Los evangelistas sinópticos repiten de forma distinta esta misma expresión de Jesús: “toma tu cruz cada día y sígueme”. A lo largo del tiempo de cuaresma esta expresión se va repitiendo en la liturgia, de formas diversas pero con idéntico significado.
Aunque, muchas veces, queremos evitar la aceptación de la cruz y nos escudamos en el interrogante ¿cuál es mi cruz?, ¿qué es mi cruz?, y así no reconocemos la cruz de cada día, aquella que hoy el Señor me da, sólo para hoy, porque la de mañana será diferente.
Dentro de pocos días tendrá lugar el primer aniversario de la muerte de Juan Pablo II, un gran Papa, que a lo largo de su vida anunció a Jesucristo con la Palabra y con la Vida.
Tengo muchos recuerdos personales. Estuve en la plaza de San Pedro el día de su elección, llegó la fumata blanca al caer la tarde con una de esas bonitas puestas de sol romanas; salió el nuevo Papa y muy rápido conectó con la multitud allí presente.
Hay situaciones en la vida que se te presentan delicadas y más cuando las personas esperan una respuesta de ti que a veces pueda solucionarles o dar explicación al sufrimiento.
Una chica me compartía el reciente fallecimiento de un amigo joven y ante el dolor, surgía la pregunta tantas veces escuchada y a la vez difícil de responder. Porque cuando te preguntan también te están dando la respuesta desde una perspectiva que radica en el sufrimiento y que como humanos nos invade el dolor.
Me planteaba, ¿Dónde está Dios?, ¿por qué ha permitido esta muerte?, etc. Y acoges a la persona que te está compartiendo su experiencia de pena y de incomprensión. A mí en esa conversación me vino una idea: la vida es como una "pila", la cuál tiene dos polos, como bien se sabe, el positivo y el negativo, lo que sucede es que cuando toca vivir el lado negativo, cuando la realidad de la vida en la existencia que te rodea te lleva a pensar en el valor de la vida en sí misma y aparece el por qué de esto o de aquello, hay un anhelo en la persona de saber vivir la situación de dolor.
Salgo de casa a paso ligero para oír Misa en la catedral. En una de las puertas laterales hay una señora de media edad que canta el Ave Maria. Sigo caminando y su voz me acompaña a lo largo de la callecilla.
En la puerta de la catedral, como cada día un montón de mujeres a las que yo llamo "plañideras", que acosan pidiendo a todo viviente que entra en la misma.
Al salir de Misa regreso por la misma calle y converso con la cantante del Ave Maria. En pocas palabras me dice por qué se ve obligada a cantar en la vía pública. Pobre mujer –me digo- cuántas personas se encuentran en las mismas condiciones.
Somos afortunados por estar vivos y poder gozar de las cosas del mundo, de lo que nos rodea. Por norma general no queremos las cosas fáciles (aunque digas que sí), queremos retos.
Esto me resulta curioso, porque si no consigues el reto que te propones te deprimes. Tu vida pierde sentido y en ese momento piensas, pero bueno que hago yo aquí, esto no esta hecho para mí, etc. En este momento lo más fácil para algunos es pensar en quitarte la vida y no te acuerdas de lo que has vivido, de la gente que te quiere, de todo lo que te rodea.
Hay cosas que oímos, vemos o simplemente nos cuentan y... ahí quedan, no llegan mucho más lejos. Y no es por mala voluntad sino porque no llegamos a pensar más allá, quizás no damos la suficiente importancia a aquello que no nos toca directamente.
Lo que verdaderamente sucede es que detrás de lo que en algún momento ha pasado por nuestra vida, hay una forma, un tiempo, una vivencia, un latir, en fin, una vida.
Sin duda, he encontrado mucha gente que sufre en distintos aspectos, tal vez por desesperación, por violencia, porque la droga entró en sus hogares o porque el alcohol se adueñó y apoderó de un miembro de la familias... Ante esta situación opinamos sin reservas, juzgando y dando por bueno lo que creemos; a veces pienso que nos parecemos un poco a lo que dice Hamlet: "palabras, palabras, palabras...".
Me han regalado un libro, el título es "La Primera Semana Santa", hablo de él porque para mi tiene un sentido especial, lo ha escrito mi hermano. Es bueno y apropiado para este tiempo, sobre todo para vivir la Semana Santa paso a paso, me está ayudando y pienso que puede ayudar a otros. El autor es Enrique Cases, sacerdote, y está editado por Ediciones Internacionales Universitarias.
