Cabezas de turco y pollos sin cabeza
07.02.07 @ 12:36:39. Archivado en Fútbol gallego, Fútbol general
A la vista de los acontecimientos de esta primera mitad de semana, me gustaría romper una lanza en favor del gremio de los entrenadores. Ni mucho menos es mi intención hacer una apología de Fernando Vázquez y Fabio Capello, técnicos protagonistas en los últimos días por el debate que ha generado su validez para el cargo y posterior ratificación. Hablo en términos generales de un grupo concreto que suele sufrir en carne propia las miserias derivadas de la hipocresía reinante en el fútbol de alto nivel.
Dibuje como se dibuje, el mundo del balompié forma parte de la realidad, pese a los reiterados intentos de ciertos personajes en pintarlo de colores fantasiosos o surrealistas. Y aunque a veces parezca que algunos comportamientos sólo podrían concebirse en un mundo de ficción, los protagonistas del teatro futbolero son seres de carne y hueso. Humanos. En definitiva, falibles.
Todos se equivocan. El presidente, que gasta una barbaridad en el jugador más guapo del planeta y olvida por completo las inversiones en la formación de sus propios 'cracks'. El preparador físico, que descuida un detalle y facilita la aparición de lesiones. El portero, que no ha dormido bien y deja escapar un balón sencillo. El central que tropieza y permite que el rival avance, el centrocampista que falla un pase y regala el balón al oponente, el delantero que envía a la grada un gol cantado. Todos se equivocan.
Y también el entrenador. En una alineación, en una estrategia, en una sustitución. El número de errores suele ser directamente proporcional a la cantidad de decisiones que han de tomarse. Lo curioso del asunto es que una loca dinámica nos ha enseñado a ser mordazmente críticos con los fallos de quienes se sientan en el banquillo. A sentirnos capaces de ocupar esa butaca antes que un lugar en el once o en el palco.
De un modo u otro, los dirigentes tienden a sacar pecho cuando llegan los éxitos, cuando hay que levantar una copa o festejar un ascenso. Aquí estoy yo, para la historia, para que recordéis gracias a quién habéis disfrutado. A los futbolistas les basta con mucho menos: una noche de acierto equivale a aplausos, portadas y parabienes. Tres o cuatro pueden ser suficientes para solicitar más dinero a final de mes. Y si el porcentaje de gloria alcanza ciertos niveles, estarán en disposición de decir aquello de «no estoy motivado» o «no me siento querido». En otras palabras, «me da igual lo que diga el contrato que firmé, quiero irme y lo hago por narices».
Insisto: los entrenadores también se equivocan, y por tanto, deben apechugar con sus errores. Pero, ¿realmente hay tiempo en unos meses para que un profesional formado y contrastado acumule deméritos que motiven un despido? Creo que muy pocas veces. Lo que sí es habitual es que, en el mismo tiempo, la totalidad de los estamentos de una entidad sumen traspiés suficientes para hablar de catástrofe colectiva. Y el chiringuito está montado de modo que, cuando llega ese momento, el pueblo exija un culpable mucho antes que una amarga ración de autocrítica.
Los técnicos acostumbran a pagar por los pecados ajenos. No es nuevo. Pero no deja de ser paradójico que quienes les sentencian, o les arrojan a los pies de los caballos, son aquellos que precisamente han cometido los fatales gazapos. Los mismos que acaparan los vítores y las flores cuando la cosa marcha bien. Esos que no alcanzan a ver más que el reflejo de su ego aunque tengan delante una ventana.
Es sólo una prueba más de que el fútbol tiene su propia lógica, por llamarla de una manera políticamente correcta. ¿En qué otro mundo un pollo sin cabeza cortaría una cabeza de turco?
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