Sexo y poder en la Iglesia
25.09.07 @ 13:04:53. Archivado en Iglesia

Los derechos de los cristianos dentro de la Iglesia no son coincidentes con los derechos humanos universales.
Es más, resulta contradictorio que la Iglesia se comprometa con su palabra y su presencia en organismos sociales e institucionales a garantizar la salvaguarda de los derechos del hombre y, por el contrario, desprecie todavía los derechos de sus hijos que viven y trabajan en la Iglesia y para la Iglesia.
A primera vista, da la impresión de que el nuevo Código de Derecho Canónico incorpora el avance de ciertas libertades modernas. Pero, tras su formulación, concluye con expresiones parecidas a esta: “salvaguardando la debida sumisión al magisterio de la Iglesia”.
Esto ocurre cuando se habla de la libertad de los teólogos para la investigación; o de las facultades concedidas a los laicos, pero que automáticamente quedan recortadas por la declarada monopolización exclusiva de los clérigos; o la ausencia de instancias eclesiales que garanticen el derecho a un juicio justo en caso de litigio.
Sobre este último punto, me detengo a subrayar la manera en la que son instruidas las causas abiertas por la Congregación para la Doctrina de la Fe en contra de ciertos teólogos, cuando son requeridos para un “examen de sus doctrinas”.
Durante todo el procedimiento disciplinar, el acusado no tiene derecho a apelar, ni a defenderse. La acusación es en firme y sólo cabe que se retracte y si no lo hace se le impone el silencio, tanto para ejercer su derecho a la libertad de cátedra, o para publicar sus investigaciones.
Un derecho inalienable en toda sociedad moderna, libre y democrática es la de la elección de sus gobernantes. En la Iglesia, este derecho, como es la elección de obispos, queda reemplazado por la imposición unilateral del Nuncio Apostólico.
Entiendo bien que libertad cristiana y comunión eclesial deban ir unidas, pero esto no tiene nada que ver con los métodos empleados en la Iglesia para el nombramiento de obispos, que no considera en ningún modo la participación y opinión de la comunidad diocesana.
La lista podríamos seguir alargándola fijándonos en los derechos de los varones frente al de las mujeres. Aunque en este campo las diferencias se han ido limando con el tiempo, todavía quedan parcelas estrictamente masculinas en las que las mujeres no pueden ni asomar las narices.
Otra de las muchas tareas pendientes es la del acceso al sacerdocio de los varones homosexuales, sobre los que últimamente se ha declarado el veto explícito. ¿Qué tendrá que ver la velocidad con el tocino?
Del mismo modo, sigue vigente la prohibición expresa de que ningún miembro del clero pueda acceder a un cargo político, como si la inserción de la Iglesia en el mundo civil supusiera una amenaza para la sociedad o la misma Iglesia.
En definitiva, la Iglesia es inconsecuente a la hora de defender los derechos humanos universales y al mismo tiempo restringir los derechos de los cristianos hasta límites insostenibles.
Todo el problema dimana del ejercicio monárquico con el que la Iglesia sigue ejerciendo el poder, -poder que, por cierto, desde el Evangelio se debería comprender como un servicio-.
El poder monárquico de la Iglesia no admite organismos de control, se ejerce de manera indivisa, sin opinión pública, y sin posibilidad de contenciosos administrativos. Sobre los juicios de la Iglesia ya hemos hablado y ha quedado clara la indefensión de cualquier acusado, por la violación de la forma en cada una de sus diferentes fases.
Hasta este momento, no existe un documento oficial de las autoridades eclesiásticas aceptando públicamente el texto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establecida por Naciones Unidas en 1948, y comprometiéndose a ponerla en práctica.
En cierta medida comprendo su negativa, porque eso la llevaría a aceptar: la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad de expresión y de enseñanza sin limitaciones, la garantía de juicios equitativos, la participación de sus miembros en la elección de los responsables que deben ejercer el poder, la posibilidad de disentir sin la amenaza de la exclusión, y otros tantos derechos más.
A menudo tengo la impresión, -que es más una convicción-, de que poder y sexualidad en la Iglesia van de la mano. Resulta chocante que las cuestiones más espinosas sobre las que el Pueblo de Dios pide una mayor apertura de la Iglesia se concentren en estos tres puntos: el celibato de los curas, los métodos anticonceptivos no naturales, la ordenación de la mujer, y la plena aceptación de las relaciones homosexuales.
En definitiva, se trata de la forma subrepticia que tiene la Iglesia de controlar al conjunto de sus miembros, -formen parte o no de la jerarquía católica-, y esto nada tiene que ver con los Derechos Humanos, por eso este tema, incluso hoy en día, sigue siendo intocable.