Como cada día, después de la eucaristía salgo del convento y cojo el metro para ir a la universidad. El trayecto, a veces incómodo por la aglomeración de gente, lo amenizo leyendo el diario gratuito que dan.
Me gustan los deportes y es lo primero que leo, pero ese día, buscaba una noticia distinta que intuí podía aparecer. Tantas eran las ganas de poder encontrarla que ni la encontré, así que como habitualmente fui mirándome los deportes tranquilamente. Llegue a la universidad; una compañera rápidamente me comentó que había leído una noticia sorprendente acerca de unas monjas y quería saber qué opinaba yo.
¡Cuanta gente buena hay por este mundo nuestro! A lo largo del día, con cuantas personas buenas compartimos el trabajo, las ideas, o intercambiamos opiniones, sin hacerse notar por nada. Dispuestos para ayudar, desprendidos para dar, con tiempo para escuchar, serviciales para acompañar.
Hace tres años que los Estados Unidos iniciaron la invasión contra el “eje del mal”, en Irak, para que este pueblo ganara la libertad después de tantos años de opresión y temor bajo el régimen de Sadam Husein.
Pero, ¿qué clase de libertad ha ganado este pueblo? ¿A qué se le llama libertad? A vivir bajo el terror de las explosiones; a no poder salir de casa con tranquilidad porque en cualquier esquina puedes encontrarte con la muerte; a carecer de artículos básicos a no ser que acudas al mercado negro; a estar enfrentados musulmanes entre sí y con los cristianos, que aún siendo minoría vivían con mucha más libertad que en los otros países islámicos.
A veces contar tu propia vida, tus propias experiencias y proyectos, no es fácil. A mí me cuesta mucho poder llegar a expresar lo que verdaderamente siento y vivo, tan solo llego a dar un ligero matiz o una suave pincelada de aquello que forma parte de mí, de mi vida, supongo que como muchas otras personas.
Hoy no puedo dejar de compartir la alegría de lo que quizás se pueda llamar, normal o cotidiano. Precisamente, de lo que muchas veces estoy acostumbrada y ni siquiera presto atención..., hoy he podido ver y sentir algo más, me he dado cuenta de lo importante que es la escucha, la relación sencilla, natural y espontánea con los otros.
Litúrgicamente hoy celebramos la fiesta de San José. Ese hombre honrado, justo, trabajador, discreto y humilde. Pocas palabras conocemos de él pero muchas son las cosas que podemos aprender de este “siervo bueno y fiel a quien el Señor ha puesto al frente de su familia”, para sacar adelante la familia de Nazaret, con su delicado cuidado y trabajo incansable.
Ayer fui a Misa a la catedral, casi cada sábado vamos varias hermanas. Me gusta ir, parece que sea una manera inconsciente de renovar mi comunión con la Iglesia. Mi fidelidad...
Había más gente que de costumbre, empezaba tarde... qué raro. Pero luego ya supimos el por qué. Un sacerdote mayor, canónigo, de los fijos allí, celebraba 61 años de sacerdote. Decía, que a esas mismas horas en 1945 estaba postrado ante el altar junto a otros nueve jóvenes.
San Rafael significa medicina de Dios. Tengo una devoción especial a este arcángel a partir de mis frecuentes estancias en Bagdad. Las Hermanas Dominicas de la Presentación contamos más de 130 años de presencia en la ciudad de las Mil y una Noches.
Regimos un pequeño hospital de 34 camas que lleva el nombre de San Rafael (Fue donde murió el periodista José Couso).
Este centro es muy apreciado por sus habitantes y también por los extranjeros que en tiempos de paz acudían a Irak por los atractivos arqueológicos que ofrece el país de Abraham.
Iniciar un día es un regalo que Dios nos hace. Se nos ofrece la posibilidad de descubrir cosas nuevas y de profundizar en las antiguas. Aquello que ayer quedo a mitad, o sin hacer, hoy puede ser de verdad nuevo.
Por esto, iniciar una jornada puede compararse a la posibilidad de estrenar algo, y ¿a quién no le gusta estrenar? ¿Quién no tiene ganas de comenzar un camino nuevo? El profeta Isaías nos dice “lo antiguo ya pasó, algo nuevo está naciendo, ¿no lo veis?".
