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Cambio de vida

Permalink 03.01.08 @ 20:20:27. Archivado en Ficción

El despertador sonó a la misma hora que lo venía haciendo desde ya no se acordaba cuando en un día laborable. Se levantó, desayunó y, después de ducharse y afeitarse, se vistió. Eligió una camisa blanca, una corbata de rayas en dos tonos de azul y su traje más nuevo, que ya tenía algunos años, porque su escasa vida social no le obligaba a renovar su ropa con demasiada frecuencia.

Cuando salió a la calle miró hacia arriba y por el resquicio que dejaban los altos edificios contempló un cielo despejado que comenzaba a teñirse con el pálido azul del nuevo día. Ese recién estrenado dos de enero le había traído un gesto desacostumbrado, pues no solía mirar nunca al cielo, ocupado ya desde que salía de casa pensando en el largo día de trabajo que tenía por delante.

Inició un lento paseo hacia la estación del tren disfrutando de la hermosa mañana que, a pesar del frío intenso y poco habitual en el suave invierno de Gijón, a él le parecía agradable y reconfortante. Miró el reloj mecánicamente, pero no aceleró el pasó porque tenía tiempo más que de sobra.

Su segundo acto desusado de ese día fue pasar por delante del quiosco de la estación sin detenerse a comprar el periódico. Saludó divertido al quiosquero que se quedó contrariado con su gesto inútil alargando el ejemplar de La Nueva España que tendría que esperar por otro cliente.

Ya en el tren, se arrellanó en su asiento y se retó a sí mismo a descubrir cosas nuevas en un paisaje que había contemplado a diario durante las últimas décadas y que se había ido transformado día a día sin que él apenas se diera cuenta.

A lo largo del trayecto no puedo evitar esbozar una sonrisa, e incluso tuvo que esforzarse por no reír abiertamente, cuando se daba cuenta de que, en algunos casos, recordaba más nítidamente el paisaje de hacía veinte o treinta años, que había desaparecido por completo, que aquél en el que se había ido transformando y que había mirado, sin ver, por última vez la semana anterior.

Cuando llegó a su destino, se bajó del tren y se dirigió al autobús que en diez minutos le dejaría delante de su empresa. El conductor le saludó llamándolo por su nombre con el ritual que se repetía cada mañana en semanas alternas y le advirtió amablemente de que ese día iba a llegar tarde al trabajo. Él se limitó a encogerse de hombros por toda respuesta.

También el polígono industrial, al que llegó en el tiempo previsto, había ido cambiando año tras año desde que él comenzara a trabajar allí, en una de las primeras empresas que se instaló en el mismo.

Parecía que todo hubiera cambiado en su entorno, todo se hubiera transformado profundamente, excepto su puesto de trabajo, su pequeña oficina, su mesa, ante la que había pasado miles de horas día tras día, año tras año. También le parecía que él mismo no había cambiado en todo ese tiempo, pero sabía que no era así. Su cambio había sido mayor que el del paisaje, que el del polígono industrial. Había cambiado físicamente y se había transformado también como persona. Quizás este cambio había sido más profundo que el primero, pero esto ya no podía asegurarlo, pues, al contrario que con lo que veía por la ventanilla del vagón, apenas podía recordar la persona que había sido hacía treinta o treinta y cinco años.

Sin darse cuenta había llegado frente a su empresa. Se detuvo y contempló las oficinas y las naves que se podían ver desde la acera. Ya no podía recordar lo que había sentido el primer día que había llegado allí, a su primer y único trabajo. Se dejó envargar por lo que sentía en ese momento: una sensación de ligereza que no recordaba haber experimentado nunca, como si le hubieran quitado un enorme peso de encima, incluso le parecía que su espalda estaba de nuevo recta, firme, sin la curvatura que poco a poco le había dado los años.

Sonrió al tiempo que se desabrochaba el último botón de la camisa, aflojaba el nudo y se quitaba la corbata. A punto estubo de arrojarla a un contenedor que había al borde de la calzada, pero lo pensó mejor y la guardó en el bolso de la gabardina. Siempre tan prudente, se reprochó en silencio. Se encogió de hombros, dio media vuelta y comenzó a alejarse lentamente, con las manos en los bolsillos y una sonrisa dibujada en su cara. No volvería allí nunca más. Había comenzado un nuevo año y empezaba para él una nueva vida.


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