Con este título reflexiona sobre las cuatro décadas de resaca tras la encíclica Humanae vitae el médico ginecólogo y profesor de Bioética en la Facultad de Medicina de la Universidad de Lisboa, Miguel Oliveira da Silva.
No es un clérigo teólogo, sino un seglar casado, avalado por la experiencia de la medicina y de la vida matrimonial, quien extrae de su formación filosófica y científica el método para hacer el diagnóstico delas patologías de su iglesia, a la que cuestiona con la honestidad del creyente adulto y la que critica como tratamiento apropiado para un pronóstico de renovación esperanzada.
El doctor Miguel Oliveira da Silva, como miembro de la Comisión Nacional de Bioética, desde su doble dedicación a la ginecología y la bioética, apuesta incondicionalmente por la relación de diálogo propuesta por Juan Pablo II “entre iglesia y ciencias” y “entre creyentes y no creyentes” (Evangelium vitae, n. 27).
Él practica ese diálogo reflexivamente, como demostró en su obra Ciência, religiâo e Bioética no início da vida (ed. Caminho, 2006) y como ha desarrollado en esta última: A sexualidade, a Igreja e a Bioética. 40 anos de Humanae vitae (ed. Caminho, 2008).
Se leen con interés las vicisitudes desde el Concilio hasta la publicación de la funesta encíclica, que causó la mayor pérdida de credibilidad a la iglesia católica en el siglo XX. Presenta los “encantos y desencantos” del mundo bioético ante el tema de la sexualidad y la necesidad de cambio de paradigmas de pensamiento en la encrucijada de lo científico, lo ético y lo terapéutico. Pero, sobre todo, plantea la exigencia de un nuevo paradigma de ética sexual dentro de la Iglesia.
Con el doble bisturí del médico y del pensador, opera el autor sin miedo los tumores que están pidiendo a gritos extirpación, para mejorar el pronóstico de una iglesia y una teología moral enfermas de cuidado: acceso de la mujer a todos los ministerios eclesiales y a la jerarquía eclesiástica, celibato optativo, participación en la eucaristía de personas divorciadas viviendo en una nueva unión de hecho, sexualidad de célibes por vocación religiosa, legitimidad de relaciones sexuales pre-matrimoniales, sexualidad en contextos de orientación homosexual, eticidad de métodos contraceptivos, técnicas de procreación médicamente asistida y manejo de embriones pre-implantatorios, etc.
Pone el dedo en la llaga de los tres grandes errores de la encíclica de Pablo VI: 1) confundir lo artificial con lo antinatural, 2) entender la ley moral de un modo fixista y naturalista, y 3) creer que es competencia de la iglesia el interpretar dicha ley e imponer su interpretación a la ética. Como consecuencia de esta encíclica, la iglesia pierde credibilidad hacia fuera y angustia dentro de ella a unas pocas personas (¡cada vez menos!) que la siguen a la letra, creyendo que está prohibido pensar.
Con fidelidad crítica de creyente, con lealtad cuestionadora de pensador y con exactitud de científico, propone el Doctor Oliveira el cambio de paradigma ante la sexualidad, para que, tanto crfeyentes como no creyentas, puedan compartir esperanza.
Concuerda con esta postura la redacción del prólogo por el P. Dr. Anselmo Borges, profesor de Filosofía en la Universidad de Coimbra (conocido como alma y visión, durante la era posconciliar, de los Coloquios y la Revista Igreja e Missâo, renovadores de la teología en Portugal)., quien insiste, citando el libro reciente del cardenal Martini, en la necesidad urgente de una “reconciliación de la iglesia con el mundo, con la ciencia, con el cuerpo y con la sexualidad”.
Merece la pena recomendarse la lectura y la traducción de estos dos libros, muy apropiados para hacer revivir esperanza en una iglesia en estado de coma. Los propondría como libro de cabecera para quienes han llegado al epìscopado tras aprobar el examen de estar de acuerdo con la Humanae vitae.
