Un país a la deriva

La ruleta rusa está girando (8)

15.01.18 | 08:16. Archivado en Política Nacional

SEGÚN JUAN LUIS CEBRIÁN HAY QUE REFORMAR LA CONSTITUCIÓN PARA ADAPTARLA A LAS EXIGENCIAS DE LOS GOLPISTAS.


Desde su tribuna en EL PAÍS digital, Juan Luis Cebrián ha escrito un artículo en el que se pregunta eso de ¿Vuelta a la normalidad en Cataluña? Asegurando que “España necesita cambios estructurales en contra de lo que el Presidente del Gobierno presupone y de la parálisis de los principales líderes del arco parlamentario”. A continuación, pasa a desglosar ese concepto asegurando que tras la intervención de la autonomía aprobada por el Senado “ha sido unánime el clamor en demanda del regreso a la normalidad en el antiguo Principado”. Esa vuelta a la normalidad que aclara diciendo “Si por normalidad se entiende el ajustarse a la norma, que es la ley en el Estado de derecho, las decisiones judiciales y la propia aplicación de la Constitución lo garantizan”, considerando que casi todos piensan que esta se producirá tras la constitución del Parlamento de Cataluña salido de las urnas del 21 de diciembre. Claro que aquí la interpretación de esa “normalidad” discrepa diametralmente entre lo que piensan los independentistas y lo que piensan los llamados constitucionalistas. Los primeros ven los resultados de su mayoría parlamentaria como un aval a recuperar lo perdido tras la intervención del 155, mientras que los segundos, desde su minoría, ya se ven en la misma oposición estéril que tenían previa a la Declaración Unilateral de Independencia y la posterior intervención.

Considera la democracia como “un método, una formalidad que garantiza entre otras cosas que el fin no justifica los medios. Y si sus reglamentos no sirven para atajar los problemas de fondo es preciso reformarlos”. Es esta una visión bastante miope de lo que realmente es una democracia representativa, porque también las hay asamblearias. Se refiere a ese tercio de españoles que “otorgan su voto a formaciones políticas abiertamente beligerantes contra ese sistema, al que consideran culpable de las desigualdades e injusticias, de la agresión a las identidades de todo género y de la privación de derechos (algunos llegan incluso a hablar de libertades) a amplias capas de la población”. Los identifica como “los indignados” tanto de extrema izquierda como derecha y afirma que la crisis institucional de este sistema que en España tiene sus tintes singulares, pero al que se le pueden aplicar remedios universales.

A continuación, pinta un cuadro desolador y realista de la situación política actual con un Gobierno en minoría empeñado en destruir a su socio y competidor, una izquierda fragmentada y desorientada, un calendario judicial que afecta directamente a la Monarquía, a ex miembros del Gobierno del PP, (se olvida de los casos que afectan a representantes destacados del PSOE sobre todo en Andalucia), a los miembros del exGobierno de la generalidad en prisión o fugados, etc., para concluir que “hablar de volver a la normalidad en Cataluña supone un empeño loable y una asignatura obligatoria, cuyo aprobado final nos puede exigir una década de esfuerzos y evaluaciones permanentes”. Y aquí creo que se queda otra vez muy corto en su apreciación, ya que recomponer el daño causado al menos necesitará tanto tiempo como el que se gastó en producirlo. Y eso contempla varias décadas y generaciones de ciudadanos adoctrinadas en el nacionalismo más excluyente y el fomento del odio a España y a la cultura común de todos los españoles.

Afirma Cebrián que las últimas encuestas indican que el problema de Cataluña ya no figura entre las principales preocupaciones de los españoles. Y personalmente opino que los encuestados no son conscientes de la situación de especial gravedad a la que nos estamos enfrentando y además consideran que, con la intervención fugaz y contenida, todo se solucionará con el nuevo Parlamento. Nada más lejos de la realidad. Los golpistas están dispuestos a recuperar todo lo perdido y restituir lo que el Gobierno de España ha suprimido como es el caso de las llamadas “embajadas”, o el despido masivo de asesores. Los golpistas intentarán hacer valer su mayoría para retomar las exigencias de autonomía plena y la creación de estructuras de Estado. O lo que es lo mismo, alcanzar un nuevo estatus de Estado libre asociado, como paso previo a una reivindicación futura de independencia avalada por un referéndum pactado.

