Ellas estaban allí, en la distancia: María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé... ¡cuantas veces le habían servido y acompañado! Y ahora, una vez más, nos las volvemos a encontrar en el silencio, en la soledad, donde no había nadie, acompañando a Jesús, contemplando la historia, atentas al misterio de la vida y de la muerte. Ellas fueron las únicas testigos de la Resurrección.
Como mujeres no lo tuvieron fácil. La mujer nunca lo ha tenido ni lo tiene en nuestra sociedad. A veces sentimos la necesidad de quedarnos en ese Viernes Santo, nos faltan la ilusión y las fuerzas, llegando incluso a la tentación de prolongarlo refugiándonos en algo ilógico… pero pensemos en ese primer día de la semana: Ellas son pocas y frágiles, conscientes de que no pueden mover la piedra, pero no por ello se detienen… son las encargadas de acoger y transmitir la buena noticiaÉl siempre nos precede en el camino. Allí donde pensamos que la vida es amenazada y enterrada, siempre está la semilla de la Resurrección. Si de verdad queremos seguirle, tenemos que seguir luchando, no conformarnos con lo que tenemos. No podemos seguir yendo al sepulcro, porque allí ya no hay nada. ¡Vayamos a la vida!, a nuestra cotidianidad, en medio de lo que la vida nos depare cada día. Si somos capaces de hacer eso, quizá es que nos hayamos encontrado con Él…
Viernes, 17 de febrero
Religión Digital
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Angel Moreno
Juan Antonio Espinosa
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
FCJE
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes