Ungido para evangelizar a los pobres

La alegría de vivir gracias a Cristo Resucitado.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN. 16.04.2017.

El evangelista Juan, 20,1-18, nos ayudará a encontrarnos con Cristo resucitado. He alargado unos versículos en el Evangelio de hoy, porque quiero referirme a la aparición de Jesús a María Magdalena.
Como siempre, les pido, que tomen el Evangelio, "tocando" con fe esperanza y amor a la persona de Jesús, pues el Evangelio no es "algo", es "Alguien", es la persona de Jesús, es la Buena Noticia, que Él personalmente nos comunica.
Les recuerdo: háganlo como aquella mujer enferma con flujos de sangre, que había gastado doce años en médico, no consiguiendo mejoría y salud; pero ella viendo a Jesús rodeado de una multitud,que lo apretujaba por todos lados, se dijo a sí misma: "Si logro tocar, aunque sea sólo su ropa,sanaré. Al momento cesó su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba sana... Pero también Jesús se dio cuenta del poder que había salido de Él y, dándose la vuelta, preguntó: ¿Quién me tocó el manto? Sus discípulos le contestaron: Cuando ves a esa gente que te aprieta, ¿cómo puedes preguntar quién te tocó?. Pero Él seguía mirando a su alrededor para ver quién era que lo había tocado". (Marcos 5,28-32). "Jesús replicó: Alguien me ha tocado; yo sentí que una fuerza salía de mí". (Lucas 8,46). Era la fe, la esperanza y el amor por Jesús de esta mujer que lo había tocado.
Lo tocó no de cualquier forma. Lo tocó de una manera especial. Así, quiero recomendarles, que "toquen" a Jesús en su Evangelio de su Resurrección de hoy día,y les llegará una fuerza y virtud especial de Jesús.

La Palabra, Jesús: "Yo les he dicho todas estas cosas para que en ustedes esté mi alegría, y la alegría de ustedes sea perfecta". (Juan 15,11).
Jesús quiere que tengamos su propia alegría, y que esa alegría sea completa en nosotros. Y en otra circunstancia, como cuando ya anunciaba su muerte, les dice a sus discípulos y, en ellos a nosotros: "En verdad les digo:ustedes llorarán y se llenarán de pena mientras el mundo gozará, pero esa tristeza se convertirá en alegría". (Juan 16,20).
Todo esto lo cito y lo digo porque ha llegado la hora de la alegría: ¡Jesús vive, ha Resucitado!

Nuestro cristianismo es de alegría. Jesús es una Buena Nueva, que nos saca de nuestras penas y tristezas, y nos hace testigos de la alegría de su resurrección.
No obstante, ser el cristiano, alguien que debe ser testigo de esta alegría, nos encontramos que, casi la mayoría de los cristianos, están más proclives a entristecerse y afligirse con Jesús, y no tanto a alegrase con él. Si nos fijamos bien, la mayoría de nuestros templos tienen en sus muros cuadros de las estaciones del vía crucis. Muy poco o nada se ve acerca de una señal, un cuadro o imagen de Jesús Resucitado.

Es cierto, que hay en nuestra vida cristiana, una cuaresma de penitencia, sacrificio y mortificación, acompañando a Jesús hoy, en los sufridos, especialmente en los más pobres, y haciendo expiación de nuestros pecados personales y sociales, pero no siempre caemos en cuenta, que hay también, una cuaresma (40 días) de la alegría. A partir del día de pascua de resurrección, comienzan cuarenta días de alegría hasta la fiesta de la ascensión, incluso,si queremos más, hasta cincuenta días,tomando la fiesta litúrgica de pentecostés.

Si hemos leído y meditado el Evangelio, nos habremos dado cuenta cómo en el monte calvario, al menos habían unas santas mujeres con la madre de Cristo, más el discípulo amado. Pero en el momento de la resurrección no había nadie.

Seguramente habremos hecho el vía crucis, el camino de la cruz. Sí, nos hace bien recorrer el camino de la cruz. Pero hay que preguntarse,¿hemos hecho el camino de la alegría? Pareciera que este camino no está contemplado en nuestras devociones.

Hoy, quiero invitarlos, en este tiempo pascual, a comenzar las estaciones de la alegría pascual: nuestro camino del gozo y de la alegría cristiana. Los invito a vivir, siguiendo el tiempo litúrgico pascual, la cuaresma de la alegría. Como lo hacemos siguiendo las estaciones del vía crucis, ahora, los invito, a seguir las estaciones del "vía letitiae" (camino de la alegría).

Yo creo que las apariciones de Cristo resucitado nos ayudarán a hacer el camino de la alegría, haciendo nuestras propias estaciones. Nos harán comprender cómo podemos encontrarnos con Cristo hoy día.Recordemos: "Bienaventurados los que sin ver creen". (a Tomás).
Las apariciones nos harán entender cómo, hoy, Cristo se nos manifiesta visible a los hombres y mujeres, que tienen corazón y alma de pobre.

