El triunfo de los mediocres
18.10.07 @ 22:06:13. Archivado en España, Asturias, Gijón
La mediocridad es la pandemia de nuestros días. Los mediocres copan los puestos de responsabilidad de la empresa, de las instituciones y, por encima de todo, de la política.
El mediocre lleva su nariz pegada al suelo y es incapaz de elevar la mirada. Pagado de sí mismo, está convencido de que es mejor que el resto, pero sólo en sus momentos de máxima euforia, porque el resto del tiempo lo pasa rodeándose de personas aún menos capaces que él o viendo la manera de arrinconar y ningunear a cualquiera que pueda hacerle sombra.
El mediocre es ambicioso y soberbio y cree que es capaz de conseguir lo que se proponga. En el fondo, se dice, he llegado tan arriba sin especiales conocimientos, ni esfuerzo, ¿por qué no podría seguir subiendo del mismo modo, uniendo en la proporción precisa la adulación y la traición, como hasta ahora?
Este reino del mediocre impide el desarrollo de las personas realmente válidas, pues las que no son apartadas violentamente del camino terminan por irse asqueadas de tanta indolencia. Y tiene la capacidad de hacerse cada vez peor, un mediocre siempre dejará paso a otro más mediocre aún.
Los que están al frente de las empresas sólo desean conseguir el mayor beneficio con el que poder justificar sus desmedidos ingresos, pero no buscan un futuro despejado para la empresa, no ponen las bases sólidas en las que asentarlo, no dan a sus clientes lo que prometen, sus productos no tienen la calidad que anuncian y las cualidades y ventajas de los mismos no son más que un espejismo creado por una publicidad bien diseñada y que se ha convertido en un objetivo en sí misma. Sólo hay que ver el hincapié que hacen las empresas en sus departamentos de atención al cliente y lo terriblemente mal que funcionan la inmensa mayoría de ellos, sean del sector que sean.
Del mismo modo, los dirigentes políticos dan a los electores eslóganes y promesas en lugar de gestión y proyectos. La propaganda política se ha convertido en un fin en sí misma y cada acción de gobierno o de oposición no se mide por los beneficios sociales que pueda producir, sino por lo votos que pueda atraer o los que le pueda quitar al adversario.
El futuro mejor, el esfuerzo común, la solidaridad, todo lo ha sacrificado el mediocre para conseguir sus propios fines y ocultar sus carencias. Pensamientos elevados y consideraciones filosóficas acerca de lo que somos como colectivo y las metas que queremos alcanzar han sido puestas en solfa por los que son incapaces hasta de ajustarse las gafas si ello no va a servir a sus fines personales.
Cuando alcanza el poder, el mediocre aspira únicamente al saldar sus deudas con aquellos que le agraviaron por el sólo hecho de ser mejores que él; por eso, tras su paso sólo queda desolación. De modo que ya veremos si queda algo de este planeta para que sea destruido cuando se cumplan los peores augurios de los nuevos profetas del cambio climático.
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Avelino Vallina
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