Es uno de los veranos de los que guardo un mejor recuerdo, era el año 1966. En invierno trabajaba en un barrio por las mañanas y por las tardes iba a la Escuela de Asistentes Sociales, así que no tenía posibilidad de hacer prácticas durante el curso. Ese año las hice en verano en el Hospital Saint Joseph de Marsella. Fue mucho lo que aprendí y gocé con el equipo de asistentes sociales que había en aquél simpático y dinámico servicio. Hacer entrevistas, gestiones en las oficinas de la seguridad social, visitar casas de convalecencia, visitar enfermos en los diversos servicios para pedirles datos, etc.
Recuerdo muy bien lo que le ocurrió a una pobre señora en el servicio de traumatología, le daban el alta el primero de agosto pero no podía salir del hospital sin faja ortopédica y lo dramático fue que todos los ortopedas de Marsella estaban de vacaciones en agosto, de tal forma que la pobre paciente tuvo que estar un mes de “vacaciones forzadas” en el hospital. Fue un auténtico drama para la señora y para el hospital, ya que no hubo forma de poder solucionar el problema, ni de consolar a la desesperada paciente.
Me dije para mis adentros que esto estaba mal organizado y que debían hacer las vacaciones escalonadas de forma que siempre hubiera un servicio abierto para este tipo de casos. Sin embargo yo que estaba de vacaciones haciendo prácticas gozaba un montón. Conocí la asociación “Le Nit” que intentaba con éxito arrancar mujeres de la prostitución. Primero tenían un tratamiento psicológico, luego les buscaban una familia de acogida para que tuvieran la experiencia de lo que era vivir una situación “normal”, luego les buscaban trabajo. En este hospital daban trabajo a estas mujeres y les ofrecían un apartamento dentro del mismo recinto del hospital durante un tiempo determinado para que así pudieran tener unos ahorros y pagarse la entrada para una vivienda. Pero a excepción de la jefe de personal, nadie sabía quienes eran. Me pareció algo maravilloso que la mayoría de las prostitutas que habían entrado en contacto con esta asociación casi ninguna reincidiera, aunque poner a estas mujeres en píe suponía cinco años de trabajo.
En alguna visita matutina a “Notre Dame de la Garde”, el santuario de la Virgen que mira al mar, le pedía por estas señoras que no habían tenido, seguramente, la suerte que había tenido yo de vivir en una familia que se preocupó por darme una formación humana y cristiana y de haberme brindado la ocasión de vivir la armonía y la paz familiar. ¿Sabemos dar gracias a Dios por la familia que nos ha dado los que hemos tenido este gran regalo? Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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Caer en la prostitución debe de ser, en efecto, consecuencia de una familia de origen desastrosa. Pero sólo es uno de los casos extremos, aunque grave. La familia no es, como institución, sinónimo de "paz y armonía". La familia, sí, es el primer núcleo de apego y arraigo de un ser humano, su seguridad, su garantía de estabilidad...sólo si funciona con respeto e igualdad. O sea: casi nunca. En la mayoría de las familias se oculta la presión, el chantaje emocional, las relaciones de poder abusivo, la desigualdad de trato a los hijos, las desavenencias conyugales disimuladas, el dolor de los hijos. No hace falta recurrir a casos extremos de pobreza y desarraigo. La familia en sí lleva este germen: puede ser el apoyo absoluto para crecer, o la destrucción personal de sus miembros. Lo segundo es, ocultamente, muy frecuente.
Viernes, 17 de febrero
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