La misericordia es un proceso
25.02.08 @ 13:46:54. Archivado en Sociedad

No conviene equivocarse: hay veces en las que quisiéramos creer que la misericordia es irrefutable, que se impone a la razón, como una conclusión matemática.
Al contrario, el perdón y la misericordia son libres y gratuitos: no se pueden imponer y tampoco se pueden exigir a nadie. Podemos perdonar a alguien su falta sin comprender por qué actúa de esta manera.
Podemos, por el contrario, comprender por qué ha actuado de esa manera, sin por ello perdonarle, y guardándole un profundo rencor.
Perdón y comprensión no son dos actitudes equivalentes. La comprensión puede llevarnos a una cierta complicidad. Puede empujarnos a ponernos del lado del culpable que está fuera de la ley moral, considerando que lo que ha hecho no es tan grave.
El perdón, y la misericordia no se oponen a la verdad. Al contrario, necesitan la verdad para que la víctima se sienta reconocida en su sufrimiento, y que el agresor tome conciencia de lo que ha hecho.
Perdonar no es encontrar excusas, o cerrar los ojos diciendo: “no es grave”. A veces decimos esto por respeto al dolor de esa persona o porque tenemos miedo a que el conflicto se acentúe.
El verdadero perdón, aquel que no deja huella en la relación con la otra persona es el que dice: “es grave lo que ha pasado entre nosotros, pero nuestra relación es más fuerte que esto. Mi sufrimiento es profundo, pero te quiero más que todo eso”.
Esta relación íntima entre misericordia y verdad permite que comprendamos mejor la diferencia entre tolerancia y misericordia. La tolerancia se ha convertido hoy en día en la reina de las virtudes. T
oda discusión difícil termina en la actualidad con el diagnóstico irrevocable: “no eres tolerante”. Si la tolerancia es la capacidad de aceptación del otro, abriéndonos a formas de vida y de pensar diferentes de las nuestras, entonces sí es una virtud.
Pero a veces parece que sea una obligación impuesta por la conciencia colectiva de no hacerse juicios, es decir, de no tener ninguna opinión sobre los comportamientos de los demás.
Aquí encontramos una idea muy querida para algunos cristianos: para ellos el Evangelio se resume en un slogan: “no hay que juzgar”. Pero, ¿qué quiere decir no juzgar? ¿No condenar o no querer ver el mal y el bien?
En la educación de los adolescentes un tema que a menudo se trata es el de la tolerancia. Las formas de vida han cambiado, necesariamente hay que ser tolerantes.
Sin embargo a menudo encontramos a jóvenes que sufren por no haber encontrado en su camino a adultos que les hayan dado una luz cuando se sentían ofuscados.
La misericordia se puede demostrar cuando manifestamos nuestro amor a un joven de forma incondicional y diciéndole nuestra reacción ante su forma de vida.
Muchas veces el miedo al conflicto, la falta de confianza en sus propias convicciones hace que los adultos se desentiendan; y esto en realidad no es actuar en nombre del respeto a la conciencia de los jóvenes.
A veces, detrás de estas reacciones de los adultos se esconde una justificación de su propio comportamiento o un intentar esconder su propia falta. En cualquier caso, para evitar caer en el moralismo, se asume el riesgo de la indiferencia.
El perdón tiene algo que ver con un volver a nacer: se trata de hacer que vuelva a vivir lo que parecía que estaba muerto en una relación.
Cuando estamos oprimidos por el peso de la culpa, cuando nos creemos muertos a los ojos de los demás, no podemos vivir por nosotros mismos: necesitamos a alguien que nos vuelva a llamar a la vida.
En este sentido, el perdón es una actitud humana, profundamente terapéutica, sin la cual es muy complicado seguir existiendo. Adentrarse en el proceso del perdón, exige un cambio de mentalidad y una anchura de miras mucho más humanizadora.
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Se puede condenar el aborto, pero manteniendo relaciones exquisitas y educadas con Sarkozy. Nada de excomulgarlo o llamarle asesino. 300.000 abortos anuales en Francia son un derecho de la mujer que no se va a poner en duda. Cosa distinta es el aborto en latinoamérica. Allí se le llama crimen y se les amenaza con la terrible excomunión, cosas que harían reír a un francés.
Creo que has comprendido mi pensamiento; aunque tú sabes que las "relaciones humanas" son a veces demasiado "complicadas". El respeto sería la fase "inicial" sine qua non.
Saludos.
Para mí, la misericordia se imparte, desde el poder, miestras que el amor y el perdón, se ofrecen y se conceden, sin necesidad de situarnos en diferente nivel, que el amado o el perdonado.
Y no olvidemos que no guardar rencor, no presupone olvido. Solamente Dios puede olvidar, según nos dice la Biblia.
Amigo Emérito Augusto, el concepto "respeto" me resulta muy frío en las relaciones humanas. La tolerancia es algo más cálida, participativa, o comprometida. Manías de viejo...
La tolerancia consiste en permitir la discrepancia, no en castigar al discrepante.
No “todo” se debe tolerar. No vale el “todo vale”. Ni la tolerancia ni la intolerancia "intolerables" se pueden tolerar.
La “tolerancia cero” como estrategia es la radicalización del antagonismo; el impulsivo y enérgico ¡basta ya! ¡hasta aquí hemos llegado!
La “tolerancia diez”, el extremo opuesto, consiste en el “hacer la vista gorda”, O sea, nuestra castiza expresión castellana “vive y deja vivir”.
Nos movemos ante disyuntivas paradójicas: ¿tolerar la intolerancia? ¿Ser intolerantes con la tolerancia? ¿Tolerancia cero con la intolerancia?
La tolerancia consiste en permitir y respetar las opiniones, ideas, creencias y formas de vida distintas de las nuestras.
La convivencia gravita sobre la diversidad. Y la diversidad supone diferencias. Y las diferencias comportan discrepancias. Por eso, los dos máximos peligros, antagónicos de la convivencia, son la intolerancia y el fanatismo.
El fanatismo intransigente lo sustentan aquellas personas que se consideran poseedores de la verdad o c...
Cuando se habla de no juzgar se trata de no condenar a nadie por su comportamiento o palabras, porque la persona puede salir de la situación anómala en la que se encuentre.
Y perdonar es olvidar, un volver a empezar de nuevo, sin resquemores.
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Fausto Antonio Ramírez
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