Un país a la deriva

Dos pasos por delante.

14.03.17 | 17:36. Archivado en Política Nacional

Casi todos los especialistas y críticos opinan que la sentencia del TSJC (Tribunal Supremo de Justicia de Cataluña), ha sido demasiado “benévola” con el sedicioso ex Presidente del Gobierno de la Generalidad, Artur Mas, Joana Ortega e Irene Rigau. Su condena no incluye el delito de malversación ni el de prevaricación administrativa, centrándose en el de desobediencia a las sentencias del Tribunal Constitucional. Prevalece así la consideración de otorgar mayor gravedad al desacato que a haber usado medios públicos, incluyendo fondos “ad hoc” de partidas presupuestarias inapropiadas e ilegales. Y reconocido el delito de desobediencia, la sentencia sorprendentemente se fija en el límite más bajo y benevolente dentro del amplio umbral que contempla la Ley, haciendo caso omiso de lo demandado por la Fiscalía ante la gravedad del hecho imputado y de la relevancia del cargo público ostentado por Artur Mas. Un abuso de poder evidente que el Tribunal no ha querido tener en consideración.

Estoy plenamente de acuerdo con quienes califican esta sentencia como incomprensible, injusta y tremendamente benévola con los juzgados, ex Presidente, Vicepresidenta y Consejera (equivalente a Ministra en una autonomía). Altos cargos de un Gobierno autonómico conscientes de su desobediencia que aprovechándose de su cargo, no dudaron en dotarse de medios jurídicos (Ley de consultas aprobada semanas antes), económicos (partidas presupuestarias finalistas), coactivos con sus subalternos (funcionarios públicos que debieron oponerse conocedores de la prohibición del TC) y propagandísticos (páginas web oficiales, radio y televisión pública), para llevar a cabo su simulacro de referéndum en forma de “consulta” ilegal en colegios públicos abiertos para tal fin.

Una actitud que sigue siendo desafiante incluso tras esta sentencia, que lejos de conseguir el efecto disuasorio, ha exacerbado los ánimos sediciosos de un nacionalismo dispuesto a mantener sus planes de convocatoria de un referéndum ilegal y la declaración de la independencia unilateral. Una actitud beligerante y desafiante que ve día sí y otro también, cómo el Gobierno de España no responde a los sucesivos envites que le plantea el Gobierno y la Mesa del Parlamento de Cataluña con el apoyo de la mayoría parlamentaria favorable al proceso de independencia. Los secesionistas se van armando con una batería de legislaciones y normas de funcionamiento capaces de llevar a cabo lo que llaman una “secesión exprés”, sin que el Gobierno de Mariano Rajoy haga algo más que seguir con la mirada desde lejos cómo los independentistas van a llegar a la meta antes de que un juez les descalifique.

No puede el Gobierno de España esconderse eternamente bajo las togas de los Altos Tribunales de España. La justicia es de por sí lenta, algunos creemos que excesivamente lenta y garantista. Una Justicia que nos sorprende con sentencias como la del caso Noós y la benevolencia en la condena del yerno del Rey emérito y de la Infanta Cristina, hasta el punto en que se ha hecho popular lo de conseguir un “urdanga” o acogerse a la doctrina Cristina del no sé y no recuerdo. Es simplemente bochornoso y esperpéntico, pero nos da una idea de hasta qué punto los asuntos de Estado debe resolverlos el Gobierno y el Parlamento de España y no dejarlo en manos de unos jueces que se pueden enredar en circunloquios legalistas y de interpretación. Porque para interpretar ya están los políticos sobre la intencionalidad de quien desafía a la legalidad política y social de la nación.

Las condenas no deben ser “suficientes”, ni “insuficientes”, ni “ejemplarizantes”, ni “benévolas”, sino simplemente justas. Y esta sentencia la mayoría de los españoles pueden considerar que no es justa ni responde a la gravedad de los delitos cometidos.

Creo que la Fiscalía debería recurrir ya que se ha visto, como en el caso Noós, desacreditada y desautorizada en sus peticiones por unos jueces incapaces de apreciar más allá de las puñetas de sus togas, quizás demasiado influidos por el clima de crispación y de presión existente en la Comunidad autónoma donde deben desempeñar su función. Algo muy parecido al miedo escénico comprensible de un árbitro ante el clamor efervescente de un Camp Nou pitando al himno nacional de España en presencia del Rey. Equivocarse bajo ese ambiente suele ser algo mucho más de lo normal, así como tener un comportamiento proclive a favorecer al equipo local.

¡Que pasen un buen día!


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    • Vicente A. C. M. Vicente A. C. M.

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