No alargar la vida a ultranza: moral budista y cristiana
03.04.07 @ 14:54:23. Archivado en Bioética
No estamos obligados a prolongar la vida, decía Francisco de Vitoria en 1557 (Relectiones theologicae, B.A.C., 1069 ). La respiración artificial es lícita, pero no obligatoria, decía Pío XII (24-IX-1957).“No estamos obligados a usar recursos desproporcionados”, repetía en 1980 la Congregación para la Doctrina de la Fe: “No se puede imponer el recurso a una técnica que, aunque sea corriente, es una carga. Rehusarlo no es suicidarse, sino asumir la condición humana” (Iura et bona, n. 28). Lo confirmaba Juan Pablo II Evangelium vitae, en 1995 (vitae, n.65). Instancias eclesiásticas “más papistas que el Papa” lo olvidaban al censurar a Inmaculada Echevarría (cuya decisión fue legal, ética y teológicamente correcta). Budistas y cristianos coinciden.en no confundir el adelanto injusto de la muerte con la limitación del esfuerzo terapéutico.
Aunque hay variedad de opiniones según épocas, la tradición budista rechaza el homicidio, aun por compasión (Vinaya, II, 79), pero admite asumir la muerte sin prolongar situaciones incurables.
Buddhagosa (s.IV) contrasta casos diferentes. Considera culpables a los monjes que procuraron la muerte del enfermo para aliviarle (Vinaya, Comentario, ed. Pali Text Society, II, 464). Ve falta leve en rehusar comida y medicación sin motivo, sólo por el deseo de morir. Pero lo justifica en el caso de una enfermedad seria y larga, sin expectativa de recuperación a pesar de los muchos cuidados.
En vez de discusiones sutiles en favor o en contra de un procedimiento, convendría plantear cuándo y cómo se muere dignamente. ¿Respetamos la dignidad humana durante el proceso de morir y la autonomía de quien muere? Poder elegir cómo vivir mientras se va muriendo: eso es muerte buena en el sentido ortodoxo de la palabra.
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Es mejor callarse y no juzgar; ser compasivos con los motivos profundos y desconocidos que lleva a los demás a tomar decisiones tan terribles.
Dios, si es así como nos dicen, la tenga en su gloria.
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Estas son de las últimas palabras de Inmaculada.
Este debe ser el grito desesperado de los suicidas. No encuentran ni un sólo motivo para seguir viviendo.
Nadie se ha parado a escuchar el grito o ¿nadie quería escucharlo?.
Rápidamente se coge a Inmaculada como pelota de pimpon, para la propaganda de las asociaciones, para los debates sobre la eutanasia, para llamarnos progresistas o fachas, etc. Pero, ¿alguien habló de su soledad? ¿de su vacío? ¿de su opresión?
Más que en un debate de Eutanasia estamos en un debate sobre el suicidio.
Ante esas palabras de Inmaculada sólo hay que preguntarse, ¿dónde estaba yo?, ella sólo pedía un poco de amor, de compañía, de sentirse útil, de tener esperanza.
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