¡Hoy Cristo vive! ¡Ha resucitado! ¡Está en medio de nosotros, en nuestros tiempos,en nuestras vidas de todos los días! Hagamos esta experiencia. Como dice el Vaticano II: hagamos un discernimiento cristiano de los signos de nuestros tiempos. Cristo está en el cielo, en la tierra y en todo lugar.

Yo creo, que ciertamente Cristo, lleno del Espíritu Santo, después de resucitado, tiene que haberse encontrado con su Padre, también con su Madre, y,¿por qué no con su padre en la tierra, José? Los evangelios no nos narran estas apariciones y encuentros de Jesús resucitado.
Pero vamos a hacer, ahora,cada uno, cada familia, cada comunidad cristiana, peregrinando por el camino de la alegría de la resurrección, y haciendo estación en cada una de las apariciones de Jesús resucitado, una meditación, volviendo, de nuevo, a realizar con Jesús, cada una de las experiencias con las cuales él intentó, amorosamente, pacientemente, convencernos de su resurrección, y haciéndonos pasar de nuestras tristezas a hermosas experiencias de alegría; haciéndonos pasar de muerte a vida, de nuestra situación de pecado a una situación de gracia con Él.

Es muy importante que hagamos el camino de la alegría de Cristo. Es necesario hacerlo. Porque resulta algo duro y un poco egoísta afligirnos y sólo acompañar a Jesús cuando lo está pasando mal y sufriendo, y no acompañarlo y unirnos a él, cuando está gozando la alegría de su triunfo y de su resurrección. No es justo que lo abandonemos precisamente en el momento en que podemos ofrecerle la mejor muestra de nuestra amistad, uniéndonos con Él en su gozo y alegría.¡Qué maravilloso es dar la alegría a Jesús de vernos felices y alegres por su causa!
El cristianismo es la religión de la resurrección. Sería incompleta si sólo fuera de la cruz y muerte.

Comencemos con la estación de la alegría, que nos narra hoy día el evangelista Juan. Podríamos decir: 1ª estación: Cristo se aparece a María Magdalena: Juan 20,1-18.
Pero antes, por respeto al exacto Evangelio de hoy: Juan 20,1-9, diré al respecto, guiándome por el comentario que se hace en Biblia Latinoamericana, algo que también corresponde a nuestro camino de la alegría de la resurrección; también, antes de remitirme a la aparición a Magdalena, creo oportuno explicar algunas cosas referentes a cómo y de qué manera apareció Cristo resucitado; reconozco que no es fácil explicar lo referente a un Dios hecho Hombre, muerto y resucitado. "Los misterios de Dios son insondables".
Espero poder darme a entender y poder ser un instrumento de Jesús, para que se haga realidad, en ustedes, amigos míos, aquello dicho por Jesús: "Yo les he dicho estas cosas para que en ustedes esté mi alegría, y la alegría de ustedes sea perfecta". (Juan 15,11-13).

Al tercer día de su sepultura se comprueba que Cristo ha salido del sepulcro. La resurrección tiene lugar el primer día de la semana que, en adelante se llamará día del Señor, o sea, Domingo.
"María Magdalena fue a visitar el sepulcro. Vio que la piedra de entrada estaba removida. Fue corriendo en busca de Simón Pedro y del otro discípulo a quien Jesús más amaba, y les dijo: Han sacado al Señor de la tumba y no sabemos dónde lo han puesto.
Pedro y el otro discípulo partieron al sepulcro".(
(Juan 20,1-3).
Corrieron ambos, y primero llegó Juan al sepulcro, pero no entró.
"Después llegó Pedro". (Juan 20,6). Varios textos recuerdan que Pedro fue testigo del sepulcro vacío y de Jesús resucitado (Lucas 24,12 y 24,44; 1 Cor.15,5). Es que nuestra fe se apoya primeramente en el testimonio de los apóstoles y, en especial, del que fue cabeza de ellos.

"Vio los lienzos tumbados",/(Juan 20,6). Los lienzos designaban la sábana, de unos cuatro metros de largo, tendida debajo del cuerpo, de los pies a la cabeza y, luego, por encima de Él, de la cabeza a los pies; también designan las fajas que ataban las dos caras de la sábana. El sudario envolvía el rostro, pasando debajo de la barba y sobre la cabeza.
La sábana y las fajas están en su mismo lugar pero tumbadas, pues el cuerpo se ha desmaterializado, dejando en la sábana vacía la impresión extraordinaria que todavía hoy se observa en la reliquia venerada en Turín. El sudario, enrollado en la otra dirección, se ha mantenido como estaba.
Estos detalles nos muestran mejor lo que fue la resurrección. No se trata de que Jesús se haya levantado con su mismo cuerpo terrenal vuelto a la vida. Éste se ha desmaterializado; y, cuando hablamos del cuerpo resucitado de Jesús, nos referimos a algo que no podemos ver ni imaginar mientras estamos en la tierra. Los que tienen sueños y visiones de Jesús solamente ven figuras de Él, pero a Él no lo han visto, sino uno que otro de los más eminentes entre los santos, como fue el caso de Pablo, también de las apariciones de Jesús resucitado a los suyos, que harán nuestro camino o vía de la alegría.

