Quiero compartir un hecho que me ha impresionado de manera especial. Cuando me dirigía a mi lugar de trabajo, dispuesta a coger el tren como cada día, percibo un cierto revuelo en uno de los andenes. Había demasiada gente y policía. ¿Qué sucedía? No me ha hecho falta preguntar porque era algo palpable, un señor de unos 55 años, se encontraba rodeado de médicos y policía, trataban de que su corazón siguiese latiendo. Se había caído desplomado.
Este acontecimiento me consternó e hizo reflexionar sobre algo que, ahora, quiero compartir con vosotros.
Habitualmente, percibo, que vamos por la vida de maravillosos, de auténticos, de únicos, mirando a la gente, en ocasiones, por encima del hombro y creyéndonos mejores que nadie, utilizamos, ropa de marca, gafas de sol puestas cuando la noche cae (ahora es moda llevarlas en la oscuridad, debe ser que nos hace sentirnos más importantes y nos sube la auto-estima).
Vivimos exteriormente, sólo de apariencias, sabiendo que “yo” soy el mejor y lo que le pueda pasar al otro, no es asunto mío. Y lo mejor, de todo, es que nos llamamos sociedad civilizada del primer mundo, yo y mis circunstancias…
Vivimos apegados a todo esto, pero nadie sabe lo que le pasa al de al lado, al que camina junto a mi. Toda ésta apariencia física exterior me hace preguntarme: ¿por qué nos creemos lo que no somos?, ¿por qué esa necesidad de aparentar, qué carencia hay en nuestro interior que nos lleva a comportarnos así?...
La muerte y la enfermedad no entienden de chequeras ni talonarios. En situaciones límite, todos somos iguales. No podemos rebelarnos ante ello ¡y menos mal!, porque en el fondo, ¿qué es lo que pretendo demostrar a los demás con esta actitud?, ¿cuál es la huella por la que quiero que me recuerden?... si es que quiero dejar alguna…
Creo que no somos conscientes de que estamos de paso, de que hoy, te puede tocar a ti, pero mañana puedo ser yo, y en cuestión de minutos, la vida nos puede dar un giro de 180 grados… Si asumiéramos esto, posiblemente nuestra altanería se nos rebajaría un poco, siendo más conscientes de que todo un Dios se rebajó hasta límites insospechados.
“Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos” nos recuerda Lucas. Si nos fijamos, los que menos tienen son los que más nos enseñan a compartir, ¿os habéis preguntado por qué?
La muerte es nuestro último paso en la vida. Debemos estar preparados y es indudable que el único que sabe cuándo y dónde ocurrirá es Dios. Él tiene la llave de nuestro último viaje, quizá sería bueno que nos parásemos a meditarlo de vez en cuando…
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Cierto que a veces caemos en una especie de contradicción con nuestros muertos, al menos con los muertos recientes, con aquellos con los que hemos convivido. Crece hacia ellos nuestro cariño y nuestra nostalgia.
Este efecto redoblado no hay que dejarlo sólo para después de la muerte.A ser posible, hay que derrocharlo sobre nuestros muertos cuando todavía están vivos. Aquí, en este mundo, hay que demostar primero el amor que tenemos a los nuestros en plena vida, en medio de las contradicciones y las luchas que la existencia diaria nos trae. Esto sin excluir aquello, tiene más mérito.
Me ha encantado tu comentario... mi más sincera enhorabuena.
No cambies.
Un abrazo en Cristo.
Sábado, 2 de junio
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