía. Sus narraciones son sobrecogedoras. Han pasado por muchas peripecias antes de salir adelante. Y como dice el interlocutor de la entrevista, nadie necesita ayuda para meterse en problemas pero todos la necesitamos para salirnos de ellos.
Me impresiona tanto ver jóvenes que acaban autodestruyéndose; ellos son infelices y todos los que viven en su entorno también. A cuantos padres he visto llorar amargamente al ver a sus hijos metidos en este campo tan cruel. Pero, a veces, ni las lágrimas de sus progenitores, ni el cariño de su conyugue ni la ternura de sus hijos, ni los amigos, llegan a apartarlos de esta terrible plaga que abunda tanto en nuestra sociedad.
Estos días de Semana Santa han sido un tanto especiales. Han tenido un sentido profundo y lleno de significado, por ello siempre se llega a lo más hondo del ser humano. Los he vivido de cerca junto a un sector de la sociedad a veces rechazado, marginado y señalado, es decir, con los presos.
Allí donde parece que no hay vida, porque en muchas ocasiones evitamos hablar de él, es allí donde también está Dios, ya que precisamente, donde termina “la misericordia” del hombre es cuando empieza la Misericordia de Dios.
Abrir el correo electrónico y encontrarte un mensaje que te felicite la Pascua, tras la gran noche de la luz vivida en la vigilia pascual del sábado santo, es un regalo y da gusto. Es una felicitación que lleva implícita una invitación, la de vivir este tiempo pascual como lo que es y así me decía parte de ese mensaje: “Pascua es el paso de Dios por nuestra historia y por nuestras vidas…; cada gesto, por pequeño que sea, de proximidad, de confianza, de entrega hacia los demás y hacia uno mismo renueva el misterio de Pascua en nuestra vidas”.
Iniciaremos una nueva semana con mucho por vivir, estaremos ante lo que quizás es nuestra “rutina” pero si hemos vivido la Semana Santa, sin duda, ésta será diferente en nuestro corazón y se transmitirá en nuestro rostro, nuestro quehacer. Mostrar una mirada distinta después de la gran noche de la luz que nos da el Señor resucitado, será el gozo de lo que el paso de Dios en nuestra vida va dejando como un poso que se va llenando de amor porque Dios nos abre un camino de Vida.
El evangelio del domingo de Pascua nos narra cómo después de los acontecimientos del Viernes Santo con la pasión, muerte y entierro de Jesús, sus discípulos aún aturdidos por todo lo vivido, por todas y cada una de sus reacciones frente a tantos acontecimientos, son llamados ahora por las mujeres para que reconozcan cómo se han cumplido las palabras que el mismo Señor había pronunciado acerca de su victoria definitiva sobre la muerte y se conviertan en testimonios decididos de su Resurrección.
Ver la tumba vacía, reconocer el lugar donde estuvo puesto el Señor y tomar conciencia de que Él no está allí, es algo que sobrepasa las meras expectativas humanas. Es cierto que Jesús les había anunciado todo cuanto iba a ocurrir, pero los evangelistas nos dicen que los discípulos no habían logrado entender de qué les hablaba, y seguramente habían dejado caer en el olvido sus palabras.

El biblista Luís Alonso Schökel, define el salmo 21, “como la súplica en un momento de sufrimiento y abandono. Salmo de gran intensidad expresada en vigorosas imágenes, en intensas peticiones y también en una esperanza triunfante”.
No hay ser humano que no conozca el peso del sufrimiento en un momento dado de su vida. El cristiano sabe por la fe que el dolor es una purificación que le llevará a la resurrección como a Jesús que sufrió la incomprensión incluso de los suyos, la burla de los fariseos, la traición de Judas, escogido como uno de los más cercanos colaboradores, el abandono de los apóstoles en el momento del prendimiento en el huerto de Getsemaní las negaciones de Pedro que había elegido como cabeza de la Iglesia y el sentimiento de una soledad profunda durante su pasión.
Jesús colgado en la cruz durante tres horas tuvo tiempo de orar al Padre para que le diera fuerzas para vivir hasta el último suspiro abandonado a su voluntad; pero humanamente se sentía solo. En torno a Jesús, el silencio de Dios, las burlas y hostilidades de los que le llevaron a la crucifixión, la soldadesca que se reparte sus vestiduras y echan en suertes su túnica, uno de los ajusticiados junto a él lo increpa. De este modo Jesús asume el sufrimiento de toda la humanidad.
