Un país a la deriva

El hundimiento de España (25)

26.10.17 | 08:37. Archivado en Política Nacional

LA MISMA EXCUSA: “NO NOS DEJAN OTRA OPCIÓN”. ANC LLAMA A DEFENDER EL PARLAMENTO Y FESTEJAR LA PROCLAMACIÓN DE LA REPÚBLICA.

Cuando uno se asoma al abismo en plan suicida, a no ser que su alienación sea mayúscula, lo que le viene es una sensación de vértigo y escalofrío provocado por un instinto básico de supervivencia que bloquea las piernas en un último y desesperado intento de evitar la muerte. Algo así le está pasando tanto al llamado bloque constitucionalista como al bloque independentista. El primero por el miedo al fracaso de las medidas que van a aplicar para devolver las Instituciones en Cataluña a la normalidad y legalidad, y el segundo por las consecuencias que derivan de su culminación de la insumisión y sedición que representa la declaración formal de independencia. Y es ese pánico escénico por el miedo al fracaso el que hace que ambas partes usen la misma excusa no exenta de fatalidad al decir que “no nos dejan otra opción”. Una frase que intenta descargar las culpas de lo que suceda en el otro por haber traspasado el Rubicón y provocado el enfrentamiento.

Y aquí hay que intentar en lo posible mantener una posición de análisis crítico neutral y sin carga emocional alguna para intentar comprender o, al menos exponer, las razones que nos han llevado a esta situación. Una tarea que se intuye tan compleja o más como la evolución exponencial de la sociedad catalana en el sentimiento anti español y la asunción del discurso separatista de lemas como “España nos roba”, “El Estado opresor”, “la represión de las libertades y legítimas aspiraciones del pueblo catalán” y demás eslóganes de la más burda propaganda ultra nacionalista, que han influenciado de manera decisiva en las últimas dos generaciones de catalanes. Una labor que, por desgracia, ha sido consentida por los diferentes Gobiernos de España del PSOE y del PP por un grave error de apreciación al despreciar la determinación de un movimiento que solo ha esperado su oportunidad para ir avanzando en sus objetivos y culminar su proceso de independencia.

Y es que reconducir esta situación en una sociedad dividida y actualmente enfrentada en dos bandos equivalentes, es una labor titánica que va a requerir el mismo tiempo o más que el que los secesionistas han dispuesto. Y lo primero es que es imposible luchar contra los sentimientos y contra las convicciones fuertemente arraigadas en donde impera la conciencia de grupo, en este caso de pueblo, que se siente sojuzgado y reprimido en sus derechos por la fuerza de un Estado invasor. Un relato que ha sido inculcado desde la infancia por unos desaprensivos maestros reconvertidos en adoctrinadores de una Historia falseada hasta la náusea y el ridículo, apoyados por unos libros de texto que nunca debieron usarse como tales si hubiera habido un mínimo interés del Gobierno de España en impedirlo. Pero ni hubo interés ni determinación política de interferir en los tejemanejes de la Generalidad.

Una Historia deformada que ha servido como excusa para volver a decir hoy que “no nos dejan otra opción”, para justificar que han sido empujados a tomar esa decisión por la acumulación de supuestos desprecios y de agravios que se remontan nada menos que a 1714 y la guerra de sucesión entre los Austrias y los Borbones por el Reino de España. Una Historia que tiene entre sus hitos esos siglos de ocupación y represión, que se contradice con la supervivencia de la lengua y los usos y costumbres propias de los catalanes y un desarrollo industrial del que no han gozado otras regiones de España, salvo el País Vasco, otros que se sienten reprimidos y ocupados y aspiran a la independencia y reunificación de una inexistente e inventada Euskal Herría. Y cada uno con sus mártires y sus movimientos de liberación, primero contra la dictadura de Franco y el fascismo, y después contra la democracia y la Constitución de España, en la que nunca, por más que se les conceda en su auto gobierno, se van a sentir “cómodos” y no encuentran su “encaje”. Una razón más que les reafirma en su excusa del “no nos dejan otra opción” que irnos.