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A Masia y al Dr. les diria que en vez de hablar de tanto legalizar el condón y los anticonceptivos en la Iglesia, que se vayan a la puerta de un juzgado de familia y a todas aquellas parejas que van allí a divorciarse les pregunten si han usado de estos en sus relaciones de pareja durante su matrimonio. Comprobarán que en la mayoría de los casos, si responden sinceramente, y por no decir en todos, estas personas dirán que si, que han usado anticonceptivos. Conozco infinidad de matrimonios, unos con más dinero que otros, abiertos a la vida, respetando la ley natural que Dios mismo desde la creación dispuso en el hombre y en la mujer, matrimonios felices, llenos de vida, llenos de hijos, y que de verdad se aman, y que no se ven abocados al juzgado a pedir el divorcio. El sentido a un matrimonio lo da Cristo y el verdadero amor, un amor de donación total, no un falso amor basado en condones o pastillas y menos en abortos o anticonceptivos abortivos.
Señor Masiá, como cristiano no lo...
¿ Que relación hay entre Iglesia, sexualidad y bioética ? Eso, eso mismo me pregunto yo cuando veo la firma de ciertos autores en ciertos libros. Es un enigma sagrado.
No hay solución. No cabemos en la misma iglesia. Si aprueban el montón de demenciadas propuestas que el señor este propone, yo me doy de baja inmediatamente. Coño, es que no se deja ni una. Solo le falta apostar por una moral adulta en relación al adulterio y al puterio, cuestiones donde, como es sabido, la sociedad también va muy por delante de la Iglesia. Y esperate que los moros logren por la via demográfica la mayoría social, y apuesten por la poligamia, que no deja de ser una cosa muy moderna y bastante apetecible a ciertas edades.
Inmediatamente saldrá otro "experto" que recrimine a la Iglesia su oposición a las nuevas y divertidas modas del momento. Que pasada. Y se atreve a decir que la Iglesia está en estado de coma. Igual es por ciertos curas de ciertas ordenes -unos y otras sí están muy cerca de las últimas-, que han hecho todo lo posible por hundir la barca.
(2)
representación edípica del padre imaginario. Con todo, lo importante y esencial es que en este tema la Iglesia no es evangélica sino todo lo contrario: en el Evangelio de lo que se habla mucho es de AMOR y muy poco de sexualidad, pero en el Magisterio sucede al revés.
Padre Masiá, un servidor también es un creyente adulto (laico casado –desde hace 30 años- y padre de tres hijos), y como no podía ser de otra manera me sumo a la propuesta del Dr. Oliveira sobre el necesario y urgente cambio de paradigma eclesial ante la sexualidad... La moral sexual vigente aun sigue provocando perturbación y angustia en la conciencia de algunos creyentes, al igual que neurosis de pecado y miedo a la condenación... Cuánto me subleva recordar los tiempos horrosos de pubertad... Cómo no ve la jerarquía que la moral sexual católica hace aguas por todas partes. Cómo puede vivir el Magisterio tan alejado de la realidad cotidiana. Y es que desde hace mucho tiempo existe un divorcio real entre la doctrina sobre moral sexual y la praxis de la mayoría de creyentes –de todas las edades-. No sobre referir además que cualquier psicólogo junguiano sabe que la Iglesia a través de la sexualidad controla las conciencias: es la archiconocida relación con la omnipotencia infantil y la...
Para Jovi y Qb:
1.Dice Anselmo Borges: "Lo que envenenó la relación entre sexualidad e iglesia fue el choque entre el podeer y el placer".
2.La antropolog:ia y la manera de pensar presupuesta en documentos del magisteriop eclesiástico sobre justicia social no es coherenter con la usada en los que versan sobre ética de la vida.
3. Hay un lastre de siglos de tabúes.
4. Para más detalles, ver Tertulias de Bioética (ed. Trotta).
Juan Masiá
Jovi,me parece muy buena su pregunta,esperemos que el señor Masiá sea tan amable como para respondernos;ya que por mi parte no puedo emitir opinión alguna ya que sobre lo que ha escrito apenas tengo ni he recibido información.¿Podrá usted responder señor Masiá?
una pregunta para J.M.C.: qué relación sana habría de existir entre sexualidad, bioética e Iglesia? Gracias.
Martes, 9 de febrero
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Robert Blair Kaiser
Asoc. Humanismo sin Credos
Ediciones Khaf
Mario Bruzzone
JC Rodríguez, A Eisman
Juan Fernandez Krohn
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo