Un país a la deriva

¡Pasemos un tupido velo!

15.03.17 | 10:09. Archivado en Política Nacional

Europa tiene un problema y es que está reaccionando tarde y mal respecto a lo que algunos califican de multiculturalidad para definir el hecho de la masiva inmigración durante las últimas décadas de millones de ciudadanos de países con regímenes dictatoriales y de religión mayoritaria musulmana. Un colectivo que desde el principio eligió mantener sus costumbres ante el abismo existente con la cultura del país anfitrión. Una falta total de integración que ha ido ahondando en ese abismo cultural, creando una corriente cada vez más fuerte de xenofobia real en la sociedad que les acogía. La tradicional permisividad y libertad de las viejas democracias europeas, es ahora su talón de Aquiles ante una situación donde esa gran masa social ha venido para quedarse y se siente con el derecho a imponer su propia cultura importada de sus países de origen.

Y sí, se trata de un choque cultural producido básicamente por la divergente concepción moral cuyas raíces provienen de la diferente visión religiosa existente entre la cultura cristiana y la musulmana. Y si a eso le añadimos el gran avance en el último siglo y medio en la defensa de los derechos humanos y en la igualdad entre hombre y mujer, veremos la imposibilidad de una “alianza de civilizaciones” con quienes, anclados en su concepción medieval, califican a los demás que no comparten sus creencias como enemigos del Islam. Una religión que en vez de adaptarse a los tiempos y avanzar con el desarrollo económico y social de sus ciudadanos, mantiene una represión total de la vida de esos ciudadanos con dictaduras clericales o que aúnan en una sola persona el máximo poder político y religioso.

Y el debate debe ser si nuestra sociedad occidental que tantos avances ha logrado en los derechos de las mujeres para que sean ciudadanas en igualdad con los hombres, debe permitir el que otros grupos culturales quieran imponer sus usos y costumbres claramente vejatorios y discriminatorios con las mujeres. Creo sinceramente que no. Hacerlo sería retroceder y renegar de lo ya conseguido solo por satisfacer las exigencias de unos intransigentes advenedizos. Y aquí no deberíamos aceptar como verdad irrefutable aquello de “otros vendrán que de tu casa te echarán”. Aunque bien es verdad que alguno de los dirigentes más radicales de ese islamismo beligerante ya amenazó con “os invadiremos con los vientres de nuestras mujeres”. Al parecer esa amenaza se está convirtiendo en una dura realidad.

También no es menos cierto el que muchos países occidentales que dicen ser defensores de los derechos humanos, aplican un cínico pragmatismo a la hora de relacionarse con esos regímenes clericales y dictatoriales. Ejemplos como el de Arabia Saudí con la sospecha fundada de ser el financiador de grupos terroristas como Al Qaeda o la yihad, los emiratos árabes, el régimen de los Ayatolás en Irán, o las derivas dictatoriales de repúblicas como la de Turquía con un Erdogán radicalizado, nos deben hacer dudar de la firmeza de las convicciones morales frente al “vil metal” y la prevalencia de las relaciones comerciales sobre cualquier otra consideración ética. Y es que el dinero no tiene credo ni moral.

Estamos en un momento decisivo en el que está en riesgo la propia supervivencia de nuestra cultura occidental. Solo hay una alternativa, luchar por defenderla y erradicar a los que quieren imponernos su forma de vida. Han demostrado no merecer la confianza que la sociedad les otorgó al acogerlos no teniendo la mínima voluntad de integración y respeto por los usos y costumbres de sus anfitriones haciendo ostentación de las suyas propias y enarbolando banderas reivindicativas para exigir mantenerlas por encima de las leyes vigentes. Temas como el de la ablación del clítoris, la poligamia, vejación de la imagen de la mujer con el uso del burka, etc. son solo muestras del gran abismo cultural existente y la incompatibilidad de una convivencia basada en la igualdad de derechos y la libertad.

Por supuesto que siempre habrá demagogos sin escrúpulos que se muestren comprensivos con esas reivindicaciones de respeto a unas costumbres que no tienen cabida en nuestras sociedades. A esos, les pediría que pusiesen todo su empeño en defender los derechos que tenemos y disfrutamos aquí para que los implanten en los países de origen de los que, aprovechando nuestra libertad, se atreven a exigir lo que saben que allí les costaría la vida por pedirlo.

¡Que pasen un buen día!


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