(PD/Agencias).- Era un rumor y poco a poco el ruido cada vez es mayor. Las bondades del DCA contra el cáncer, una molécula llamada dicloroacetato, se han colado por los vericuetos de internet hasta reunir un movimiento de enfermos desesperados en busca de una curación milagrosa.
Centenares de pacientes de todo el mundo, pero sobre todo de Estados Unidos, Canadá, Australia y el Reino Unido, se automedican sin control con este fármaco, que se vende para uso veterinario. La FDA, la agencia del medicamento de Estados Unidos, ha puesto en marcha una investigación y los oncólogos advierten de los riesgos de tomar una sustancia que puede ser peligrosa e interferir en el tratamiento.
El DCA no es un producto de curandero, ni ninguna medicina de las consideradas alternativa. Debe su «fama» al prometedor avance que unos investigadores de la Universidad de Alberta, en Canadá, dieron a conocer a principios de año. En la revista científica «Cancer Cell», el grupo de Evangelos Michelakis demostró cómo esta sustancia reducía el tamaño de tumores en ratones con cáncer de pulmón.
Probado en ratones
En este estudio experimental, los tumores dejaron de crecer en una semana y tres meses más tarde, el tamaño se había reducido a la mitad. En ratones, no se vieron efectos secundarios significativos y, a diferencia de la quimioterapia, mantenía a salvo las células sanas mientras atacaba a las cancerosas con rapidez.
Algunas publicaciones, como «Newsweek» dijeron entonces: «Si puede haber una bala mágica contra el cáncer, debe ser algo parecido al dicloroacetato». Era la primera vez que se veían propiedades antitumorales en esta sustancia, utilizada de forma experimental en el tratamiento de niños con enfermedades mitocondriales, aunque nunca llegó a autorizarse.
Pese al potencial valor, la industria farmacéutica no se ha mostrado muy interesada por el avance, quizá porque la molécula no puede patentarse. Así que Michelakis, el investigador principal, lleva meses reuniendo fondos para empezar su propio ensayo clínico y comprobar si la sustancia, además de curar ratones, es eficaz en organismos más complejos, como los humanos.
El 95% de los medicamentos contra el cáncer que logran resultados tan prometedores en el laboratorio no prosperan, bien porque no funcionan en pacientes reales o porque no resultan seguros. Pero algunos enfermos de cáncer han decidido no esperar los resultados de los ensayos.
Desde la publicación en «Cancer Cell», la noticia circuló como la pólvora en internet. Y logró reunir a un grupo de enfermos y familiares que han puesto en marcha dos páginas webs.
En una de ellas, se ofrece información sobre la molécula y un «chat» donde los enfermos intercambian información y todos sus progresos con el tratamiento.
En la segunda, se vende directamente DCA, bajo la etiqueta de uso veterinario para burlar la legislación de la Agencia del Medicamento de Estados Unidos.
Se estima que dos centenares de personas de todo el mundo han adquirido el fármaco en esta web. Aunque existe un número indeterminado de enfermos que ni siquiera acuden a la web y encargan su fabricación a empresas químicas.
Michelakis, el propio descubridor, está asustado por el fenómeno y teme que desprestigie una sustancia tan prometedora. Michelakis sabe que sin un ensayo clínico reglado y sin control médico será imposible saber si funciona o no.
Su preocupación va más allá y teme por la seguridad de los enfermos. Un ensayo clínico con esta sustancia para otra enfermedad diferente al cáncer, se tuvo que suspender porque el DCA dañaba los nervios periféricos y un órgano tan vital como el hígado.
A los oncólogos les preocupa que la sustancia interfiera con el tratamiento legal de sus enfermos y aumente la toxicidad. Pero lo peor de todo, según Michelakis, es que «no sólo se pone en peligro sus vidas, sino la posibilidad de demostrar que puede funcionar».
«¿Qué dosis me pongo?»
En el chat de enfermos, todo parece sencillo. Un familiar pregunta si alguien sabe si el fármaco funciona en el cáncer de colon y, rápidamente, comienza una discusión sobre la dosis más adecuada.
«A mi padre le doy 1 gramo al día desde hace 22 días y no parece que le haga daño», recomienda una persona identificada como Agaribal. Todo se resuelve entre enfermos y familiares, sin médicos que vigilen ni la dosis, ni la calidad de un producto que no sigue ningún control en su fabricación.
Otros cuentan sus avances y cómo los últimos escáner muestran que su tumor se reduce, sin pensar que la quimioterapia esté funcionando.
Hay que entender la desesperación de ver a nuestros padres , hijos, hermanos , esposas morir siguiendo los metodos tradicionales que no funcionan. Considero que con supervisión mèdica se debe pasar directamente a probar con voluntarios con mal pronostico de la medicina tradicional. Todos queremos la cura, pero no dentro de 50 años , la necesitamos ya.
Domingo, 22 de noviembre
Juan Luis Recio
Pedro Antonio Martín
Jorge Gómez Alcalá
José António
Ricardo J. Nieto
Nicolás Ruiz Humanes
Juan Antonio Reig
Salud
Silvia Cañella
Enrique Romero Aguilar