Caminar... buscar, desear algo nuevo, algo diferente, que llene tu vida, ¡no parar! Ese es el motivo, ese es el esfuerzo, este es el camino. Un día, como uno de tantos, después de muchas vueltas... lo encontré, sí, hoy puedo decirlo: encontré a Aquél que llena mi vida, que da sentido a todo lo que hago, que es el motivo de mi alegría y felicidad.
Lo encontré... y lo he de gritar, he podido palpar todo lo que me ha dado desde siempre. Dios irrumpe con un sabor dulce y suave a la vez, para llenarme y confortar la debilidad de mi persona.
Saborea la espuma y cuando pase… permanece en el Señor. ¡Cuánto bien me han hecho estas palabras del sacerdote de mi pueblo! Palabras de una tarde de verano, de hace ya algunos años, en la que Dios dió un giro inesperado a mi vida.
Había quedado con el sacerdote de mi parroquia para hablar, porque no podía más y quería compartirle lo que me estaba pasando y cómo intuía que Dios se había puesto a tiro en mi vida, mejor dicho, sentí su llamada y me dejé alcanzar.
En el Evangelio de San Marcos 2,1-12 se nos narra cómo unos personajes introducen a un enfermo hasta la presencia de Jesús, descolgándolo desde el terrado de la casa donde se encontraba. 
El evangelista nos dice que con este acto consiguieron la sanación física y moral del enfermo. No nos explica nada más, no nos habla de cual fue la reacción de los demás que estaban allí presentes, ni como se lo tomaron los dueños de la casa al ver que alguien levantaba parte de su tejado, tampoco volvemos a saber nada más de esos amigos que hicieron cuanto pudieron para lograr la salud del amigo paralítico.
El ayuno que Dios quiere nos dice el profeta Isaías no es cubrir nuestra cabeza de ceniza sino tener compasión y misericordia del oprimido. ¿De qué nos serviría el ayuno cuaresmal si en estos días no tenemos una atención más curada hacia los desvalidos de nuestra sociedad?
San León, el Grande, uno de los papas de los primeros siglos de la Iglesia, en uno de sus sermones nos dice que nos tenemos que purificar de nuestras imperfecciones y faltas por medio del ayuno y de la misericordia. Este santo, no separa estas dos realidades. No podemos vivirlas en una dicotomía sino en una unidad inseparable. Además de la sobriedad en el comer y en el esfuerzo para corregir nuestros vicios, hay que añadir la cosa más útil y razonable que es la limosna bajo el único nombre de “misericordia”.

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”. Mt. 25, 35-36
Comenzar por este texto de la Palabra de Dios es para mí algo especial y a la vez novedoso, ya que cada vez que lo leo me sirve para dar un vuelco a la vida, para sacudir tanto polvo que en ocasiones hace que se nuble lo esencial e importante. La experiencia de cada uno es única e irrepetible, y cada segundo que pasa no lo volvemos a encontrar, en todo caso, será diferente aunque parecido.
La cuaresma es un itinerario de reflexión y oración intensa, esa oración que sale del corazón, que se expresa con las palabras y se pone en práctica en nuestra vida cotidiana con cuantas personas nos relacionamos.
Jesús nos enseña a dirigirnos al Padre como hijos, no como extraños, con la oración más hermosa que es el Padrenuestro.
Pedir, porque es la actitud humilde que evita el orgullo de quien piensa que por sus propios méritos alcanzará la perfección. Reconocer la propia verdad de criatura necesitada. Orar como hijos a ese Padre que está en los cielos, y no desoye nunca nuestras súplicas.
Mucho hay escrito, se habla y se hablará sobre la vida religiosa, así que me apunto a hablar también desde mi perspectiva y vivencia. El futuro de la vida religiosa está en la apertura a las realidades de nuestro presente. Nadie puede dudar que el tiempo va marcando y escribiendo la Historia.
Para las Dominicas de la Presentación, ya desde su fundación (1696), está arraigado en el propio carisma el estar abiertas a las necesidades del mundo. Hay que hacerlo de puertas hacia fuera y también de puertas hacia adentro en la novedad que se nos presenta con la llegada de nuevas vocaciones.
Sí, nos toca bien de cerca la novedad de las personas que están tocando a nuestras puertas; ello conlleva, estar abiertas a las nuevas vocaciones, en nuevos tiempos.
Desde el inicio de la cuaresma, cuando el miércoles de ceniza el sacerdote nos la impone, las palabras que escuchamos son “convertíos y creed en el Evangelio” y con ello queda plasmada la primera invitación de este tiempo litúrgico.
Cuaresma, decimos con razón, es tiempo de conversión. Y a veces nos atrevemos a preguntarnos conversión de qué y a qué. Si “convertirse” quiere decir cambiar de orientación, de dirección la vida, entonces empezamos a entender la invitación que la Iglesia nos dirige en este tiempo.
Sí, les duele nuestra alegría. Cuando hablamos del sufrimiento humano, del amigo que murió de sida, del trabajo continuo, del dolor de la guerra… no dicen nada, callan, asienten, lo encuentran bien. Lo convierten en normalidad.
Pero cuando además del sufrimiento demostramos, explicamos, que nuestra vida religiosa vale la pena, que somos felices, no nos creen, se quedan con algunos estereotipos, con un pequeño núcleo conocido. Les duele nuestra felicidad y la tachan de falsa.
Cuando yo jugaba al escondite con mis hermanos y amigos, para salvarte tocabas la pared y decías: por mí, por mí primero y luego por todos mis compañeros.
Todas las personas tendemos a ser egoístas, sólo pensamos en: yo, mi, me, conmigo. Cuando un niño ve un caramelo dice: es mío, aunque no sea así, pero ¡cómo le dices tú que no! Además ese niño no puede concebir que ese caramelo no sea suyo.
Cada día es algo nuevo, nunca sabes lo que pasará o qué te podrás encontrar, estamos inmersos en cierto modo, en una “aventura” que por supuesto, merece ser vivida con todas nuestras fuerzas. Estas ganas de luchar por nosotros y los demás son el motor de lo que queremos hacer con nuestra vida, aunque el riesgo forme parte de ello.
Expresar lo que llevamos dentro no es tarea fácil pero sí posible, nunca hemos de dejarnos vencer por todos aquellos obstáculos que a veces topamos de frente. La alegría hay que comunicarla, expresarla, ¡gritarla!... porque esta alegría no sólo se tiene sino que se vive.
El domingo, ese día de la semana con un matiz especial. En general se tiene más tiempo para el descanso, para cambiar de ocupación, para disfrutar en familia. Sin embargo es bien cierto que muchas personas trabajan, incluso más que cualquier otro día. Y quien esté más libre puede ayudar a quien lo necesita, buena cosa para este día festivo.
Mi mejor amigo murió de sida. Hace unos meses, después de una larga y dura enfermedad, claro. Durante años llevó él solo la carga de esta enfermedad, no la aceptó, no la compartió, no existía dicha dolencia. Se fue consumiendo. De joven bien plantado, a estar encogido en la cama del hospital, costaba mirarle, daba miedo y su mente se volvió de niño chico.
En nuestras vidas, hay frases a veces demasiado hechas o escuchadas, pero en ciertos lugares sorprenden más. Quién no ha oído decir alguna vez: ¡la vida son dos días!
Recientemente, en la escucha de una homilía, con fuerza llegó a mis oídos, una frase con un matiz distinto: ¡La vida son dos días… vivirla para el Señor y para los demás vale la pena!
Todos deseamos la paz. Paz con nosotros mismos y paz con los demás, por eso aprecio mucho el tema que escogió el Papa para la “Jornada Mundial de la Paz” de este año: “En la verdad, la paz”.
Paz para el mundo, paz en nuestra vida cotidiana; cuando busco trabajo, cuando ya lo tengo, cuando debo atender a los cientos de detalles que se acumulan a lo largo de cada día, paz sobre todo en la familia y así un largo etcétera.
Si se nos presentara el diablo peludo, con rabo, cuernos y alas de murciélago, ¿quién le haría caso? Pero lo que ocurre es que él se presenta con forma humana o mejor dicho hace que los humanos se conviertan en tentadores.
Cuando Jesús expuso a sus apóstoles que el Hijo del Hombre tenía que sufrir mucho, Pedro se puso a increparle diciendo que esto no le podía ocurrir. La respuesta fue muy dura: “Apártate de mi Satanás porque eres para mi un motivo de escándalo”.
Sábado, 2 de junio
Josep Maria Tarragona
Juan Fernandez Krohn
Asoc. Humanismo sin Credos
Pedro Tarquis
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
JC Rodríguez, A Eisman
Religión Digital