Carta al hijo de la ministra Carme Chacón
22.04.08 @ 22:46:21. Archivado en España
He decidido escribirte esta carta porque, seguramente, cuando tengas edad de ocuparte de estos asuntos, todo esto te parecerá increíble y si tu madre te habla de ello es muy posible que pienses que se trata de otra de sus batallitas.
Tu madre formó parte del primer gobierno de España en el que había más ministras que ministros y, en él, fue la primera ministra de defensa. Esto tenía que haber marcado simplemente un hito en la historia de nuestro país, un hito importante, no tanto como la consecución del voto femenino, pero, en fin, algo que estaba con la lógica de los tiempos (y del sentido común), pero nada más.
El alarde que hizo de ello el presidente del gobierno fue, quizás, algo excesivo, pero no se le puede reprochar demasiado si tenemos en cuenta que era el primero que hacía tales nombramientos.
Lo que resultó por completo fuera de lugar fue la reacción de determinados periodistas o columnistas de algunos medios, que, sin darse cuenta, se pusieron en evidencia mostrando lo peor de sí mismos, atacando de manera furibunda y, en algunos casos, soez a las nuevas ministras por el sólo hecho de ser mujeres.
No quisieron esperar a comprobar el resultado de su gestión. No podían. Muchos de ellos se venían mostrando como firmes defensores de la mujer, de su papel como pilar fundamental de la familia; alababan su disposición y su sacrificio muchas veces silencioso por el bien de los hijos; se mostraban caballerosos y se dolían de la pérdida de educación de los más jóvenes que ya no se molestaban en ceder el paso a una señora o el asiento a una embarazada. Pero todo era una farsa. En el fondo querían a la mujer sometida, alejada de los centros de poder, la cubrían de halagos, de obsequiosidad, de amabilidad y de buenas maneras, pero tenían que seguirles el juego, tenían que mostrarse agradecidas, encantadas, encantadoras y, sobre todo, ajenas al mundo de los hombres. El poder, la política, el mando y las grandes decisiones son sólo para los hombres. Puede que hasta para los “muy hombres”. El caso es, querido niño que, cuando vieron a tantas ministras sintieron que su pequeñito y mezquino mundo se les venía abajo y decidieron “morir matando” y mostrando lo que de verdad sienten por las mujeres y, en muchos casos, probablemente, dejando entrever el miedo cerval que les produce ver que, lo que tanto temían, puede convertirse en realidad y que no es otra cosa que el que muchas, muchísimas mujeres sean mejores que ellos. ¡Cuanto miedo escondían algunos insultos!
Tu madre acudió a su toma de posesión cuando tú ya llevabas siete meses en su vientre. Es posible que tras la agitación de la campaña electoral te hubieses acostumbrado a la calma de las semanas siguientes y, por eso, te sorprendería el nerviosismo de tu madre, mezclado con la alegría y un mal disimulado orgullo, al menos para ti que ya estabas aprendiendo a conocerla. También notarías el disgusto y la preocupación y te extrañarían toda esa mezcla de sentimientos.
Tu madre desfiló ante las tropas formadas y en su interior seguramente pesaba más su deseo de caminar en línea recta y de no trastabillar, que otra cosa, aunque no pudiera evitar pensar que quizás muchos de los allí formados reprobarían su nombramiento. Después, ya en la tribuna, había que disimular el nerviosismo y decir unas palabras que habían sido bien calibradas y muy medidas, pero había que emplear el tono justo, la entonación adecuada. Y, finalmente, decir los vivas de rigor: ¡Viva España! ¡Viva el Rey! Tú no te acordarás, pero es posible que tampoco a ti te gustase la forma en que los dijo. Pero debes entenderla, era muy difícil encontrar el tono exacto, lejos de una marcialidad que podría resultar ridícula, por exagerada, y de una entonación que sonara demasiado jaranera.
Estoy seguro de que tu madre esperaba que criticaran sus manifestaciones en pro del pacifismo, esperaría también que se destacara su aspecto más catalanista; pero estoy seguro de que no esperaba las alusiones soeces a su embarazo o la burla por ser mujer.
Las críticas siempre duelen, incluso las que se reconocen como acertadas, quizás éstas aún más, porque de las injustas se defiende uno bastante bien con la indignación que producen. Pero es muy difícil defenderse de las que carecen de sentido. Que no son justas ni injustas, sino sencillamente absurdas.
Espero que cuando tengas edad para leer esta carta todas estas cosas te parezcan inconcebibles, porque para entonces esos comportamientos habrán quedado enterrados bajo los escombros del pasado. Seguro que en esos momentos sólo sentirás por esas personas lo único que se puede sentir: una inmensa pena.
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Avelino Vallina
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