Todo el ser de mujer está llamado a ser madre. Es algo a lo que no podemos renunciar cuando nos consagramos a Dios porque entonces dejaríamos de ser mujeres para convertirnos en seres inhumanos, por no decir otra cosa. Cierto que no vamos a engendrar en sentido físico porque justo el amor al que el Señor nos ha llamado es el de ser para todos sin excepción.
Cuando dije a mis padres que había decidido ser religiosa, mi madre exclamó: "Con lo que te gustan los niños, ¿vas a renunciar a tener hijos?". En aquel momento no le di respuesta. Se la di unos años después cuando estuve destinada a un hogar de niños con problemas sociales o familiares. Vino mi madre a visitarme y le presenté todos los niños y niñas de la casa diciéndole: "¡Mira mamá cuantos nietos tienes!".
A la mayoría de aquellos pequeños les faltaba lo que más necesita un niño para desarrollarse: Amor. Sabía que ellos no estarían siempre a mi lado y que probablemente a la mayoría de ellos no les volvería a ver cuando salieran de la casa, pero en aquel momento ellos necesitaban sentirse amados y el amor a Dios me empujaba a amarlos como una madre. ¿Cómo podría amar a Dios que no veía si no amaba a aquellos que veía?
Estaba convencida que a pesar de los desvelos que todas las hermanas les dispensábamos, el futuro de aquellos niños y niñas no iba a ser mucho mejor que el de sus padres, pero por mis adentros me decía: "Al menos que cuando sientan la soledad y el abandono recuerden que alguien les quiso".
Por esta razón mi petición a María, Madre de Misericordia, era que ella los protegiera y acompañara especialmente en los momentos más duros de su vida. Y todavía ahora cuando los recuerdo continuo haciendo la misma petición a María, Madre de Dios y Madre nuestra. Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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Los brazos de nuestra madre son el trono de amor más puro y más noble. En los primeros años de la vida, nuestra madre es para nosotros una segunda providencia.
En los años de la niñez, nuestra madre es nuestra primera maestra; ella nos enseña diariamente a alzar las manos al cielo y a bendecir a Dios.
En la adolescencia, ella nos señala los caminos correctos.
En la juventud, consuela nuestras amarguras, perdona nuestros extravíos y es la única que nunca nos engaña.
Hay una poesía preciosa titulada "Retrato de una madre" y empieza así: Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados. ...
Una mujer que mientras vive no la sabemos estimar, porque a su lado todos los dolores se olvidan,pero después de muerta, daríamos todo lo que somos y todo lo que tenemos por mirarla de nuevo un solo instante, por recibir de ella un solo abrazo, por escuchar una sola palabra de sus labios...
Felicitaciones a las madres, que se lo merecen.
Viernes, 17 de febrero
Francisco Baena Calvo
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Religión Digital
José Arregi
Francisco Margallo
Juan Fernandez Krohn
Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
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