Un grano de mostaza

Cuentecillo navideño

27.12.18 | 16:44. Archivado en Acerca del autor

Las codornices no es que sean la especie más inteligente de entre los animales pero tampoco son tontas del todo. El Séptimo Día de la creación descansaron según lo establecido por el Señor pero, al amanecer del día siguiente, volaron en bandada hasta la presencia del Santo, bendito sea, y su portavoza dijo en nombre de todas: -“Señor del Universo, hemos estado muy atentas a las palabras que has dirigido a las criaturas que creaste al final del Sexto Día y nos han llenado de preocupación. Pase que les hayas ordenado crecer, multiplicarse y dominar la tierra aunque, con toda franqueza, Señor, podrías habernos consultado antes. No es que exijamos un referéndum vinculante, pero el verbo dar es peligroso y creemos que no has medido las consecuencias de decirles: “toda hierba verde os la doy por alimento”. Esas criaturas del Sexto Día son voraces y descontentadizas: has empezado por darles la hierba (nos parece bien porque hay mucha y además, como afirman los veganos, no les subirá el colesterol), pero no se conformarán con eso y te verás obligado a hacerles cada vez más concesiones, sentando así precedentes a futuros chantajes de los nacionalismos”.

Intervino la comadreja que a pesar de su reciente creación había aprendido muy deprisa a meter hocico y bigotes donde nadie la llamaba: “Lo que os pasa a las codornices es que os habéis venido arriba por ser criaturas del Quinto Día y, sobre todo, porque os estáis barruntando que, en cuanto espabilen los humanos, decidirán que la hierba verde para los burros y a vosotras os abatirán a pedrada limpia, os retorcerán el pescuezo, os abrirán en canal con su cuchillito de sílex y os comerán sobre bandeja de piedra pizarra, rellenas de una deconstrucción aromatizada de alubia macha, acompañadas de maná liofilizado a la esencia de ortiga salvaje. Pero más allá del oportunismo político de las codornices, Señor del Universo, tengo que darles la razón en su demanda: sométase a debate el tema de donaciones y transferencias a las criaturas del Sexto Día”.

Opinaron otros animales y el sentir unánime era éste: restricción inmediata de las concesiones. NO es NO y no hay más que hablar.

El Eterno cerró el turno de intervenciones, prometió reflexionar sobre ello y encargó a una comisión que estudiase bajo qué condiciones debería Él mismo convertirse en sujeto del verbo dar y a qué pactos previos debía atenerse en el tema de dádivas, regalos, mercedes o gracias a las últimas criaturas del Sexto Día.

Pasó una tarde, pasó una mañana. Pasaron muchas tardes y muchas mañanas y no se llegó ni a resultados ni a acuerdos. Para entonces el Altísimo estaba ya harto pero, antes de archivar la causa, la elevó al Supremo (Grupo Mixto, ya saben, el Padre, el Hijo y la Santa Ruah). Su decisión fue inapelable: no ceder a presiones sobre recortes y pasar a su sola competencia tanto el techo de gasto como el verbo dar.

Comenzó la avalancha de dones: mar Rojo abierto, agua manando de la roca, nube acompañando al pueblo por el desierto, orientaciones para el camino que ellos llamaron Ley, maná y banquete de codornices (pobrecillas, qué lúcida estuvo la comadreja), entrega de la tierra que mana leche y miel… Todo preparaba el Don definitivo, cuando el Creador y Fuente de todo Don compartiera la condición quebradiza y vulnerable de sus criaturas del Sexto Día.

Llegó la Noche de la Luz y rumores de ángeles pasaron el aviso: “Os ha nacido un Niño, un Hijo se os ha dado… ¡Está ya con vosotros el que va a inaugurar el Gran Evento de la Nueva Creación! Como menor acompañado está en un alojamiento de emergencia mientras se procede a su identificación. Él dirá un día para aclararla: “Yo soy el pan que os da a comer mi Padre. Esta es mi vida que se da por vosotros…”

Pera esa es ya otra historia.


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