Ut Unum Sint

O sí o no

13.05.17 | 15:20. Archivado en domingo

“Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Jesús, en el evangelio nos dirige hoy una pregunta espectacular. Es tan importante y evidente que casi se me pasa por alto. Dice así el Señor:

“Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces Felipe?”

Todos tenemos ya nuestra edad, unos más otros menos. Todos somos adultos de todas maneras. Y el Señor nos hace esta pregunta a través de nuestro embajador en este día, el apóstol Felipe. ¿Cuántos años hace que conocemos a Jesús? ¿Cuántas miles de veces hace que venimos a celebrar la eucaristía o a cantar la alabanza del Señor a nuestra iglesia? ¿Cuántos años hace que estudiamos, vemos películas, leemos libros, escuchamos homilías acerca de Jesús? Y, sin embargo, las palabras de Jesús son dichas hoy, aquí y ahora para nosotros y por nosotros: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces Felipe?”. Es una pregunta dura (como casi todas las de Jesús) y que nos hace cuestionarnos más de una cosa. ¿Realmente te conozco, Señor? Echando una mirada a nuestros vecinos, a los compañeros de camino por esta vida, a nuestra sociedad a la que tan difícil le resulta creer en Jesús, acercarse a Él, escuchar su palabra, realmente, ¿no es normal que Jesús nos pregunte esto?

Inmediatamente, surge en nosotros una pregunta, una “exigencia” a Jesús: ¿Cómo podemos conocerte, más y mejor, Señor?

Como este es el día en que Jesús actúa tenemos que echar un vistazo atento a toda la Palabra de Dios que hemos escuchado. El Señor nos va guiando, creo descubrir, a través de un par de claves seguras.

En primer lugar, es imprescindible pedir y luchar por alcanzar un nivel óptimo de “libertad verdadera”. Es decir, nuestro cara a cara con Jesús, cualquier pregunta que le hagamos a Dios, tiene que nacer de lo profundo de nosotros, de nuestra profunda intimidad, de nuestro corazón, del único lugar quizás en el que podemos ser más libres si realmente somos dueños de nosotros mismos. Tiene que nacer de nuestra verdad. Realmente conozco o no conozco al Señor, realmente me dejo interpelar o no por el Señor, realmente quiero verlo, realmente quiero escucharlo, realmente quiero hacerle caso... Bajar a lo profundo del propio corazón siempre supone miedo. Replantearse cosas tan importantes como mi propia vida de fe, mi propia vida de amor, mis intereses reales, los logros y fracasos que he tenido; tocar ahí hace que los pilares seguros en los que asentamos la tranquilidad necesaria de nuestra vida se muevan y entremos en una oscuridad y en un miedo que son normales, pero que no son buenos y que tienen que acabar cuanto antes. Una pregunta del calibre: ¿realmente conoces a Jesús? hace que surja en nuestra mente y corazón ese punto blanco, esa sensación de pregunta inoportuna. Pero es Jesús el que pregunta, porque nos quiere y quiere que crezcamos en nuestra relación con él, él nos rehace, él nos alimenta, él nos guía. Y él es también el que contesta y nos da ánimos. Son sus palabras en el evangelio: “No tiemble vuestro corazón; creed en Dios y en mi”. Hay que confiar, hay que dejarse llevar, hay que abrir atentísimamente el corazón y el oído.

Esta confianza en el Señor da serenidad y paz, pero aún no está resuelto el problema. El siguiente paso nos lo indica también el Señor. ¿Cuál es el paso práctico, cuál es la tarea que día a día tenemos que llevar a cabo para conocer a Jesús? La respuesta es: NO DESCUIDAR LA PALABRA DE DIOS.