Esta palabra nos evoca el recuerdo de la oración de Jesús en el huerto de los olivos horas antes de su pasión. Getsemaní es una palabra que viene del arameo, lengua hablada por Jesús, que quiere decir lagar de aceite. San Juan evangelista narra en su evangelio que Jesús tenía costumbre de ir a orar en este lugar con sus discípulos (18,1-2). En muchas ocasiones leemos en los evangelios que Jesús ora en la soledad de la noche o al amanecer. Especialmente ora antes de afrontar ciertos acontecimientos o antes de tomar serias decisiones: La elección de los doce (Lc. 6,12-16), en la transfiguración (Lc. 9,28-36).
Asimismo en la eminencia de su “hora” Jesús ora intensamente, es el momento más importante de su vida en el que tiene que afrontar el más duro combate de su vida contra Satán y sus poderes. Es tal la angustia que siente que ruega a sus discípulos de orar con él para no caer en el poder de la tentación. Jesús lucha hasta sudar sangre para permanecer fiel a la voluntad del Padre.
Litúrgicamente San José se celebró el día 15, popularmente seguirá siendo el 19 de marzo, este año miércoles santo, o sea, que una reflexión entre medio de los dos días para que no nos pase de largo esta figura tan entrañable.
San José, este hombre honrado y santo es introducido en la intimidad de la Madre de Dios y de Jesús –Dios y Hombre verdadero-. Su respuesta es firme y afirmativa, se entrega con generosidad y fe a los sorprendentes planes salvadores de Dios. Su casa pasa a ser el hogar de Nazaret, modelo de la familia cristiana. Su taller es el de Jesús donde Cristo santifica el trabajo humano. Bien se puede decir que se le pidió la vida entera y la dio, además del cielo, una plenitud humana rodeada de afecto que llena las mejores aspiraciones de la tierra.
Nosotros le veneramos como maestro de oración por la familiaridad de su trato con Dios a través de Jesús, y con María, la Virgen pura. Es también patrono de la buena muerte –eso fue la suya- y patrono de la Iglesia. Acudir a su intercesión es camino seguro de alcanzar bendiciones divinas. Texto: Hna. María Josefa Cases.
La vida te da gratas sorpresas y no hace mucho tuve la suerte de recibir un cd que me dio mucha alegría. Nuevamente tenía entre mis manos un cd de Fray Nacho y me llegó en un momento en el que como dice una de sus profundas canciones, en mi vida, por lo que estoy viviendo puedo decir: “Gracias, sólo puedo darte gracias”. Gracias Señor, porque vivo y sueño enamorada, porque mi latir está contigo; sí, gracias por el brillo que pones en mí.
A veces podemos contar acontecimientos importantes que suceden en nuestra vida y nos desbordan de alegría, como así me ha sucedido recientemente, al vivir mis votos perpetuos, al tener el gozo de ver crecer mi familia carnal con dos niñas que nos iluminan el rostro al mirarlas y ensanchan el corazón en el amor, por todo ello, sé que sólo puedo darte gracias Señor.
Entro en la habitación recogida en un silencio interior que me hace sentir paz, donde Él hace que tenga otra mirada y sé que quiero escucharle, gritar lo que siento, buscarle en su palabra y ahí, en lo secreto, me hablas Señor. Quiero alimentarme de ti, de tu palabra viva que va conduciendo la propia vida.
Acoger el día vivido con todo lo que ha conllevado es ponerme ante ti y ofrecerte los momentos donde ha brotado la alegría y también las lágrimas. Es ver que te haces presente siempre, que nos invitas a dar un paso adelante en la fe, en el amor. Si hoy he tendido la mano al que sufre, brotará una mirada diferente, un corazón que late desde el amor.
Hace unos días hablaba con una amiga y me comentaba alguna inquietud con respecto al futuro. Lo cierto es que hay que pensar en tantas cosas que podemos llegar a “agobiarnos” a causa de los miedos, de no llegar allá donde tú esperas… ¡de tantas cosas! Creo que hemos de preocuparnos por todo ello siempre y cuando no llegue a hacernos daño, es decir, todo en la vida es medio para que nosotros seamos felices, no para lo contrario, por eso hemos de ser nosotros que cojamos el timón con fuerza.