A continuación, se lanza a la yugular del sistema de autonomías y avisa de que “nuestro modelo de convivencia se ve ahora amenazado por una corriente de nuevo centralismo, como acto reflejo frente a las revueltas populares alentadas por los líderes de la sedición en Cataluña”. Culpa de todo a la renuncia de los Gobiernos de España de cumplir con su responsabilidad, a la radicalización de los nacionalistas y “a la ausencia de un poder federal que garantice la solidaridad y lealtad mutuas entre los diversos componentes de ese Estado”. Y aquí vuelvo a discrepar de la existencia de ese nuevo centralismo que, de existir, sería de forma muy minoritaria. La verdad no veo a los “barones” ni del PP ni del PSOE, ni preocupados ni dispuestos a devolver ni una sola de sus competencias. Al contrario, todo en las CCAA indica que lo que se acrecienta es precisamente el sentimiento de disgregación, el de la reivindicación de la exclusividad y reclamaciones históricas. Basta ver a comunidades como Baleares, claramente pancatalanista y anti española, o a la de Valencia con una izquierda abrazada al separatismo y aplicando las mismas fórmulas de adoctrinamiento y de relegación de todo lo que sea español. O incluso Asturias con su reclamación del Bable como lengua cooficial. No existe más amenaza que la de aquellos que quieren destruir España. Un nacionalismo trasnochado incompatible con el mundo en el que estamos comprometidos, una UE que debe avanzar hacia una mayor integración.

Tras ponerse flores de unas supuestas conversaciones con Artur Mas y avisarle del devenir futuro de los acontecimientos si se echaban al monte, concluye su artículo diciendo que “El regreso a la normalidad en la política catalana y en la española exige por todo ello cambios estructurales, en contra de lo que la abulia del presidente del Gobierno presupone y de la parálisis de iniciativas que atenaza a los principales líderes del arco parlamentario”. Afirma que la reforma de la Constitución de 1978 no es una opción, sino una necesidad. Entre los asuntos a tratar incluye:

"• Robustecer el Estado de las autonomías reconociéndole su carácter federal y proporcionándole las fortalezas e instrumentos que garanticen a un tiempo la solidaridad y la eficacia de su acción.
• Refundación del Senado, cuya mejor contribución a las autonomías de este país ha sido paradójicamente la suspensión de una de ellas, y una eliminación de la protección constitucional a la provincia como circunscripción electoral.
"

Resume que esas modificaciones “permitiría en un futuro no lejano la revisión del Estatuto de Cataluña y de otros si así lo quisieran, y la convocatoria en un referéndum legal a los ciudadanos a fin de que pudieran expresar su apoyo al modelo de relación con el resto de España”. O sea, todo lo hecho se justifica exclusivamente para dar un “encaje” a Cataluña y calmar sus aspiraciones independentistas, que vía referéndum pactado podrían optar por no aceptar las condiciones de ser uno más de los Estados federales y proclamarse como República independiente en igualdad con lo que quede de España e integrados en la UE como miembros de pleno derecho.

Pues no, Sr. Cebrián, no acepto pulpo como animal de compañía, y mucho menos un escorpión con su aguijón dispuesto a atacar en el momento en que se vea mínimamente en riesgo. El tipo de República Federal a la que puede aspirar España sería mucho mejor que el de las actuales autonomías, verdaderos reinos de taifas donde la insolidaridad inter territorial se impone sobre el interés general y los derechos de los españoles que los ven violados de forma sistemática en comunidades como Cataluña y las pancatalanistas de Baleares y Valencia. Y lo que se echa en falta no es una vuelta a un centralismo obsoleto, sino el sentimiento de orgullo de ser y sentirse español. Y mucha culpa de ello la tiene la izquierda y sobre todo el PSOE que, en su intento de señalar al PP como herederos del franquismo, ha contribuido a asociar la imagen de símbolos nacionales como la bandera o el himno, como expresiones del más rancio fascismo, enarbolando otras como la bandera tricolor pretendidamente republicana. Usted y Pedro Sánchez se pueden quedar con su reforma de disgregación e insolidaridad, y por mi parte pueden tirarla directamente al vertedero más cercano para que sea incinerada.

¡Que pasen un buen día!


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