Pero tanto Pedro como Juan: "Aún no habían comprendido la Escritura, según la cual Jesús debía resucitar de entre los muertos. Entonces los dos discípulos se fueron a casa".(Juan 20,9-10).

Jesús resucitado no sólo no era semejante a Dios, sino que ni siquiera se parecía a sí mismo. Los apóstoles no empezaron a encontrarlo más que cuando aceptaron verlo de manera diferente a la que esperaban. Estaba entre ellos, pero lo que necesitaban para reconocerlo no era que Él cambiase, tal como ellos creían y creemos también nosotros, sino que se pusiesen a creer en Él.

No encontraron a Cristo más que cuando aceptaron que Él podía manifestárseles bajo cualquier apariencia, con cualquier rostro. Por eso, poco a poco, durante cuarenta días, fueron aprendiendo a esperarle en todo momento, en cualquier acontecimiento, incluso en cualquier ser humano. Cristo resucitado los fue educando lentamente y los fue despegando de su carne, y apegándolos a su cuerpo, hecho de innumerables miembros. Se trata de que los discípulos ya no tendrían y no se les daría más que unos signos de la presencia de su amado Señor; se les daría unas llamadas a su fe, como unos tenues y frágiles trampolines, que los lanzarían siempre a un mundo distinto, a un "mundo pascual". Jesús resucitado se aparece a los que lo han amado más. Pero no es reconocido por ellos. Magdalena creerá que se trata de un hortelano o de alguien que cuida el cementerio. Los discípulos de Emaús tenían sus ojos cerrados que no lo recocieron más que sólo en la fracción del pan. Y si nos detenemos en los apóstoles en el pasaje de la pesca milagrosa, al verlo como un extraño en la orilla de la playa, no se atrevían a preguntarle: "¿Quién eres tú?, porque comprendían que era el Señor?" (Juan 21,12).

"Durante los cuarenta días que siguieron a la resurrección, Nuestro Señor comenzó a mantener, en relación con su Iglesia, las mismas relaciones que mantendrá siempre con ella, queriendo sin duda alguna señalar de este modo cuál es ahora su presencia entre nosotros". (Newman).

Hemos puesto, como primera estación de nuestra vía de la alegría, la aparición de Jesús a María Magdalena.
Pero se trata del gozo de Jesús por darse a conocer, vivo, resucitado: alegría del cristiano, del hombre y mujer de fe, de los bienaventurados y pobres de espíritu.

"María estaba llorando afuera, cerca del sepulcro". (Juan 20,11). María se encontraba con desesperación: "Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto". (Juan 20,13). Ella pensaba, como cualquiera de nosotros, cuando muere un ser querido: que ya ni siquiera puede tener el consuelo de poder tocar su cuerpo o visitar su tumba.
María siente con mucha pena y llanto la ausencia de Jesús. Sin embargo, todo lo que está sucediendo fuera de lo natural, en esos momentos, hace aparecer, como injustificada, la reacción de tristeza de Magdalena. Si habían dos ángeles; si al mirar para atrás, vio a Jesús y no lo reconoció. Alguno pensará, que las lágrimas de su gran llanto, le impedían ver todo lo grandioso que sucedía a su alrededor, ni siquiera poder ver a Jesús. No. A Jesús no lo reconoció, porque, además de su sufrimiento y llanto, Jesús era un glorificado:su cuerpo era distinto. María Magdalena no podía reconocerlo físicamente.

La resurrección de Jesús nos da a entender que los cuerpos de aquellos seres queridos, que lloramos su ausencia, resucitarán, serán reales, pero distintos.Uno podrá comunicarse con ese ser querido resucitado. Será una comunicación y relación verdadera, pero totalmente distinta de las relaciones humanas. Será una relación y comunicación mucho más profunda y real; nos producirá una profunda alegría y una unión o comunión espiritual, imposible de explicar desde nuestra situación terrenal.

Sigamos con la aparición a Magdalena.

