Los primeros discípulos de Jesús a raíz del encuentro con el resucitado se empiezan a llamar “apóstoles”, siendo los encargados desde ese momento de salir al mundo y dar a conocer lo que han visto. Ellos se convierten en los pilares, en el centro de esa nueva fundación que es la Iglesia, por lo tanto, de alguna manera, podríamos denominarlos como “los padres fundadores”.
Todos sabemos que en aquella época y cultura el sexo era esencial a la hora de “ser alguien”, algo que sin embargo no era un impedimento para Pablo a la hora de contar con la mujer para ser reconocida como autoridad (Hc. 1, 21-22), sentir totalmente opuesto a Lucas cuyo requisito entre otros, era ser varón, condición que influenció a la Iglesia de entonces sometida a la cultura del imperio romano.
Destacar por otra parte, el protagonismo y disparidad ante la primera aparición del Resucitado. Pablo y Lucas se la atribuyen a Pedro, sin embargo, Mateo y Juan lo hacen a Mª Magdalena junto con otras mujeres como testigo de los acontecimientos, recibiendo a la vez el mandato del envío, y convirtiéndola de alguna forma en símbolo de autoridad, algo que también hace Pedro reclamando esa autoridad para los varones.
Como podemos comprobar, desde siempre ha existido esa condición de inferioridad de la mujer y no solo en la religión católica sino en cualquiera, aunque con el transcurrir del tiempo en todas, incluso en las más cerradas, se ha ido abriendo camino y luchando para que no siga siendo así.
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Es la misma maldición del Paraiso que Dios le dice a la mujer las cosas bien claras. Que luego alguien quiera volver a escribir La Biblia a su antojo ya es otra historia. Una cosa es ser cabeza de familia y otra cosa bien distinta es ser un tirano. Se puede ser hombre, cabeza de familia sin ser lo segundo, y este es el mandamiento que lleva el Evangelio, si se consigue ser bueno antes que nada, lo demás de ser jefe o ser súbdito no tiene la menor importancia.
Sábado, 2 de junio
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