Ungido para evangelizar a los pobres

"El que se hace pequeño... Ése es el más grande en el Reino de los cielos".

Domingo Veinte y Cinco Año Ordinario B. 23.09.2018

"Al salir de allí atravesaron la Galilea sin detenerse. Jesús no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Y les decía: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, que le darán muerte; y, a los tres días de muerto, resucitará" Pero ellos no entendían lo que les decía y tenían miedo de preguntarle". (Marcos 9, 30-32).

A Jesús el tiempo se le hace corto. En adelante se dedica principalmente a preparar al grupo de los apóstoles que tendrían la gran responsabilidad de continuar su obra.
Ellos no entendían lo de su muerte y resurrección: son cosas que no se entienden sino después que han sucedido. Prefieren no preguntar ni saber; con eso dejan a Jesús más aislado.

"Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, Jesús les preguntó: ¿Qué venían discutiendo por el camino?" Ellos se quedaron callados, porque habían discutido entre sí cuál era el más importante". (Marcos 9, 33-34).

Los apóstoles han vuelto a Cafarnaúm, centro de sus expediciones misioneras, y están en la casa, muy probablemente la de Simón Pedro y su familia.
Han predicado el Reino de Dios, hacen curaciones milagrosas y también expulsan a los demonios. Aún les falta lo más importante: ser humildes.
También nosotros seguimos a Cristo, nos sacrificamos por él, nos hemos comprometidos en el servicio a la comunidad, tenemos cara de buenos cristianos, el Señor hace por nuestras manos algunos milagros chicos o grandes... ¿Podemos por eso compararnos al vecino? ¿Tenemos el derecho de imponernos cuando los demás preferirían contar con los servicios de otra persona? ¿Debemos considerarnos como maestros de los que no alcanzan nuestro nivel?

"Entonces se sentó, llamó a los Doce y les dijo: "Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y el servidor de todos". Y, tomando a un niño, lo puso entre ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: "El que recibe a un niño como éste en mi Nombre, a mí me recibe; y el que me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió".

El gesto de Jesús hay que ponerlo en el contexto de su enseñanza. Los apóstoles discuten quién era el más importante. Esto no es asunto ni una discusión nueva para ningún grupo humano. Tampoco para los grupos de Iglesia. No siempre aparece como algo muy visible y palpable a nuestros sentidos, pero está latente en hechos y actitudes. En el egoísmo humano y en su raíz misma está el ser más importante y el primero. Es una verdadera competencia humana.

A esta actitud, o mejor dicho, a este instinto, Jesús le da una orientación radicalmente nueva. ¿Quieren ser los primeros en importancia? Entonces, "quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos". Y presenta a un niño como modelo de todo esto.
La gran mística del Evangelio, que los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos, es el nuevo criterio que Jesús establece para medir a los hombres y mujeres. Ante tal revolución de valores, no es extraño que un niño se nos ponga como modelo.
Las características del niño deben darse, como actitud de espíritu, en nuestra relación con Dios Padre. Las relaciones con el Padre es el gran criterio escondido para hacer de alguien primero o último. No es una relación de poder, ni de riqueza, ni de sabiduría humana, y es por eso que estos criterios son insuficientes. La relación con el Padre es la de un verdadero hijo: es filial, y los niños nos enseñan, con su actitud, cómo debemos hacerla crecer.
La actitud de un niño con sus padres y con el mundo es un sacramento de nuestra actitud con el Padre.
Un niño espera todo de sus padres, depende de ellos. El niño se siente limitado, incapaz de vivir por sí mismo. Un niño confía ciegamente en sus padres; se siente amado y acompañado por ellos. Un niño tiene defectos y problemas, pero sabe que siempre sus padres lo comprenden y lo perdonan. Cree más en la fidelidad de sus padres que en la propia. No es un pretencioso. El problema de ser o no importante, el primero o el último, no le interesa. Lo que cuenta es su vida de hijo de sus padres.
El niño siempre está en una actitud de recibir, de aprender de los otros y del mundo. Es un necesitado.
El niño es capaz de sorprenderse y de admirar. Crece en sus relaciones con los otros. Es auténtico. Se dice: "un niño no miente". Actúa tal como él es. Es un auténtico y sin doblez.
El niño aún no tiene ambiciones ni ídolos. Está libre de la riqueza y el poder. Tiene libertad que lo hace transparente y lo libra de la búsqueda de prestigios. Los niños dicen la verdad que otros no se atreven. ¿No podría haber en él, una semilla de profeta?

Les recomiendo que actitudes del niño la llevemos a nuestra relación con Dios y con los demás, y ciertamente comprenderemos esta espiritualidad:

"Si no hacéis como niño no entraréis en el Reino".

"En ese momento, los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: "¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?
Entonces Jesús llama a un niñito, lo coloca en medio de los discípulos, y dice: "Les aseguro que si no cambian y vuelven a ser como niños, no podrán entrar al Reino de los Cielos. El que se hace pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos, y el que recibe en mi Nombre a un niño como éste, a mí me recibe.
Si alguien hace tropezar y caer a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le sería que le amarraran al cuello una gran piedra de moler y que lo hundieran en lo más hondo del mar.
¡Ay del mundo que es causa de tantas caídas!
(Mateo 18, 1-7)

En este Evangelio, Jesús pasa de los niños a los pequeños, es decir, a la gente sencilla. Son pequeños en el sentido de que no cuentan mucho en la sociedad, pero también porque creen con más sencillez que las personas orgullosas de su propia situación y cultura.

Jesús piensa en las personas que hacen caer a los pequeños por su mal ejemplo, porque su situación o su dinero o su fuerza les permite presionar a los pobres y los desamparados.

Jesús habla también del mal que hacemos debido a la presión social. Los pequeños son, muchas veces, gente que se esfuerza por salir de su condición y llegar a ser más independiente gracias a una mejor educación y a mayores ingresos. Pero la sociedad hace difícil superarse a los que no entran en los juegos sucios y se niegan a imitar el modo de vivir de las personas egoístas y corruptas. Debido a esto, muchas veces los pequeños deben resignarse a un fracaso,a perder su ojo,,antes que renunciar a lo más importante,que es vivir bajo la mirada de Dios.
Nuestra suerte se juega en la vida presente y no habrá un tercer lugar entre el Reino de Dios y la condenación definitiva. Hay momentos en que debemos conquistar el Reino hasta con el sacrificio de nuestro trabajo, de nuestra seguridad y de nuestra vida.

¡Ay del mundo que es causa de tantas caídas!

A veces son algunos los que causan el escándalo (o sea arrastran al pecado a los demás). Otras veces es la misma sociedad con su corrupción, su violencia y sus estructuras injustas. Con eso Jesús nos invita a tomar conciencia del pecado individual como social. Las civilizaciones, las costumbres, los sistemas económicos y políticos favorecen o impiden la fe; y recibirán en forma colectiva el fruto de sus obras. ¡Ay del mundo...! porque las estructuras malas serán derribadas de cualquier manera, con lágrimas y sufrimientos.

"Felices los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios".

"Felices ustedes si los hombres los odian, los expulsan, los insultan y los consideran unos delincuentes a causa del Hijo del Hombre. En ese momento alégrense y llénense de gozo, porque les espera una recompensa grande en el cielo. Por lo demás, ésa es la manera como trataron también a los profetas en tiempo de sus padres".

"Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo.
¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre.
¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto.
¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, porque de ese modo trataron a los falsos profetas en tiempos de sus antepasados".
(Lucas 6, 20.22.24-25).

Es Palabra de Dios.

Pbro.Eugenio Pizarro Poblete+


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