San Pablo en la carta a los Filipenses afirma que “lo que entonces consideraba una ganancia, ahora lo considero pérdida por amor a Cristo”.
Muchos de los fragmentos evangélicos que vamos meditando a lo largo de la cuaresma, relatan a menudo curaciones milagrosas hechas por Jesús. Todos los milagros desatan el agradecimiento de aquellos que por su fe en el Hijo de Dios son curados, pero los evangelistas no evitan dejar constancia que entre los demás, sus familias, sus acompañantes, las reacciones no son siempre de júbilo. Los evangelistas no silencian la reacción de duda, de interrogante, y a veces de disgusto que el milagro genera entre aquellos que están cerca del que ha sido salvado.
Cuando niña me encantaba escuchar a mi abuela comentar las parábolas del Evangelio. Hoy recuerdo las diversas reacciones que he tenido a través de mi vida frente a la parábola del “Hijo pródigo”. Este pasaje se lee con frecuencia en este tiempo: En la lectura de la Misa y en meditaciones cuaresmales, en celebraciones penitenciales es uno de los fragmentos favoritos como tema de reflexión.
El hijo pródigo, que no es tal, sino el hijo fresco, me parecía en mi niñez un muchacho descarado, un sinvergüenza que se atrevía a pedir la parte de herencia a su padre. Y casi me enojaba al oír que su padre, que sí que era pródigo, le diera la parte de su fortuna que le correspondía.Cuando regresaba a la casa de su padre, daba la razón al hijo mayor que se enfureció al conocer que su padre había preparado un banquete para celebrar el retorno de su hermano menor. Pues si señor, este hijo no merecía tal parabién.
Hay muchas maneras de demostrar a la gente que la quieres. Existen diversas formas de acompañar a una persona, de decirle que estás con ella, que la apoyas y respetas. Podemos decirlo con nuestras palabras, con una sonrisa, un guiño, con la mano o simplemente con nuestra manera de actuar y ser. A veces no nos damos cuenta y no tomamos como importante o como hecho de gran valor el estar al lado del otro.
Personalmente he de agradecer mucho y a muchas personas que he sentido cerca en muchos momentos de mi vida. Lo agradezco porque aunque parezca banal, he sentido la fuerza para luchar, el impulso para actuar y la alegría de sentirme apoyada y querida para afrontar la vida. Siempre lo he dicho y sigo repitiéndolo, pienso que necesitamos del otro, creo que no podemos caminar solos por la vida.
El hombre es un ser “peregrino” que va buscando aquello a lo que se siente llamado, es decir, aquello que le hace feliz. El camino a veces es largo y con muchas curvas, incluso puede tener hasta piedras en él, aunque no quiere decir que no se pueda atravesar. San Agustín, después de una búsqueda incansable, descubrió que Dios era la pieza más importante, era quien le colmaba y hacía feliz de verdad, por ello sus palabras “Señor, nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
El ser humano quiere ser feliz, encontrar su lugar y luchar por ello. Cuando miramos alrededor nos damos cuenta de que estamos rodeados de muchas personas, la familia, los amigos… son aquellas personas que queremos y que nos quieren, por las cuales somos capaces de hacer cualquier cosa porque el amor nos mueve, nos llena y nos llama a actuar, a preocuparte por el otro, a no pensar en uno mismo sino a abrir nuestra vida.
Leía una reflexión en que se afirmaba: “Todos tenemos heridas en el corazón”. En aquel texto, al leer esa frase, me impactó pero a la vez no me dejó indiferente. A veces cuando lees determinados textos crees que no van para ti sino para los otros…pero al final acaba saliendo tu realidad con tus heridas.
Estaba haciendo unos días de retiro y en ese ambiente, inevitablemente entrando más a fondo en mí, esa afirmación de las heridas en el corazón también se hacían realidad en mí. Cuando todo va bien se siente cierta armonía y es reflejo en la vida de cada día en ti y en tu relación con los otros pero cuando “no es oro todo lo que reluce” hay que tener la fuerza para podar aquello que te produce mal, en la que no reluce el bien y lo sabes.

El ayuno, la oración y la limosna han sido desde siempre los pilares donde se apoya el camino cuaresmal que conduce a la Pascua. Jesús en el evangelio de Mateo 6,1-6;16-18 que se lee el miércoles de ceniza, comenta estos tres aspectos. Estas prácticas ya eran esenciales en la vida de todo buen judío del antiguo Israel.
Pero Jesús pone el acento en la actitud interior a tener en cuenta cuando ayunamos, cuando hacemos limosna o cuando oramos: “Cuando ayunéis no andéis cabizbajos como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan”. Y lo mismo cuando hagamos limosna si lo hacemos para que nos den las gracias y nos lo reconozcan ya tenemos nuestra recompensa. Y si vamos a la Iglesia para hacernos pasar por piadosos. ¿Es que Dios Padre escuchará nuestra oración? Esto sería hacer como el fariseo de la parábola que se jactaba de sus ayunos y limosnas y salió del templo sin justificar y sí el publicano que desde un rincón pedía al Señor que tuviera piedad de él.
Era un día esperado, deseado y llegó la hora el pasado 25 de Enero de 2008 para Hna. Conchi y para mí de hacer votos perpetuos como Dominicas de la Presentación. Un día especial que permanecerá en el corazón para siempre. Ahora puedo afirmar, que el día de los votos perpetuos es sin duda, una gracia inolvidable y también difícil de expresar en palabras porque Alguien traspasa tu corazón y te desborda.
Mis primeras palabras cuando inicié la aventura de la vocación a la vida religiosa fueron: “Yo soy un proyecto de Dios”; era como decir, “nada hay hecho, intuyo algo en construcción y algo grande que ha abordado en mi vida, abriendo otra Vida”. Ahora, “Soy un proyecto de Dios perpetuo”.
Hay un pasaje del Evangelio que cuentan los tres sinópticos que siempre me ha llamado la atención. Es la del poseso de Gerasa: Mt. 8, 28-34; Mc. 5, 1-20 y Lc. 8, 2639. Este pobre poseso que una vez liberado de los demonios está en sus cabales sentado a los píes de Jesús. ¿Qué pasó por interior de aquel hombre?
No sabemos si hubo un diálogo entre él y el Maestro, lo único que nos relata el evangelio es que al ver marchar a Jesús en la barca, el hombre le rogó que lo llevase con Él. Pero Jesús le dijo: “Vuelve a tu casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho contigo”. Y la narración termina diciendo que fue por toda la ciudad proclamando lo que Jesús había hecho con él. Aquí vemos claramente lo que Jesús dijo a sus discípulos: “No me habéis elegido vosotros a mi sino que yo os he elegido a vosotros”.
Muchos salmos de la liturgia de las Horas, especialmente algunos de los que rezamos al empezar el día, a la hora de Laudes nos invitan de forma más o menos explícita a “cantar al Señor un cántico nuevo”.
Sin embargo muy a menudo nuestro día comienza no como algo nuevo, sino como pura continuación del ayer: volvemos a la misma rutina y a la repetición a veces mecánica de gestos y ritos, pocas cosas son nuevas en el inicio de la jornada, más parece que hoy será en todo semejante al día de ayer y volveremos a encontrarnos con los mismos problemas y parecidos lugares. Y es que todo aquello que ayer no conseguimos poner en manos de Dios, hoy lo retomamos de nuevo y vuelve con la intensidad de lo que parece no acabar, o de lo que no hemos sabido acabar bien.
“…Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará…” (Mc 8, 34-35)
Estas palabras del evangelio en las que Jesús nos habla claro respecto a lo que significa seguirle, me surge una pregunta: ¿Te seguiré Señor? “Sí, seguiré al Señor… pero estoy dispuesto a todo, ¿venga lo que venga?”.
Al sentir la llamada del Señor, se nos invita a darle una respuesta, se establece un diálogo, entro en relación con el Dios que sale al encuentro, que se hace el encontradizo y que espera una adhesión total, sin reservas a Él. A la vez, se crea una responsabilidad ante lo que espera de cada uno, porque cada respuesta es individual y en esa llamada hay una vida personal a poner a su servicio, en una opción de vida concreta que comporta un camino de fidelidad.
Una tarde de domingo puede dar para mucho e incluso acabar sorprendiéndote, y así fue, sin haberlo planeado, un paseo inicial en buena compañía acabó a la orilla del mar, contemplando una noche serena, donde se iba serenando a la vez el propio interior. Hacía tiempo que no disfrutaba de un regalo así, esa gratuidad de contemplar la luna llena reflejada en el mar. ¡Cuántas oportunidades tenemos de disfrutar en lo sencillo y cuanto bien nos hace!