"Le dijo Jesús: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? Ella, creyendo que sería el cuidador del huerto, le contestó: Señor, si tú lo has sacado, dime dónde lo pusiste y yo me lo llevaré". (Juan 20,15).
Jesús resucitado estaba presente en la pena de esta mujer desconsolada. Jesús siempre está junto al sufrimiento humano. Si uno se lamentara de sentir su ausencia, Jesús, de inmediato, estaría o estará junto a él; también junto al que sufre de soledad y se lamenta por ello, allí se hará presente el resucitado: Jesús vivo. ¡Aleluya!

Pero Magdalena, viendo a Jesús, no lo reconoce. Es que, la vista solo humana, no sirve para reconocer y conocer a Jesús. Jesús se encuentra en un nuevo estado de cuerpo resucitado.

"Jesús le dijo: "María". Entonces ella se dio vuelta y le dijo: Rabboní,que en hebreo significa "maestro mío" ". (Juan 20,16).
Jesús la ha llamado por su propio nombre. Y lo ha dicho sólo como Él sabe hacerlo. Hasta ese momento, Magdalena no lo había reconocido. ¿Cómo lo reconoció? Por la Palabra. Palabra que le llega al corazón. Palabra que ella había escuchado antes, y que había logrado su conversión. Palabra que la había alegrado y transformado en una fiel discípula del Señor. Ahora,la Palabra arrancaba de ella toda desconfianza, y todo gracias a una presencia infinitamente grande en su corazón. ¡Qué gran alegría la de esta mujer! ¡Reconoce a Jesús! ¡Por la Palabra! Y ahora sabe que es Jesús, el Resucitado, el que habla con ella. Ciertamente, nace en Magdalena el deseo de arrodillarse y abrazar las rodillas del Señor. Pero escucha de Jesús: "Suéltame, pues aún no he vuelto donde mi Padre". (Juan 20,17).
María Magdalena comprendió, que desde ese momento, su comunicación con Cristo tendrá que ser completamente espiritual. Podrá tener siempre la presencia del Señor, y podrá comulgar siempre con Él. Y, yo,les digo a ustedes, amigos míos: podrán siempre tener la alegría de la presencia del resucitado, de Jesús, Palabra de vida eterna. Nunca me cansaré de insistirles en que sean asiduos de la Palabra, del Evangelio, del Verbo Encarnado: de Jesús, Resurrección y Vida, y Vida en abundancia. Les repito: "Dime dónde lo has puesto, que yo iré a buscarlo". (Juan 29,15).Y Jesús pronunció una Palabra: "María". (Juan 20,16).
Así, como María Magdalena, nosotros tendremos la alegría de encontrarnos con Jesús vivo, presente en nuestra historia, por la Palabra: Evangelio, meditado, orado con calma, en una adoración frecuente; en constantes citas con Evangelio: Jesús, Palabra de Dios.

Pero, en esta estación de la vía de la alegría, hay otra indicación, para que hoy, podamos encontrarnos con Jesús, el que vive y para sentir su presencia en medio de nosotros:

"Anda a decirle a mis hermanos que subo donde mi Padre, que es Padre de ustedes; donde mi Dios, que es Dios de ustedes". (Juan 20,17).
Jesús la envía al encuentro con los demás. Jesús le dice que vaya a comunicar, comulgar a los demás, llevándoles la alegría: su experiencia con Jesús vivo, que ella ha recibido. Jesús le está diciendo que una manera de encontrarse con Él, y siempre, es con los hermanos. Allí está Jesús: en el hermano,en el "mundo de los suyos", y con predilección en los hermanos más pobres:
"Ama a todos como hermanos. Dios es amor".

Y sacando una conclusión de más alegría, me atrevo a decir,que en la Misión y en el Apostolado, yo me puedo encontrar con mi amado Jesús, el Resucitado. La Misión Apostólica es otra alegría, consecuencia de la resurrección y de la pascua de Cristo.¡Aleluya!

Como Magdalena en oración, digamos: "Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Señor, si tú lo has sacado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo". Y Jesús dirá su Palabra: "María". (Juan 20,13.15-16).Y apenas lo hayamos hallado y reconocido en la oración y en el encuentro con la Palabra, entonces, Jesús resucitado y encontrado, nos dirá de inmediato su Palabra: que vayamos a la misión apostólica hacia nuestros hermanos: "Vete a mis hermanos".(Juan 20,17). Jesús está en los demás, "en todos y en todo": "Nada de la experiencia humana es ajena a la Evangelización". Nada es ajeno al Apostolado y a la Misión.

Que está estación de resurrección: de sepulcro vacío, sin Cristo, con presencia testimonial de Magdalena, de Pedro y Juan; de aparición a Magdalena nos conduzca a la
alegría pascual:

"Por ti mi Dios, cantando voy,la alegría de ser tu testigo, Señor".

"Alegría, alegría, hermanos, porque Jesús Resucitó". Amén.

Pbro. Eugenio Pizarro Poblete+


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