Y es verdad que el Gobierno de España y los partidos mayoritarios, PP y PSOE, que se identifican con la Constitución, aunque sea con muchos y graves matices, son la principal causa de haber llegado a esta situación y se vean ahora en la tesitura de entrar a saco a neutralizar este golpe de Estado. Porque aplicar el artículo 155 no es una opción, sino la menos traumática de las posibles soluciones. Y eso no quiere decir que no sea drástica, sino que en este caso, la cirugía ha de ser necesariamente radical y extirpar una extensa zona del cáncer ampliamente extendido. Han sido muchos años de desarrollo del mal por un grave error de diagnóstico y de falta de supervisión. Y ahora es precisa una intervención “in extremis” cuyos resultados no son predecibles y, en el mejor de los casos, requerirá un largo periodo posoperatorio.

Y no es verdad que no hayan tenido otra opción. Cada uno busca las justificaciones que mejor convienen a sus intereses, empezando por el mundo virtual de legitimidades y legalidades construido por los secesionistas despreciando y violando las leyes, la Constitución y, en último término, el Estatuto de Autonomía. Siempre hubo la alternativa de presentar las reclamaciones ante la sede de la Soberanía Nacional, el Congreso y el Senado de España. En su lugar prefirieron usar el Parlamento de la autonomía como trampolín de sus reivindicaciones y como instrumento al servicio de la causa separatista, incluso para el enriquecimiento personal y la financiación del proceso creando clientelismo político y adoctrinando a las nuevas generaciones en el sentimiento nacionalista excluyente. Una actitud plenamente fascista que ha llegado a “marcar” a los disidentes en un intento de aislamiento y acoso personal y colectivo.

Siempre hubo otra opción, pero no les interesaba considerarla. Porque lo irrebatible e innegable es que había un límite infranqueable, aunque tuviera defectos congénitos que el tiempo se ha encargado de resaltar, y es la Constitución de España de 1978. Una Ley que sirvió para hacer una transición lo menos traumática posible de una larga dictadura hacia la democracia parlamentaria. Y es verdad que el sistema autonómico ha sido en la mayoría de los casos mal interpretado y peor desarrollado, partiendo de dos situaciones de excepcionalidad como el reconocimiento de El País Vasco y Navarra como comunidades “históricas” con derechos excluyentes de autogobierno y de administración, con el Concierto Vasco y los Fueros. Algo que pronto fue denunciado por la Generalidad de Cataluña para reclamar un trato de igualdad a la hora de constituirse en comunidad autónoma histórica. Una situación que con el tiempo se ha ido enquistando y que ha sido el caldo de cultivo del sentimiento de insolidaridad y la aparición de más brotes de nacionalismo con aspiraciones independentistas. Tal es el caso de comunidades como Galicia, o Valencia y Baleares donde el pancatalanismo reivindica la identidad nacional de los llamados países catalanes.

Y es en este escenario tan convulso cuando el Gobierno de España intenta recuperar el espíritu que hizo posible la Constitución de España. Una misión imposible donde ni siquiera los principales partidos originarios PP, PSOE y lo que era el partido Comunista, ni los partidos nacionalistas minoritarios PNV y CiU, coinciden en sus objetivos de salvaguardar el bien común de los españoles. Y sencillamente es porque ya no se sienten españoles y, como dije, no se puede luchar contra los sentimientos arraigados en lo más profundo de los ciudadanos. Ya no se llama a la unión ni a la solidaridad, sino que se alienta el enfrentamiento como está haciendo la ANC y OMNIUM llamando a la sociedad a defender la ilegal e inconstitucional declaración de independencia. Una llamada a la desobediencia y la rebelión que la CUP define cínicamente como “violencia pacífica”.

Dice un refrán que para hacer tortillas hay que romper huevos. Así que lo que parece inevitable es que esas manifestaciones o concentraciones terminen por desprenderse del nada creíble pacifismo y se transformen en violentas, pasivas o activas, ya que ambas formas lo son. Y es que a toda acción se produce una reacción y también se dice que evitando la situación se evita el peligro. En este caso, no quieren evitar la situación porque ambas partes dicen que “no nos dejan otra opción”. El conflicto está servido.

¡Que pasen un buen día!


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