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La Iglesia no ha sido, no es y nunca será una democracia. La verdad no se vota. El dogma no está sujeto a opinión."
Vaya, abajo la Sociedad civil, volvemos atrás, las leyes ya no las puede dar el pueblo, sino la Iglesia.
Por la ciencia del Derecho y la sociología se sabe que toda ley se ha de adaptar a los cambios económicos y que no existe tal cosa como una ley "inalterable" o absoluta. Dios, que echó a andar la Evolución hace diez mil millones de años sabe esto, de manera que quien eso habla es ignorante.
Toda esta declaración del Sr. Bustamante pone de manifiesto la vocación de Poder Temporal de una entidad que se debería limitar a dar lo que NO tiene: la presencia de Dios al HOMBRE. ¿cómo puede tenerla con esas majaderías?
presupone usted un determinismo, como si Dios nos hubiera 'hecho' a cada uno con su inclinación, y a toda la raza humana a su imagen y semejanza. Lo que dice la antropología, y la biología, es que el ser humano es evolución, y por lo tanto, no hecho a imagen de un modelo, sino que está cambiando.. siempre hacia formas y actos que NO conocemos.
Es cierto que Dios no dio la Ley para condenar la homosexualidad, esa ley la dice la Iglesia, pero Dios tampoco nos hizo a cada uno, sino que cada uno de nosotros vamos buscando, y alimentando una manera de ser, de vivir, y luego, la practicamos.
Lo importante es sentir a Dios.
Gracias Fausto por tu sabiduria, tu reflexion certera, tu valentia y libertad. Eres luz en medio de una noche oscura llena de idiotas.
Un abrazo,
Paz y Bien,
Mudejarillo
No, no me gusta lo que opina LFPB y menos tu actitud, pero me aguanto y simplemente la critico. El único que tiene autoridad aquí es el blogger. Yo discuto y punto. pero los otros blogger de los que tú eres muy asiduo insultan, denuncian, expulsany....agun@s hasta censuran. No hay más que pasearse por esos foros que tant te gustan.
Y que tú hables de liberticidas es para cachondearse. "¿Y tú me lo preguntas clavando tu lengua viperina en mi pupila azul? desde luego, libertad no eres tú".
Besitos.
Paz y Bien
Mudejarillo
¿os dais cuenta de que basta poner la palabra "sexo" en el título para que los integristas acudan aquí volando?
Como no te gusta la opinión de LFPB, pues que no hable y se le cierre la boca. ¿Y tú eres quien habla de democracia y libertad y Constitución?
¡Si es que se os ve el pelo más de la cuenta, muchachotes de la progresía liberticida!
Pero una vez que ya hay obispo, él es lo que San Ignacio de Antioquía, a principios del siglo II, decía que era.
Por cierto, esos que defienden la "democracia" y la "libertad" y la "Constitución" sólo cuando les interesa y para mantener en sus ámbitos todo un ejercicio de no democracia, son los que nos quieren dar lecciones.
Tras leer la intervención de LFPB uno se pregunta si en una democracia civil caben opiniones así.
paz y Bien,
Mudejarillo
Cierto que la Iglesia no puede ser una democracia al estilo de las democracias civiles. Pero mucho menos puede ser una dictadura al estilo de las dictaduras civiles. Habrá que buscarle una solución. Y en la misma tradición de la Iglesia tenemos pistas sobre cómo elegir a los obispos, o sobre si el celibato sacerdotal debe ser obligatorio. ¿Por qué en estos temas no se recuperan las posiciones más tradicionales?
El Reino de Dios no es una monarquía parlamentaria. Es una monarquía absoluta, con un rey que pone leyes y unos ciudadanos, a los que se da la filiación real por adopción, que deben de cumplir dichas leyes.
La Iglesia no ha sido, no es y nunca será una democracia. La verdad no se vota. El dogma no está sujeto a opinión.
Ciertamente la autoridad debe de estar puesta al servicio de todos. Ciertamente sin caridad, la autoridad pierde en buena medida su capacidad de servicio. Pero una autoridad que renuncie a ejercer su misión de impedir que el error se extienda, traiciona gravemente aquello para lo que ha sido dispuesta por Dios.
Basta echar un vistazo al protestantismo, con centenares de denominaciones independientes entre sí, para hacerse una idea de lo que sería una Iglesia sin autoridad, sin una organización jerárquica que, según el concilio Vaticano II, forma parte de su misma esencia.
¿Y tú te haces llamar católico y, supuestamente, has estudiado teología?
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Fausto Antonio Ramírez
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