Desde siempre se dice que Dios es espíritu, que a Dios no se le ve, no se le puede tocar. Bien, eso es así, ciertamente, para nuestro Dios, pero solo hasta cierto punto. Nada hay más espiritual a la vez que eficaz, nada hay más intocable pero a la vez sensible, que la palabra, que nuestra capacidad de emitir sonidos articulados que no tocamos, que no vemos, pero que sentimos y entendemos. Dios lleva hablando con el hombre miles de años. Por la palabra creó todo, por la palabra de los profetas habló desde antiguo. Esta palabra se ve porque va “cundiendo”, va dando frutos. “La palabra del Señor es sincera, todas sus acciones son leales”, dice el Salmo. “El que crea en ella no quedará defraudado”. Por lo tanto, un medio eficacísimo para conocer al auténtico Dios es la escucha, la lectura, la meditación, la oración de la Palabra de Dios; más claramente, leer todos los días y que nuestro devocionario o libro de oración sea la Biblia. Ahí conocemos cómo actúa Dios, sabemos cómo ama Dios, sabemos cómo se va a Dios, cómo siente Dios, a quién prefiere Dios, cómo se reza a Dios, y sobre todo y ante todo, qué quiere Dios de todos y cada uno de nosotros. Sin la lectura y el recuerdo de la palabra actuante de Dios no podríamos celebrar ningún sacramento, no podríamos tener escuelas cristianas, no podríamos crear organizaciones como Cáritas, no tendría sentido ir a misiones... Nada de lo que en la Iglesia se hace, nada, carece de una base en una palabra de Dios o de Jesús. Cuando descubrimos que algo no está apoyado en obedecer la palabra de Jesús descubrimos el error o el pecado...

Pero la Palabra para los cristianos dio un paso 'increíble', pero fundamental. La Palabra se hizo hombre como nosotros, y caminó por nuestros caminos, se sumergió en nuestras enfermedades, en nuestros dolores, en nuestras desesperanzas, en nuestras cegueras, cojeras y estupideces, en nuestras oscuridades, en nuestras revoluciones, guerras y ateísmos. La Palabra se hizo hombre, tan cercana a nosotros que no logramos conocerla bien, que no logramos conocer a Dios al lado nuestro. De tal modo que esta Palabra hecha hombre, Jesucristo, HOY sigue siendo “piedra de tropezar (al no creer en la palabra) y roca de estrellarse”. Jesús es la Palabra definitiva de Dios para cada uno de nosotros. Ante ella se repite una vez más la eterna opción: o crees o no crees.

Si crees, tienes que hacerlo desde una libertad auténtica. Y si crees supone que tienes que ponerte en camino y dejar tus posiciones seguras y dejarte rehacer y resucitar por Jesús. Jesús es “el camino, la verdad y la vida”. Jesús nos muestra que el camino que tenemos que seguir para llegar a él es el de vivir nuestra humanidad, pero llenos de su espíritu de amor, llenos de su palabra, escuchando muy atentamente lo que quiere de nosotros en cada segundo de nuestra vida. Conocemos la historia de Jesús, ése es nuestro camino. Camino de alegrías y de penas, de momentos gloriosos y de momentos de oscurecimiento. No vamos solos, nos guía Jesús resucitado, quien nos recuerda que “A donde yo voy ya sabéis el camino”.

Una verbo domina el evangelio, una invitación urgente, una tarea para hacerla ya: creer, creer y creer.

El apóstol Pedro, fiel a la tarea que recibió de Jesús nos recuerda lo que somos y lo que tenemos que hacer: sois un pueblo escogido, sacerdotal (es decir, podéis hablar, rezar, relacionaros con Dios directamente sin falta de intermediarios). Bien, sois eso, pero lo sois para una misión: proclamar las hazañas del que os llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa. A partir de aquí, nuestra vida, si quiere ser auténticamente cristiana, tiene que ser (luchar constantemente por ser) manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos. El fin del camino, la fidelidad a esta verdad, será la novedad de la vida que dura para siempre. Una vida que es eterna, pero una eternidad que comienza aquí construyendo Iglesia, construyendo comunidad, construyendo familias donde el amor, la verdad, la entereza, la lucidez, la lucha por la bondad y no permitiendo que la cesión al mal o a lo fácil sean su cimiento.

“Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces Felipe?” En ello estamos Señor, ayúdanos y guíanos tú.


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