Hoy se cumplen 150 años de las apariciones de la Virgen María en Lourdes. ¿Cuántos enfermos habrán pasado por la gruta de Massabielle en Lourdes para implorar la curación de sus enfermedades, cuantos corazones afligidos no habrán puesto sus súplicas a los píes de María?
Pero lo que más me ha llamado siempre la atención de este lugar mariano no son los milagros, que en realidad no son tantos, sino la alegría de ver a los enfermos regresar con su misma enfermedad pero con una paz increíble. Allí a los píes de la Madre de Dios encuentran la fortaleza para llevar su enfermedad con garbo. Recuerdo particularmente el caso de un enfermo que vivía en un barrio extremo de Barcelona, estaba desahuciado y la situación económica de la familia debido a su enfermedad era precaria. La hospitalidad de Lourdes le ofreció por dos veces la posibilidad de ir a Lourdes.
El senador Ed Mukie sentenció en 1970 que había dos clases de políticos. “Existen políticos del miedo y los políticos de la confianza. Unos dicen que estamos rodeados de peligros monstruosos. Los otros dicen que el mundo es un lugar incomprensible y peligroso, pero puede ser conformado según la voluntad de los hombres”.
Ciertamente también hay personas, que sin ser políticos, se ensañan en ver mal por todos lados: Todo es corrupto, vil, despreciable. Otros, se esfuerzan en ver lo positivo que hay en el mundo: La bondad de un simple gesto de acogida, la sonrisa de un niño, el gesto del joven que ofrece su brazo a un anciano.
Hay momentos en la vida en los que cuesta ver la luz, aquello que estas viviendo es para un bien o de esa situación se sacará algo bueno para la vida, es verdad de que nada cae en saco roto pero es ahí donde hay que mantenerse fiel, cuando todo te está superando, cuando no encuentras respuesta a ciertas preguntas, cuando crees que podría vivirse de mejor manera ciertos acontecimientos que son importantes para tu hoy y está en juego tu mañana y en todo ello solo quieres seguir siendo fiel al Señor.
Muchas son las veces que hemos releído el pasaje donde aparece Moisés en el Horeb, el monte de Dios. Allí se produce un encuentro entre él y Dios. Se le aparece en forma de llama entre una zarza, pero curiosamente ésta no se llegaba a consumir, y Moisés estaba sorprendido ante tal espectáculo. Es allí donde Dios le habla y dice que pisa tierra sagrada. Moisés sabe que no es algo fugaz, algo pasajero sino que Dios mismo ha venido y hablado al corazón, a su vida, por eso se de tapa la cara al sentirlo. El hecho de tapársela no es miedo ante la presencia de Dios sino de respeto, de sentirse indigno ante la elección que Dios había hecho hacia su persona, y a su vez de experimentar la felicidad y el Amor.
El día 2 de febrero la Iglesia celebra la Presentación de Jesús al templo y desde hace ya años es el día de la vida consagrada, es decir la fiesta de todos aquellos que han optado por consagrarse en la vida religiosa al servicio de Dios y del prójimo. Pienso que el Evangelio que se lee en la Misa de esta fiesta, da la razón del por qué se ha escogido este día y no otro.
En el texto de Lucas 2, 22-40 aparecen diversos personajes y todos hombres y mujeres dedicados al servicio del Señor:
He afirmado en muchas ocasiones que los caminos de Dios no son nuestros caminos, y creo que no son los nuestros porque no todo lo que nosotros pensamos que es bueno en un momento determinado tiene por qué ser así, porque la medida que nosotros utilizamos ante la vida no es la medida de Dios, porque la mirada misericordiosa de Dios es muy distinta a la nuestra y porque creemos que rezando y cumpliendo unas ciertas “leyes” tenemos derecho a algo más.
Por supuesto que Dios se sirve de todo, y no tengo duda de que ilumina el corazón humano para actuar a través del hombre, pero éste ha de estar abierto a ello, ha de saberse instrumento de Dios y dejarse hacer por Él, “dibujar” en el quehacer diario a la manera de Aquel que nos ha amado primero.
Jesús cansado del camino se sienta junto al pozo de Sicar. Era mediodía y el calor era sofocante. De repente, aparece una mujer de no muy buena reputación, a sacar agua del pozo. La hora no era la más apropiada. Las mujeres preferían ir al pozo a las primeras horas del día antes de que el sol calentase. ¿Por qué esta mujer fue tan tarde al pozo? ¿Sería para evitar la mirada un tanto dura de las otras mujeres del lugar o sería porque al ver un hombre extranjero se sintió atraída por la curiosidad de saber quién era, qué hacía allí o quizás tenía otro motivo para acercarse a él?
