Un país a la deriva

Constitución: Mal envejecimiento.

06.12.18 | 11:37. Archivado en Política Nacional

¿HA ENVEJECIDO BIEN NUESTRA CONSTITUCIÓN?

Hoy se cumple el 40 aniversario de la promulgación de la 7ª Constitución de España fruto del consenso entre las fuerzas políticas prohibidas tras una guerra civil y 40 años de dictadura. Una Constitución que nació en una época convulsa donde facciones terroristas de extrema derecha como los Guerrilleros de Cristo Rey o los restos de los Carlistas y los sucesos de Montejurra y diversos grupos terroristas de izquierdas como el FRAP, el GRAPO y, sobre todo, la ETA mantenían su política de terror cebándose con altos mandos de las Fuerzas Armadas y otros objetivos civiles. Una época difícil con el incremento de los nacionalismos, de los grupos antifascistas y abertzales y nuevos partidos casi clandestinos que agitaban las calles provocando enfrentamientos contra las FFyCCSE. Especialmente graves fueron los sucesos previos y coincidentes con las fiestas de los Sanfermines en Pamplona. Y es en ese ambiente donde las Cortes franquistas, como se dijo entonces, se hicieron el harakiri aprobando el Proyecto de Ley de la reforma política, sometido a referéndum y dando paso a las primeras elecciones generales libres desde la II República y se negoció y editó la Constitución.

Pronto se vio cuáles eran las líneas maestras de la nueva Constitución que se empezaba a elaborar. Unos aspectos esenciales en los que se incluía que no se cuestionaría ni la Monarquía ni la unidad de España, que no se exigirían responsabilidades por las actuaciones durante la dictadura (ley de amnistía y el pacto del olvido) y que no se legalizarían los partidos revolucionarios (el PCE). En cuanto al sistema de gobierno, ya se había iniciado un embrión en forma de instituciones preautonómicas, como en el País Vasco con la Asamblea de parlamentarios vascos y el Consejo General de El País Vasco. El caso de Navarra se solucionó con un reconocimiento de los Fueros en la ley de Modificación de Fueros de 1841 y un “amejoramiento”, a pesar de las discrepancias entre los partidos políticos, quedando definitivamente fuera del Consejo General de El país Vasco. Respecto a Cataluña, la solución vino con el pacto con el Presidente de la Generalidad en el exilio Josep Tarradellas y se pactó su regreso y el restablecimiento de la Generalidad de modo provisional. Estos movimientos provocaron que otras regiones de España reclamasen el mismo trato para que no existiese desde el principio regiones con privilegios. Así que se decidió apostar por un sistema tipo federalista.

Una Constitución que quiso contentar a muchos y que ha acabado con por no contentar casi a ninguno. Y la pregunta que nos debemos hacer es si esta Constitución ha sabido envejecer o ha quedado anclada y rehén de un pasado que no parece que termine de descansar, sobre todo por el sectarismo de unos partidos de izquierdas dispuestos a revivir y abrir heridas pasadas y no aceptar la voluntad de pasar página de los que más motivos tenían para no hacerlo. Y lo primero que habría que preguntarse para responder a si ha sabido envejecer, es la de si se han conseguido los objetivos previstos por los que redactaron el documento. Y la respuesta no puede ser otra que NO.

Y el primer fracaso ha sido el de no mantener la unidad de España en un proyecto común de nación. Desde el principio lo que se ha demostrado es que el sistema de autonomías ha sido el principal responsable de acrecentar la desunión entre distintas regiones de España y sus habitantes. Un sistema que ha sido el principal instrumento usado por los partidos políticos para afianzarse en el poder creando sus propios chiringuitos, y usando los Parlamentos autonómicos para sus propios fines. Un sistema desquiciado en forma de 17 taifas, algunas como Ciudades-Estado al estilo griego, y otras como trampolín de su emancipación plena en forma de independencia. Un sistema que, con la connivencia de los distintos Gobiernos de España, ha favorecido la discriminación entre españoles, la desigualdad y el individualismo creando el sentimiento de pueblo diferenciado del español en buena parte de la sociedad de algunas regiones autonómicas. Una quimera que pretende distinguir culturas y lenguas autóctonas como justificación de esa singularidad y no pertenencia al único pueblo indiferenciado que es el español.

Porque hace falta ser muy obtuso para pensar y creer en la pureza de la raza al más puro estilo nazi, cuando España históricamente ha sido una amalgama de trasiego de pueblos y etnias que se han ido alternando conquistando, habitando y culturizando nuestro territorio a lo largo de más de dos mil años. Porque nadie puede negar que somos descendientes genéticamente de la mezcla de esas diferentes culturas cuya relevancia y permanencia ha sido en cada época la dominante. Desde los fenicios, romanos, ostrogodos, godos, árabes y moros, hasta la reconquista y unificación en el siglo XV, nos han dejado una huella genética que solo los iletrados o los fanáticos pueden negar. Así que aquellos que hablan de “pueblos” y “Estado plurinacional”, deberían hacerse un chequeo genético porque se llevarán una sorpresa. Hemos pasado del “España Una, Grande y Libre” a la amenaza real de la descomposición de España en un proceso de balcanización tipo Yugoeslavia y quien sabe si también cruento. No sería la primera vez.

Otra consecuencia de este fracaso de identidad y unidad ha sido el permitir el enquistamiento de una casta política que se auto blinda con prebendas y se perpetua en el poder pervirtiendo la democracia en sistemas electorales con listas cerradas y fórmulas correctoras de asignación de escaños por las que ciertos partidos son beneficiados y no se cumple lo de la igualdad en cuanto al valor del voto. O la designación “a dedo” de cargos y asesores creando un clientelismo indecente que ha favorecido la propagación de la corrupción en todos los niveles de las Administraciones públicas. Eso sí, esos partidos dicen ser los más férreos defensores del orden constitucional, pero plantean un cambio radical del sistema al reconocer la existencia de pueblos diferenciados del español y con derecho a decidir su futuro. No se puede consentir que sigan legalizados partidos que propugnan la independencia de territorios de España y que no han dudado en usar la coacción y la violencia para conseguir sus objetivos.

La Constitución no debe someterse a reformas cosméticas sino a una enmienda a la totalidad y un replanteamiento sereno de lo que queremos los españoles, no los partidos políticos, ni los grupos de poder económico nacionales o internacionales. Lo malo es que hoy la sociedad española no está en condiciones para asumir semejante tarea, porque estos 40 años han conseguido justo lo contrario de lo que se pretendía, la completa desunión del pueblo español que ya no comparte ni objetivos ni un proyecto común de futuro. Han nacido más de dos generaciones de españoles desde que se aprobó la Constitución en 1978. Unas generaciones a las que las “batallitas” de entonces no les produce ni empatía ni siquiera algo de ternura. Solo son eso, historias de abueletes nostálgicos. Así que lo mejor es esperar a que esas nuevas generaciones asuman el papel difícil de volver a hacer un encaje de bolillos o cortar por lo sano y que cada cual tome las riendas de su propio destino. Será entonces cuando vean la dificultad de aunar voluntades y valoren que esa Constitucion imperfecta y con taras congénitas puede ser usada para no volver a caer en los mismos errores.

¡Que pasen si pueden y su conciencia se lo permite un buen dia!


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