El último grito

"Soy diferente"

15.10.17 | 16:30. Archivado en Cultura, Sociedad, Educación

“Soy diferente”. Eso es lo que está de moda hoy en día; “ser diferente”. Ves el programa First Dates y de repente llega un tío que se sienta frente a Sobera y le dice, “yo es que soy diferente”. Y, al final, te enteras de que su diferencia radica en que tiene la espalda cubierta por un tatuaje y un piercing en el escroto, como si entre los 7.000 millones de personas que habitamos la tierra no hubiese nadie más con la espalda llena de tatuajes y un piercing en los huevos. Pero la gente quiere ser diferente. “Yo soy diferente”, dice una chica; “me encanta pasarlo bien, reírme, estar de cachondeo”, como si al resto de la humanidad le gustase pasarlo mal, llorar y clavarse palillos en las uñas. Pero la gente quiere ser diferente, distinguirse, creerse especial, no por nada, sino por el exterior, por la fachada, por el enlucido, ya sea gracias a una docena de tatuajes, a unas ropas estrafalarias o a la cantidad de metal incrustado en el cuerpo.
Ser diferente mola. Eso sí; ser diferente mola cuando se es minoría. Cuando se es minoría, ser diferente es genial. Vas por la calle con tus piercings en los pezones y las nalgas al aire por encima de unos pantalones cagones y lo petas. La gente te mira y te crees alguien. Sigues siendo el mismo paleto lleno de complejos de siempre, pero bajo tu tupe de vértigo o con tu lengua partida en dos a modo de serpiente pareces menos gilipollas. “Cuando salgo por la calle” -dice otro fiera- “las viejas me miran asustadas”. Y uno piensa; joder tío; vaya mérito el tuyo; solo por eso merecerías una beca Fulbright. Me río yo de Fleming y su estúpida penicilina.

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"Soy diferente"

15.10.17 | 16:29. Archivado en Cultura, Sociedad, Educación

“Soy diferente”. Eso es lo que está de moda hoy en día; “ser diferente”. Ves el programa First Dates y de repente llega un tío que se sienta frente a Sobera y le dice, “yo es que soy diferente”. Y, al final, te enteras de que su diferencia radica en que tiene la espalda cubierta por un tatuaje y un piercing en el escroto, como si entre los 7.000 millones de personas que habitamos la tierra no hubiese nadie más con la espalda llena de tatuajes y un piercing en los huevos. Pero la gente quiere ser diferente. “Yo soy diferente”, dice una chica; “me encanta pasarlo bien, reírme, estar de cachondeo”, como si al resto de la humanidad le gustase pasarlo mal, llorar y clavarse palillos en las uñas. Pero la gente quiere ser diferente, distinguirse, creerse especial, no por nada, sino por el exterior, por la fachada, por el enlucido, ya sea gracias a una docena de tatuajes, a unas ropas estrafalarias o a la cantidad de metal incrustado en el cuerpo.
Ser diferente mola. Eso sí; ser diferente mola cuando se es minoría. Cuando se es minoría, ser diferente es genial. Vas por la calle con tus piercings en los pezones y las nalgas al aire por encima de unos pantalones cagones y lo petas. La gente te mira y te crees alguien. Sigues siendo el mismo paleto lleno de complejos de siempre, pero bajo tu tupe de vértigo o con tu lengua partida en dos a modo de serpiente pareces menos gilipollas. “Cuando salgo por la calle” -dice otro fiera- “las viejas me miran asustadas”. Y uno piensa; joder tío; vaya mérito el tuyo; solo por eso merecerías una beca Fulbright. Me río yo de Fleming y su estúpida penicilina.

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