El último grito

Una tribu sin ética

24.04.18 | 17:10. Archivado en Cultura, Sociedad, Educación

A principio de esta semana, salí de casa para ir al hospital a hacerme una prueba, nada importante. Justo al salir del garaje con el coche hacia la calle, me encontré detrás de un enorme vehículo -un monovolumen de esos que por el brillo ya se ve que es carísimo- que circulaba muy despacio. Después de recorrer medio kilómetro detrás de él a una velocidad inferior a la de un caracol con lumbago, el vehículo se detuvo en mitad de la carretera y -unos segundos más tarde- el conductor puso el intermitente. Entonces, cuando comenzó a girar, pude observar que se trataba de una conductora que iba hablando por el móvil a carcajada limpia, como si estuviese viendo un programa del Comedy Channel, con dos niños sentados en sus silletas en la parte trasera. Impresionado por su comportamiento, le pité suavemente y le hice saber con un gesto de la mano en forma de teléfono que no se podía conducir hablando por el móvil, esperando que la mujer pidiese disculpas. Se me olvidó que estaba en España. La mujer no solo no pidió disculpas, sino que aún tuvo más que decir y -tras la ventanilla- comenzó a hacerme gestos descontrolados como los de un gorila enfadado detrás de una cristalera. Sin lugar a duda, su nivel económico y su nivel cultural no iban a la par, y ya se sabe que no hay nada peor que un imbécil con dinero. Seguramente, incluso imagino que esa madre tan bien vestida con ropa de marca será de esas que protestan porque en la escuela no les enseñan a sus hijos a usar correctamente las nuevas tecnologías. En fin.

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