Es bien conocido el pasaje bíblico del Hijo Pródigo. En él, me he fijado en la figura del padre, cómo “Es el padre que otea el horizonte para ver si regresa su hijo y, al verlo, corriendo se le echó al cuello y le besó” (Lc 15,20) El hijo había sido infiel a su filiación, pero el padre jamás dejó de ser fiel a su paternidad”.
Para llegar a recibir el abrazo del Padre, primero se ha producido una lejanía respecto a la filiación, después se pasa por el desierto del propio yo y ahí se toma conciencia de la situación real, del pecado y la infidelidad.
A lo largo de la vida hay muchos momentos en los que esperamos, sí, estamos atentos a algo que queremos que pase, a algo que nos han dicho que ocurrirá… esperamos lo que nosotros mismos deseamos, o tal vez, lo que creemos. Esperamos un día mejor, un buen trabajo, esperamos lo mejor para las personas que queremos, también esperamos el autobús en la parada mientras hace un frío polar… y seguimos esperando, pero lo hacemos según nuestro punto de vista, según nuestras miradas.
Dios promete, y nos promete el Amor que estamos esperando, un amor verdadero que puede hacer que dejemos de esperar otras tantas cosas que, al fin y al cabo, no tienen ningún valor. Dios promete… se hace el encontradizo en nuestra vida, en todos los acontecimientos que vamos viviendo. La promesa de Dios no está lejos de cada uno, todo lo contrario, lleva escrita nuestro nombre, porque somos nosotros los que hemos de dar el último paso.
Sí, sí, sí... Podríamos decir que es un sí trinitario que merece una gran felicitación. El próximo viernes, día 25, nuestras hermanas blogueras, Ana Isabel Pérez y Conchi García, dirán su SÍ perpetuo al Señor, no digo definitivo porque me consta que hace años que lo dieron. Así es, nuestras hermanas por los lectores conocidas por sus reflexiones sencillas y profundas van a celebrar sus votos perpetuos en la Congregación que tanto aman. A imitación de Marie Poussepin quieren dar este último paso de consagración religiosa "para vivir y morir al servicio de la Iglesia en el ejercicio de la caridad" cómo dice la fórmula de profesión.
Quiero empezar la semana con esta noticia, que lo es también para la Iglesia y para que los lectores disfruten del mismo gozo que nosotras y las puedan felicitar. Y claro está rezar por ellas y por nosotras, para que el Señor, que nunca falla, nos mantenga en la fidelidad y nos dé el empuje para dar testimonio de su gran amor y de esta vida que tanta felicidad nos proporciona.
Sólo decirles a Ana y Conchi que nunca olviden su sí primero, esa ilusión primera que nos mueve a darnos a Dios y a los otros y que con la oración lleven y llevemos las vidas de tanta gente que se nos acerca o simplemente nos escribe. Y que recuerden que el próximo viernes caen definitivamente del caballo.
Un abrazo y felicidades. Texto: Sor Gemma Morató.
Cada mañana el sonido del despertador hace iniciar el día, más o menos la hora está fijada para levantarse, esa rutina nos hace ponernos en pie con todo lo que conllevará la jornada.Es así, como en nuestra vida también tenemos cosas fijadas, programadas, pero muchas son las veces que no suenan a nuestro ritmo, a nuestra hora o como desearíamos que sonaran.
Entonces, hay un momento veloz en que parece que suena el despertador cuando más a gusto dormimos, cuando nos sentimos bien, cuando es dulce el sueño y abres los ojos a la realidad que palpas… tú crees que es la hora de levantarse, de responder al Señor, lo ves cerca y resulta que la otra persona te sorprende y libremente decide irse…y te preguntas: ¿dejó de sonarle la hora de Dios? ¿Por qué ahora apaga el despertador?
Me gustaría compartir a continuación unos pequeños fragmentos de un libro de San Anselmo para que nos ayuden en nuestro quehacer cotidiano, tratando de descubrir a Dios:
“Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: “Busco tu rostro Señor, anhelo ver tu rostro”.
“Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré”.
Texto: Hna. María Josefa Cases.
Dios llama, sigue llamando y confiando en que somos lo suficientemente fuertes y valientes para responder a su llamada. Cuando Dios llama se ha de responder porque nosotros mismos somos responsables de lo que se nos ha confiado. No vale el “ya será”, “ya lo haré”, “cuando lo vea claro…”, porque si estamos esperando ese momento, nunca llegará. Evitar la respuesta es dar ya una respuesta, aquella de no estar interesado, es decir, una respuesta negativa.
El miedo para dar ese paso puede hacer de nosotros personas tristes e incompletas, con un peldaño aún por subir, con una incógnita por resolver, aunque no nos sea tan extraña. Ese miedo paraliza, no te deja avanzar ni caminar y lo que es peor, el miedo justifica nuestros argumentos, acciones y decisiones; con otras palabras, el miedo convence a uno mismo del paso atrás que se da, o del que no damos.
Muchos son los momentos que nos van acompañando a lo largo de un día, y por supuesto, muchos los que vas encajando, aceptando, agradeciendo…sencillamente viviendo en cada momento. Hace unos días estuve en la celebración de la Eucaristía de la prisión, son varios años los que llevo en contacto con este mundo tan “poco deseado”, pero puedo asegurar que siempre me sorprendo, no salgo impasible de allí, y me llega al alma las caras de esas personas que desean cambiar, dar un giro a sus vidas y olvidarse de todo cuanto ha sucedido porque no quieren perder a sus familias.
La principal motivación que tienen para seguir luchando, haciendo frente a sus realidades… es la familia, los padres, la mujer, y sobre todo los hijos… ellos son el principal motor por el que la persona siente la necesidad de salir de ese mundo oscuro para llegar y situarse de otra manera frente a la vida, aunque por supuesto, siempre existen excepciones.
A lo largo de la vida hay películas que se convierten en clásicos para la historia. También en la propia vida hay experiencias que se recordarán, unas con más alegría que otras, a veces, recordadas por aquello de “Lo que el viento se llevó” o bien lo que pudo ser y no fue… pero todo tiene su propio argumento.
Si vas al cine a ver una película puedes tomar la opción de ir a la aventura, te da igual la película pero también puedes decidir tú qué quieres ver, estar interesado en un tipo de películas.
El hospital de San Rafael, es un pequeño hospital de Bagdad, al cual acuden madres gestantes de todas las confesiones. Ha permanecido abierto las 24 horas del día durante toda la segunda Guerra del Golfo, en los momentos más duros de los bombardeos y explosiones, en los toques de queda, cuando la gente no se atreve a salir a la calle, allí está la ambulancia dispuesta a ir a buscar a las madres gestantes que necesitan llegar al hospital y no tienen medios propios. La policía local acude también en ayuda para custodiar la ambulancia o algunas veces el coche particular acerca a la madre a dicho centro sanitario.
Allí están los médicos en espera; Sor Maryanne Pierre, una religiosa iraquí que es la administradora verá el tipo de familia que llega. Si es una familia de pocos recursos, como en la mayoría de los casos, será recibida gratuitamente e incluso la madre al salir del hospital llevará consigo un paquete con ropita para su bebé.
En las fechas de Navidad es cuando suele aparecer con más asiduidad la figura de José. El hombre fiel y valiente que fue padre de Jesús en la tierra. A veces, da la sensación que su persona pasa un poco desapercibida y un tanto ligera porque parece que no es protagonista principal. José, el hombre que guardó todo en su corazón y tuvo una mirada de confianza en Dios también se nos hace persona profundamente importante en el misterio de la Natividad.
En estos días de Navidad, contemplando el nacimiento de Jesús, el Redentor, y aprovechando alguna de las clases de teología en la facultad, me ha gustado profundizar en el término redención. Palabra que puede tener un significado distinto pero no contradictorio si lo miramos desde el hebreo o desde el griego.
En hebreo significaría “ganar para sí” y en griego “liberar de la esclavitud”. Pensar que Dios envió a su hijo al mundo para liberarnos de la esclavitud del pecado, y que por la cruz nos ganó para sí, es un misterio grande del cual muchas veces prescindimos.
Jueves, 16 de febrero
Francisco Baena Calvo
Jose Luis Cortés
Salvador García Bardón
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Carmen Guaita
Josemari Lorenzo Amelibia
Desiderio Parrilla Martínez
Juan Fernandez Krohn
Vicente Haya